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Toros y ferias
Toros y ferias
La fiesta de los toros, que suscita encendidas pasiones entre partidarios y detractores, es un aspecto más de un universo consustancial con la cultura andaluza.
Sin la Fiesta no existirían las ganaderías de reses bravas de tan larga tradición como Miura, Pablo Romero o Concha Sierra, ni se criarían tantos y tan excelentes caballos, necesarios en los cortijos y en las grandes fincas.
¿Y qué hubiese sido de la poesía y la canción andaluzas sin la existencia de toreros que inspiraron composiciones ya clásicas, desde el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías de García Lorca hasta pasodobles y coplas que han pasado a formar parte de la cultura de la región y de todo el país?
Toreros, ídolos de la iconografía popular, elevados a la categoría de dioses y convertidos en protagonistas de leyendas de jóvenes sin más patrimonio que su valor. Aunque ahora las cosas han cambiado –por ejemplo, ya existen las escuelas de tauromaquia–, siguen despertando casi tanta admiración como en tiempos de Joselito, cuya muerte fue tan sentida que hasta la Virgen sevillana de la Macarena se vistió de luto.
Sin los toros no existirían plazas tan magníficas como la de Ronda, ni sastres especializados en hacer “vestidos” de torear (término más correcto que el de traje de luces) cubiertos de bordados en oro y seda de vivos colores, ni pintores cartelistas que en ocasiones realizan auténticas obras de arte.
Grandes toreros andaluces
Andalucía ha dado a España grandes toreros legendarios. Pepe Hillo, Costillares (Sevilla) y el mítico Pedro Romero sentaron las bases de la tauromaquia moderna en el s. XVIII.
Fue un alumno de este último, Paquiro (Cádiz), quien fijó las reglas en 1836 en su Tratado de tauromaquia, delimitando las funciones de cada participante y dividiendo la corrida en tres partes.
A principios del s. XX, período considerado como la edad dorada del toreo, Joselito (Sevilla) dominó el arte taurino, exhibiendo una belleza y una elegancia que el toro Bailaor le arrebató cuando sólo tenía 25 años. Su rival, otro sevillano legandario, Juan Belmonte, sedujo al público a pesar de su pequeña estatura y su falta de gracia natural.
Otros nombres conocidos por todo el mundo son Manolete (Córdoba, 1917), a quien el toro Islero mató en la arena de Linares en 1947, Antonio Ordóñez (1932-1998), El Cordobés, Paquirri (1948-1984), o Curro Romero, retirado en año 2000 y al que adoran los sevillanos. Entre los más jóvenes hay que mencionar a Javier Conde (Málaga), Juan José Padilla (Jerez), Morante de La Puebla (Sevilla) y David Fandila Marín (Granada), conocido como El Fandi, estrellas en ascenso del toreo.
En la Feria de San Isidro de 2006, El Cid (Manuel Jesús Cid), torero sevillano, fue el triunfador indiscutible.
La feria
Las ferias andaluzas, llenas de color, música, baile y alegría, tienen su origen en las tradicionales ferias de ganado de primavera y otoño que se crearon en Andalucía, como en toda España, durante la Edad Media. Con el paso del tiempo y la evolución de los mercados, perdieron su primitivo significado y se convirtieron en fiestas sociales a las que todo el mundo acude con sus mejores galas, caballos, carruajes y, sobre todo, con ganas de divertirse. Aunque cada feria tiene sus peculiaridades, todas poseen numerosos rasgos comunes.
La Feria de Sevilla
Curiosamente, la Feria de Sevilla, la más conocida en todo el mundo y que serviría de modelo a otras ferias actuales de importancia, como las de Córdoba, Málaga o Jerez, es relativamente reciente, ya que se creó en 1847.
El recinto de la Feria es un terreno acotado al que se accede por una gran puerta decorada con infinidad de bombillas de colores. En el interior hay varias zonas diferenciadas: la llamada Calle del Infierno, del Recreo o de los Cacharritos, en la que se instalan las atracciones típicas (noria, montaña rusa, casetas de tiro, tómbolas…), el sector comercial propiamente dicho, o Rastro (sólo en los pueblos), y el Real, de la Feria. En este último se suceden las casetas, frágiles y efímeras construcciones de madera y lona, decoradas con farolillos, cuadros y mobiliario más o menos lujoso, diseñadas exclusivamente para comer, cantar y bailar a lo largo del día y de la noche. Hay casetas privadas, de acceso rigurosamente limitado, y casetas públicas de acceso libre.
Aunque no sea evidente para los que asisten por primera vez, y al igual que en otras celebraciones tradicionales andaluzas, el programa de la Feria está rigurosamente establecido. A mediodía (hasta las cuatro de la tarde aproximadamente) todo el mundo acude al Real vestido con el traje típico. Las casetas se llenan de música y mientras unos bailan otros pasean por las calles a pie, a lomos de magníficos caballos enjaezados, o en carruajes descubiertos conocidos con nombres tan evocadores como “charré” o calesa. Después de la siesta o la corrida de toros, los niños son los reyes de la Feria. Por la noche, la gente acude a cenar al recinto ferial, pero ya sin el traje típico, y dispuesta a divertirse hasta el amanecer. Así transcurre la semana de la Feria, durmiendo poco, trabajando durante una gran parte del día y aguantando como se puede.

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