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Cine
Cine
En 1917 se creó la Universum Film Aktiengesellschaft (UFA) en Alemania. Esta empresa cinematográfica contó desde su fundación con grandes medios, lo que hizo posible la producción de películas muy costosas. Por otra parte, en el tenso clima político y social de posguerra, surgió una escuela artística dispuesta a transmitir el horror histórico de la Alemania derrotada en la I Guerra Mundial y humillada en la paz de Versalles: el expresionismo alemán. Posiblemente, el origen de la denominada “edad de oro del cine alemán” se encuentre en la conjugación de ambos hechos: la disponibilidad de capitales para las producciones y la calidad artística de este movimiento de vanguardia.
El gabinete del doctor Caligari (1919, Robert Wiene), Dr. Mabuse (1922) y Metrópolis (1925) de Fritz Lang, Nosferatu el vampiro (1922) y Fausto (1926) de Friedrich Wilhelm Murnau son los títulos de las películas de aquella época, en la que la situación política, social y económica marcó la producción de este medio de comunicación, pero a su vez el cine ejerció una notable influencia sobre el espectador y el medio social. Tres páginas de un diario (1929) de Goerg Wilhelm Pabst y El ángel azul de Josef von Sternberg e interpretada por Marlene Dietrich marcan el punto de inflexión hacia el realismo.
El Tercer Reich puso fin a esta época de esplendor al utilizar el cine como instrumento de propaganda: Fiesta de los pueblos de Leni Riefenstahl (1938) –una de las cintas sobre los Juegos Olímpicos celebrados en Berlín (1936)– y El judío Süss de Veit Harlan son dos de las películas que ejemplifican hasta qué punto impregnó la ideología nacionalsocialista la cinematografía. La posguerra significó para el cine alemán la travesía del desierto.
Sin embargo, la década de los 60 asiste al surgimiento de un «joven cine alemán» en la senda de la «Nouvelle Vague» francesa, cuyos autores se distancian del superficial «cine de papá», que solo persigue fines comerciales. Los primeros en darse a conocer son Werner Herzog (El jóven Törless, 1966) y Alexander Kluge (Los artistas bajo la carpa de circo: perplejos, 1968). A mediados de los años 70 esta joven generación ya había logrado que el cine alemán tuviera cierto renombre internacional. Volker Schlöndorff rueda El honor perdido de Katharina Blum (en colaboración con Margarethe von Trotta, 1978) y El tambor de hojalata (1979). Werner Herzog se refugia en un mundo imaginario y exótico en Aguirre, la cólera de Dios (1972), Nosferatu (1979), Fitzcarraldo (1982). La Escuela de Múnich cuenta también con realizadores de la talla de Rainer Werner Fassbinder (1945-1982), que trabaja también en producciones televisivas y deja tras de sí una obra notable: Todos nos llamamos Alí (1973), El matrimonio de María Braun (1978), Berlín Alexanderplatz (serie televisiva en 14 capítulos, 1980), y Wim Wenders: El amigo americano (1977), París, Texas (1984) y Cielo sobre Berlín (1987).
La cinematografía también ha dado realizadoras notables, como Margarethe von Trotta (Rosa Luxemburgo, 1986; La promesa, 1995). Edgar Reiz, perteneciente también a la generación del «joven cine alemán», traspasó fronteras con el cine épico de sus películas Patria (1984) y una segunda parte titulada La segunda Patria (1993). Un estilo narrativo expresivo y una gran calidad caracterizan la trayectoria cinematográfica de la República Federal Alemana desde la década de los sesenta a nuestros días.
Doris Dörrie emplea un lenguaje reconfortante y cargado de humor, tanto en su primera película, que le dio fama internacional Hombres, hombres (1985), como en su más reciente producción ¿Estoy guapa? (1998), ambientada en Alemania y España. Pero a pesar del éxito de las últimas producciones cinematográficas alemanas (Caroline Kink, Más allá del silencio, 1996; Tom Tyker, Lola corre, 1999) no atraviesa en la actualidad sus mejores momentos.
Resulta difícil emitir un juicio sobre las películas producidas la antigua RDA. Al igual que los otros géneros artísticos, el cine tenía como misión la educación del pueblo. Así, las primeras realizaciones se inspiraron en obras literarias clásicas ante el temor de abordar temas de actualidad que pudieran comprometer a los cineastas. Durante 30 años se impuso el cine de Konrad Wolf, que conoció el éxito internacional con Sterne (1958). En Solo Sunny (1979) plantea por vez primera una defensa del individualismo, abriendo una brecha en el seno de la industria del cine alemán oriental por la que pudieran expresarse las ideas inconformistas. Egon Günther alcanzó el éxito con Der Dritte (1971); el mayor éxito de taquillas de la DEFA –la empresa cinematográfica del Estado, organismo equivalente a la UFA germano-occidental– lo conquista Heiner Carow (La leyenda de Paul y Paula, 1973). El año 1984 fue rico en realizaciones: Hermann Zschoche rueda Media vida, Iris Gusner Cascada arriba, Helmut Dzuiba Erscheinen Pflicht. Rainer Simon fue uno de los realizadores más destacados de las décadas 70 y 80 (El dirigible, 1982, La mujer y el extraño, 1985). Finalmente, Lothar Warneke aborda en sus obras los problemas cotidianos, y aboga por la supresión de las posiciones ideológicas rígidas (Einer trage des anderen Last, 1988).
Al contrario que en la RFA, la RDA produjo filmes magníficos dirigidos al público infantil, que se destacan por una puesta en escena digna de mención (Ottokar der Weltverbesserer, 1976).

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