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Historia
Historia
Por su fértil llanura, por el Guadalquivir y por su inmensa fachada marítima abierta al Mediterráneo y al Atlántico, Andalucía siempre fue una tierra codiciada. Las distintas civilizaciones que la habitaron a lo largo de la historia le legaron un rico patrimonio cultural y favorecieron su desarrollo económico. Vivió dos grandes períodos de esplendor que transformaron Europa y el mundo: la civilización árabe de Al-Ándalus y el s. XVI, el siglo de oro andaluz, marcado por el descubrimiento del Nuevo Mundo.
- Las primeras civilizaciones
- Conquista y paz romana
- Los visigodos
- Al-Ándalus, la España musulmana
- Un s. XIX inestable
- Andalucía en el s. XX
Las primeras civilizaciones
Del s. XII al s. IV a. C.
Tartesos, un reino legendario
Muchos la han identificado con la Tarsis bíblica. Sus reyes fueron seres mitológicos, pero no hay duda de que entre los ss. XII y VI a. C. en el sur de España reinó una civilización que sigue siendo desconocida y que dominaba el arte de la extracción y la transformación de los metales. Su capital se encontraba en los alrededores de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz).
Los fenicios y los griegos
Las riquezas mineras de la zona atrajeron a los fenicios y los griegos, que llegaron por el extremo oriental del Mediterráneo. En el año 1100 a. C., los fenicios fundaron su primera colonia, Gadir (Cádiz), que es la ciudad más antigua de la Europa occidental y que se convirtió en un importante puerto. Durante el s. IX fundaron Malaca (Málaga), Sexi (Almuñécar) y Abdere (Adra). Al igual que los griegos, mantuvieron intercambios comerciales con los tartesos.
Los pueblos iberos
Los pueblos bereberes, que entre los ss. VI y IV a. C. se infiltraron a lo largo del Levante español hasta los Pirineos y el Languedoc (Francia), dieron nombre a la península (probablemente, nombre de origen griego).
En realidad pertenecían a varias tribus (a Andalucía llegaron los Turdetani) completamente desconocidas hasta que, a finales del s. XIX, se descubrió la Dama de Elche, un magnífico busto femenino de rasgos extraños y muy elegantes. La Dama de Baza (Granada) es otra pieza fundamental.
Estas tribus practicaban la agricultura en las llanuras y la ganadería y minería en las montañas. Hablaban una lengua misteriosa, no indoeuropea, que con frecuencia se ha comparado con el vasco, y parece que veneraban a varios dioses, como el toro y el caballo. En el Museo Provincial de Jaén se exhibe una colección de esculturas representativa de su arte, sorprendente por su maestría y elegancia.
Conquista y paz romana
Del s. III a. C. al s. IV d. C.
Cartago y Roma se disputan la cuenca mediterránea
Cartago, la nueva potencia, emprendió la conquista del litoral oriental en el s. VI a. C. y destruyó el reino de Tartesos, mientras que los griegos abandonaban la península en el año 535. Los cartagineses se establecieron progresivamente en el sur y expulsaron a los fenicios.
Después de la victoria de Roma durante la primera guerra púnica (264-241), el general Amílcar Barca (padre de Aníbal) desembarcó en Cádiz, se alió con los iberos y estableció allí su base de operaciones contra el poder romano, decidido a conquistar el Mediterráneo. En 228, su sucesor, Asdrúbal, fundó Cartago Nova (Cartagena, la Nueva Cartago).
Pero los cartagineses, derrotados de nuevo en la segunda guerra púnica (218-201), tuvieron que renunciar a sus bases en España. Escipión el Africano tomó Cartago en el año 209. Debido a las riquezas mineras de la península, los romanos decidieron quedarse.
La dominación romana
En 206, Escipión fundó Itálica cerca de la actual Sevilla. Los romanos se apoderaron de Cádiz en 204 y tomaron posesión de la península, a la que llamaron Hispania, tras firmar el Tratado de Zama (201) con los cartagineses. Después de ser escenario de las guerras celtibéricas y lusitanas (algunos pueblos se resistieron al Imperio), Hispania fue testigo de las guerras pompeyanas, que finalizaron en el año 48 con la victoria de César frente a Pompeyo.
La pax romana
Con la llegada del emperador Augusto (27 a. C.), la península entró realmente en la política romana y quedó dividida en tres regiones administrativas: Lusitania, Tarraconense y Bética. Esta última, que tomó el nombre del río Betis (actual Guadalquivir), correspondía aproximadamente a la actual Andalucía. Durante los cuatro siglos de paz romana las ciudades béticas crecieron considerablemente: Córdoba (Corduba, la capital), Cádiz (Gades), Sevilla (Híspalis), Itálica. La romanización progresó; el latín se impuso como idioma oficial y se impulsó el comercio con Roma y el Imperio (vino, aceite, salazones y metales) gracias al desarrollo de las vías marítimas y terrestres. La vía Augusta unía Cádiz con Cartagena y con las Galias.
Los andaluces en Roma
Durante el mandato de Tiberio (14-37 d. C.), muchos patricios de la Bética obtuvieron la ciudadanía romana y se trasladaron a Roma, como el filósofo Séneca, nacido en Córdoba en el año 4 a. C., y su sobrino, el poeta Lucano (nacido en el año 39). La provincia Bética también dio a Roma dos grandes emperadores, ambos nacidos en Itálica; Trajano estuvo en el poder del 98 al 117, y Adriano gobernó entre 117 y 138.
Los inicios de la cristianización
El cristianismo llegó a la península en el s. III, sin duda procedente del norte de África. Entre las primeras mártires béticas destacan santa Rufina y santa Justa, patronas de Sevilla (287). En 380, Teodosio declaró el cristianismo religión oficial del Imperio. En Hispania ya era la religión mayoritaria cuando llegaron los bárbaros.
Los visigodos
Del s. V al s. VII.
Los vándalos fueron los primeros en llegar, en 409, pero sólo atravesaron la península y siguieron hacia África veinte años después. Al mismo tiempo, los suevos se establecieron en Galicia y en el norte de Portugal, aunque la invasión de los visigodos frenó su expansión.
Unificación de la península
Bajo el mando de Alarico y después de Ataúlfo, los visigodos invadieron Italia, llegaron a las Galias y entraron en Hispania. Poco a poco sometieron toda la península (excepto a los vascones, que resistieron hasta el final) y la Galia narbonense (Septimania). Los bizantinos, que se asentaron durante un tiempo en el este de Andalucía, también fueron expulsados por los visigodos.
Los visigodos no pretendieron acabar con el Imperio, sino integrarse en él (sobre todo mediante matrimonios mixtos) y perpetuar sus formas económicas. El reino se convirtió en una monarquía electiva (no hereditaria) y la capital se estableció en Toledo. Muchos historiadores consideran que la unificación de la península fue obra de los visigodos, en especial del rey Leovigildo (568-586). Su hijo Hermenegildo intentó levantarse contra él con el apoyo de Andalucía. No consiguió su propósito y murió decapitado.
El catolicismo se impone
El segundo hijo, Recaredo I, sucedió a su padre, se convirtió al catolicismo en 587 e impuso esta religión a los godos. En Toledo se celebraron importante concilios; los de los años 681 y 694 desposeyeron a los judíos de sus bienes y los convirtieron en siervos.
En el s. VII, la región Bética llegó a ser un gran centro cultural de la cristiandad latina, especialmente gracias a los obispos de Sevilla, san Leandro y su hermano san Isidoro. Este último, que convocó uno de los concilios, fue un personaje fundamental en la transición del mundo antiguo al mundo medieval.
El final de la era visigoda
Cuando murió el rey Witiza (710), Roderico, más conocido como Don Rodrigo, se proclamó rey y usurpó los derechos de Agila, heredero de Witiza. Los partidarios de este último pidieron ayuda a los musulmanes de África y cambiaron radicalmente el curso de la historia…
Al-Ándalus, la España musulmana
Del s. VIII al s. XV.
A la muerte de Mahoma (632), la primera dinastía islámica, la Omeya, trasladó la capital de Medina a Damasco. Sus califas (“descendientes del profeta”) iniciaron la expansión de la comunidad musulmana. Se extendieron hasta la frontera china por el este y hasta el norte de África por el oeste.
La conquista
En el año 711, un ejército de mercenarios bereberes dirigidos por Tarik, gobernador de Tánger, y una minoría de árabes cruzaron el Mediterráneo, desembarcaron en Tarifa y vencieron a Don Rodrigo en la laguna de la Janda (Cádiz). Así comenzó la conquista de la península.
Entre los años 711 y 718 avanzaron hacia el norte y conquistaron Toledo, la capital visigoda. Carlos Martel frenó su ascensión hacia las Galias en Poitiers, mientras una revuelta bereber en el norte de África contribuía a debilitar su progresión.
Después transcurrieron cuarenta años de conflictos entre los diferentes grupos étnicos de religión musulmana que habían ocupado la península. Mientras tanto, Alfonso I, rey de Asturias, empezó a organizar la contraofensiva cristiana, que recibió el nombre de “Reconquista”.
El emirato de Córdoba (756-929)
Nacimiento de Al-Ándalus
En la península Arábiga, los Abasíes persiguieron y masacraron a los Omeyas y trasladaron la capital a Bagdad, pero Abderramán o Abd al-Rahman, único superviviente de la dinastía Omeya, consiguió huir. Llegó al Magreb y entró en España (755), donde unificó rápidamente a todos los musulmanes. En 756 se instaló en Córdoba y se proclamó emir, “amir Al-Ándalus”. Acababa de nacer Al-Ándalus, el reino andaluz. En sus últimos años, el emirato abarcaba casi toda la península, hasta los ríos Duero y Ebro. Durante el reinado de Abderramán I se inició la construcción de la gran mezquita de Córdoba (784).
Las luchas internas
Cuando murió el primer emir (788), el país estaba dividido por numerosos conflictos entre las diferentes comunidades (árabes, bereberes, judíos, muladíes, cristianos mozárabes). Entre 852 y 912 también hubo grandes revueltas independentistas contra el poder omeya. En Andalucía, la más famosa estuvo encabezada por Omar ibn Hafsún, un cristiano convertido al Islam que estableció su campamento en Bobastro, en la Serranía de Ronda.
El califato de Córdoba (929-1031)
Una edad de oro
En 929, Abderramán III rompió las relaciones con Bagdad y se proclamó califa, jefe de los creyentes. Comenzó la construcción de la ciudad real, Medina Azahara (936), cerca de Córdoba. Fue la época de mayor esplendor de Al-Ándalus, que se había convertido en el reino más poderoso de Occidente y en la envidia de todos por su prosperidad, su nivel de conocimientos y su tolerancia.
La caída del califato
En 978, el general Almanzor, que había conseguido grandes éxitos militares, se convirtió en el primer ministro de Al-Hakam II. Poco a poco se hizo con el poder y transformó al califa en una figura simbólica. Paralelamente, el ascenso de un poder aristocrático autonomista provocó la caída del califato en el año 1031.
Los reinos de Taifas
Al-Ándalus se dividió en pequeños estados, los Reinos de Taifas, organizados en función de criterios étnicos. Se establecen en torno a las ciudades principales y estaban dirigidos por nobles y militares. Estos reinos sobrevivirían aún varios siglos, pero la España musulmana se hacía cada vez más permeable a los cristianos del norte, que empezaron a hostigar y atacar a sus enemigos.
El avance de la España cristiana
El desmembramiento del califato había debilitado a Al-Ándalus, los reinos del norte se consolidaban y la reconquista cristiana se convirtió en una verdadera ofensiva. A finales del s. XI, el reino de Castilla ya era muy fuerte y su monarca Alfonso VI tomó Toledo en 1085. Se había dado un paso decisivo.
Almorávides y almohades
En tales circunstancias, los sevillanos pidieron ayuda a los almorávides, un pueblo bereber que controlaba el norte de África. Su rey, Yusuf, atravesó el estrecho y pronto tomó el control de todos los Reinos de Taifas. Así, durante más de medio siglo (1086-1145), Andalucía formó parte del Magreb.
Aprovechando la decadencia de los almorávides, los Reinos de Taifas se reconstituyeron durante un breve período de tiempo antes de que la invasión almohade, una dinastía bereber que había derrotado a los almorávides en África, los hiciera desaparecer. Al-Ándalus, de nuevo unificada bajo el control bereber, trasladó su capital a Sevilla, donde se erigió la gran mezquita en 1184.
La derrota de las Navas de Tolosa
Para entonces, la Reconquista se había convertido en una auténtica cruzada. En la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212, los ejércitos de Castilla, Aragón y Navarra derrotaron a los almohades.
El reino Nazarí (1238-1492)
Granada, último bastión musulmán
El rey nazarí Mohamed I unificó los territorios de Granada, Almería y Málaga y creó un reino que fue el que más tiempo resistió a los cristianos. Reunió a los musulmanes y los judíos de Al-Ándalus expulsados por la Reconquista y constituyó en torno a Granada, su capital, un enclave muy poblado y poderoso. En aquella época se construyó la Alhambra.
Fin de la Reconquista cristiana
Fernando III el Santo, dio un paso decisivo al tomar Córdoba (1236) y más tarde Sevilla (1248). Su hijo, Alfonso X el Sabio, conquistó Huelva y consolidó la dominación castellana en Andalucía.
En 1469, el matrimonio de Isabel la Católica con Fernando de Aragón supuso el inicio de la unificación de los reinos cristianos. El Papa les otorgó el título de Reyes Católicos cuando iniciaron su gran ofensiva contra el reino nazarí, último bastión musulmán. Tras Ronda (1485), Málaga (1487), Baza, Almería y Cádiz (1489), el 2 de enero de 1492, cae Granada.
Consecuencias de la Reconquista
Tras la Reconquista, las Capitulaciones garantizaron la libertad religiosa, pero no fueron respetadas. La unidad religiosa y política de los Reyes Católicos puso fin a la España de las tres culturas y la tolerancia. En 1478 se creó en Sevilla el Tribunal de la Inquisición.
Tras el decreto de expulsión de los judíos, firmado en 1492, más de 150.000 personas se exilían de Sefarad (España en hebreo) para refugiarse en otros países mediterráneos.
En 1502, como consecuencia de las revueltas de Granada (Albaicín) y de las Alpujarras, la Corona dio a elegir a los musulmanes entre el exilio o la conversión. La mayoría escogió la segunda opción. Los nuevos conversos recibieron el nombre de moriscos. Después de una segunda revuelta (1568-1571), también en las Alpujarras, los moriscos se dispersaron por toda España, hasta que, tras un decreto promulgado en 1609, fueron expulsados definitivamente. Gallegos, navarros y castellanos repoblaron las regiones que se habían quedado casi vacías.
El siglo de oro andaluz
En 1492, el genovés Cristóbal Colón convenció a Isabel la Católica para que le permitiera salir en busca de una ruta occidental hacia las “Indias”. El 3 de agosto se embarcó en el puerto de Palos de la Frontera. Así comenzaba la gran aventura del descubrimiento del Nuevo Mundo… Más tarde, Hernán Cortés llegó a México (1519) y Francisco Pizarro a Perú (1532).
El Imperio español
El comercio con las Indias se centralizó en los puertos andaluces: oro, plata, especias, azúcar, perlas y tintes llegaron a Sevilla. En 1503, en esta ciudad, se creó la Casa de Contratación, que hacía las veces de cámara y tribunal comercial y garantizaba a la metrópolis el monopolio de los intercambios entre Europa y América (a partir de 1680, éste fue compartido con Cádiz).
Durante el reinado de los Reyes Católicos y más tarde de Carlos V (coronado emperador en 1519), el triunfo del cristianismo ejerció gran influencia en la arquitectura religiosa. En aquella época, durante la primera mitad del s. XVI se construyeron las catedrales de Málaga, Jaén, Granada y Sevilla.
La crisis de los ss. XVII y XVIII
El poder militar y naval (la Armada Invencible) se debilitó a partir de 1558, tras el fallido intento de invadir Inglaterra. En la segunda mitad del s. XVII terminó la hegemonía española en Europa. Durante la Guerra de Sucesión de Carlos II, el país se convirtió en escenario de un conflicto entre ingleses y franceses. Vencieron estos últimos y subió al trono Felipe de Anjou, que reinó con el nombre de Felipe V.
Decadencia de Andalucía
La expulsión definitiva de los moriscos privó a Andalucía de gran parte de su población campesina. En el campo, las tierras pasaron a pertenecer a un puñado de grandes propietarios para los que trabajaban los jornaleros. Además, cuatro epidemias de peste diezmaron la población. La de 1649 mató a la mitad de los habitantes de Sevilla. Andalucía perdió Gibraltar, que pasó a manos de los ingleses durante la Guerra de Sucesión española (1702-1713), y en 1788 le retiraron el monopolio del comercio colonial. Las actividades económicas se desplazaron hacia el norte y el este (Bilbao, Barcelona, Valencia).
Un s. XIX inestable
La Guerra de la Independencia
El siglo se inició con la Guerra de la Independencia contra Francia (1808-1814), provocada por Napoleón, que decidió colocar en el trono de España a su hermano José Bonaparte. Una de las batallas decisivas fue la de Bailén (Jaén). En 1810, casi toda Andalucía estaba ocupada por las tropas de Soult, pero los franceses fueron derrotados en 1814 con la ayuda de los ingleses.
Absolutistas y liberales
Mientras tanto, los ideales de la Revolución Francesa fueron calando en España y surgieron algunos movimientos liberales. En 1812, cuando la familia real permanecía refugiada en Bayona, las Cortes de Cádiz redactaron una Constitución liberal. El militar andaluz Rafael del Riego se sublevó en 1820 y obligó al rey Fernando VII a prestar juramento ante dichas Cortes. Pero tres años más tarde se produjo una violenta reacción absolutista. Entre 1873 y 1875 se sucedieron diversas revueltas, golpes de estado, varias constituciones e, incluso, un intento fallido de proclamar la República.
Una economía a medio gas
Aunque Andalucía nunca fue una región pionera en el campo de la industrialización, en el s. XIX destacó por la explotación de las minas de cobre de Río Tinto y de plomo en Linares. Pero fueron muchos los hombres y mujeres que emigraron a otras regiones de España y de Sudamérica, ya que los países del Nuevo Mundo habían conseguido la independencia (entre 1810 y 1825), provocando el declive de los puertos andaluces.
Andalucía en el s. XX
Desórdenes sociales y políticos
A principios del s. XX, España seguía siendo eminentemente rural y sufría un serio retraso industrial, económico y demográfico con respecto a Europa. Las leyes de la desamortización de 1836- 1837, que desembocaron en la venta de los bienes de la iglesia, no resolvieron el problema de los grandes propietarios del sur del país, ya que la clase media compró las tierras.
Durante las primeras décadas del siglo se propagaron las ideas socialistas y anarquistas, que desencadenaron numerosos levantamientos obreros, insurrecciones y huelgas. La influencia del anarquismo de la AIT, introducido en España por el italiano Giuseppe Fanelli, se dejó sentir especialmente en Andalucía. La proclamación de la Segunda República (1931) y la reforma agraria de 1932 no dejaron satisfechos a los agricultores, castigados por el paro y el hambre. En enero de 1933, el ejército reprimió con las armas un levantamiento campesino en Casas Viejas (Cádiz).
La Guerra Civil y el régimen franquista
Durante la Guerra Civil (1936-1939), Andalucía cayó rápidamente en manos de las guarniciones militares de Cádiz, Granada, Córdoba y Sevilla, mientras la zona oriental permanecía fiel a la República. En tiempos del régimen franquista, casi 900.000 andaluces emigraron a otras regiones de España, a Francia, así como Alemania y Suiza.
La Andalucía contemporánea
Andalucía se convirtió en Comunidad Autónoma en 1980. Entre 1982 y 1996, un andaluz, Felipe González (del Partido Socialista Obrero Español), presidió el Gobierno español. La Exposición Universal de 1992 en Sevilla supuso el despegue de una región que seguía siendo rural y estaba aislada económicamente.

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