Costa Azul y Monaco
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Flora y fauna
Flora y fauna
La vegetación no crece igual en el S de Francia que en otras regiones situadas más al N. Tras la primera floración de primavera se produce una segunda que comienza en otoño y se prolonga durante casi todo el invierno. El verano es el periodo de reposo, pues el calor y la sequía sólo son soportables para las plantas que poseen raíces profundas, hojas carnosas que reducen la transpiración y bulbos que almacenan agua o liberan perfumes para formar un vapor protector.
Árboles
Olivo – Los griegos plantaron los primeros olivos de Provenza hace 2.500 años. Estos árboles, que crecen tanto en terreno calizo como silíceo, reciben el calificativo de inmortales porque los ejemplares silvestres o los injertados en troncos silvestres se reproducen indefinidamente; los procedentes de estaquillas de árboles adultos mueren relativamente jóvenes, con unos 300 años.
Los olivos que crecen a lo largo de la costa alcanzan enormes dimensiones: hasta 20 m de altura, una copa esférica de hojas plateadas de 20 m de circunferencia y un tronco de 4 m en la base. Existen más de 60 variedades que crecen hasta los 600 m de altitud, marcando el límite del clima mediterráneo. En Provenza son tan frecuentes en el fondo de los valles como en las laderas de los montes.
Los olivos comienzan a dar frutos entre los 6 y los 12 años y alcanzan la madurez en torno a los 20 ó 25 años. Son árboles veceros, es decir que tienen años muy fértiles y otros en los que la producción de frutos es nula o muy reducida. Las áreas provenzales más olivareras son las situadas en las proximidades de Draguignan, Sospel y Breil, en el valle del Roya.
Quercíneas – Las quercíneas son árboles de hojas resistentes que pertenecen al género Quercus, como el melojo o roble albar, que crece en las garrigas, terreno pedregoso de arbustos bajos. La encina, que se desarrolla en terrenos calizos por debajo de los 800 m de altura, forma bosques bajos en las garrigas. Cuando está más desarrollada es un árbol de tronco achaparrado, corteza grisácea oscura y copa redondeada y frondosa. El alcornoque es fácilmente identificable por sus bellotas oscuras y su corteza gruesa y agrietada. Cuando se le quita el corcho del tronco deja al descubierto la capa de crecimiento de color marrón rojizo. La “pela”, nombre que recibe la saca del corcho, se realiza con una periodicidad que oscila entre los ocho y los 12 años.
Pino – Los tres tipos de pinos característicos de la Costa Azul se diferencian por sus siluetas:
El pino marítimo presenta un follaje oscuro y azulado y su corteza es de color rojo violáceo.
El pino piñonero, fácilmente reconocible por su copa redondeada en forma de sombrilla, suele encontrarse aislado.
El pino carrasco es típico de esta zona. Crece en los terrenos calizos del litoral. Su follaje es verde claro y el tronco, a menudo retorcido, está cubierto con una corteza de color gris.
Otros árboles provenzales – Los plátanos de tronco liso y los almeces proyectan su agradable sombra en patios, calles y plazas, así como a lo largo de las carreteras.
La negra silueta del ciprés, conífera de follaje perenne, es característica del paisaje provenzal. El ciprés piramidal forma espesos setos que protegen del viento.
El almendro, perteneciente a la familia de las rosáceas y muy frecuente en Provenza, destaca por su temprana floración blanca. En el macizo de los Maures crecen castaños de gran tamaño y en los Alpes abundan los abetos y alerces de alta montaña.
Árboles exóticos – Los eucaliptos, originarios de Australia y que se han adaptado perfectamente al clima de la zona, se suceden a lo largo de las avenidas y adornan parques y jardines. En invierno las flores de las mimosas cubren de amarillo las laderas del Tanneron.
En la región de Hyères la palmera es el árbol por excelencia. Las dos especies más frecuentes en la Costa Azul son la palmera datilera, de tronco liso y esbelto, y la palmera canaria, más rústica pero de porte majestuoso. Entre Cannes y Antibes y desde Mónaco a Menton, los naranjos y limoneros son habituales en el paisaje.
Arbustos y parajes típicos
La coscoja (quercus kermes) es una encina arbustiva de hojas resistentes que rara vez sobrepasa el metro de altura. Toma su nombre latino del quermés, un insecto a medio camino entre la cochinilla y el pulgón que vive pegado a sus tallos.
El lentisco es un arbusto de hojas perennes y compuestas, de foliolos pareados. Su fruto, una pequeña baya redonda, es rojo cuando nace y negro al madurar.
El terebinto, de hoja caduca, puede llegar a medir 4 ó 5 m de altura. Sus hojas son compuestas, de foliolos alternos y poco resistentes. Los frutos, ovalados y de color rojo al principio, se vuelven pardos cuando maduran.
El cardo mediterráneo es una planta vivaz que alcanza hasta 1 m de altura. Las hojas, aserradas y muy puntiagudas, son de color verde brillante en el haz y muy pilosas en el envés. Las flores forman inflorescencias de color azul.
La garriga – Con este nombre se designan los terrenos calcáreos y pedregosos (por ejemplo junto a la carretera del puerto de Vence y en torno a la D 955 entre Draguignan y Montferrat) donde sólo crecen matorrales espinosos (cardos, coscoja, retama espinosa) y aromáticos (tomillo, lavanda, romero) y que presentan amplias zonas de roca desnuda.
El maquis – A diferencia de la garriga, el maquis forma una densa alfombra verde, a menudo impermeable, propia de los suelos silíceos. En los meses de mayo y junio, cuando florece la jara, ofrece un espectáculo maravilloso, sobre todo en las laderas del Esterel.
Plantas suculentas
En la Costa Azul abundan las plantas suculentas, como los cactus; las pitas; el aloe, de hojas gruesas y carnosas, que produce un líquido amargo muy empleado en medicina; y la chumbera, erizada de espinas, procedente de América Central.
Incendios forestales
Desde tiempos inmemoriales, los incendios arrasan periódicamente los bosques provenzales, en particular los de los Maures y el Esterel, causando daños aún mayores que la deforestación provocada por el hombre –actualmente muy controlada– y las cabras que se comen los brotes tiernos. En verano las plantas secas del monte bajo, las agujas de los pinos y la resina de las coníferas pueden ser víctimas de cualquier imprudencia, o incluso arder de forma espontánea. Las lenguas de fuego, de hasta 10 km de longitud y 30 m de altura, se propagan a una velocidad de 5 ó 6 km/h. Lo único que dejan a su paso son los esqueletos calcinados de los árboles y una capa blanca de ceniza.
La cornisa de la Costa Azul entre Niza y Menton, las laderas del monte Férion en las tierras del interior de Niza y el área comprendida entre Grasse y Mandelieu todavía se resienten de los daños que causaron los terribles incendios del verano de 1986, y han de pasar muchos años hasta que la zona se regenere por completo.
Las medidas preventivas de lucha contra el fuego incluyen el desbroce de las zonas próximas a las poblaciones, la creación de cortafuegos y la organización de patrullas de vigilancia. En caso de incendio interviene el cuerpo de bomberos que tiene su base en Marignane. El plan ALARME permite liberar las vías de acceso a los focos de los incendios y limitar el paso de transeúntes. Los senderistas disponen de un servicio de información sobre el estado de los accesos a las zonas boscosas (04 94 47 35 45).
Fauna mediterránea
De todos los mares que rodean el litoral francés, el Mediterráneo es el que tiene menor número de peces debido a la estrechez de la plataforma continental. No obstante, en su seno viven criaturas asombrosas que, naturalmente, sólo los submarinistas pueden descubrir en su propio entorno.
El mero – Este curioso pez nace hembra y muere macho. El cambio de sexo tiene lugar en torno a los 9 años, cuando alcanza un peso de 10 kg. Dada su longevidad (unos 50 años), el mero pasa la mayor parte de su vida como macho. Las jóvenes hembras viven en fondos rocosos poco profundos (menos de 10 m) y constituyen una presa fácil para submarinistas y otros depredadores. Cuando llega a la edad adulta, el mero se refugia en cavidades rocosas situadas a más de 50 m de profundidad, convertido en un feroz carnívoro que ocupa el final de la cadena alimentaria marina. Al final de su vida puede llegar a medir 1,20 m y pesar entre 30 y 40 kg. Para evitar la extinción de la especie en el Mediterráneo, actualmente existe una moratoria que prohíbe su captura hasta el año 2003; por otra parte el mero goza de protección especial en todo el perímetro de la isla de Port-Cros.
Las medusas – Muchos bañistas han tenido ocasión de sufrir en su propia piel las molestias que ocasionan estos animales. La especie más frecuente en la Costa Azul es la pelagia, que posee células urticantes en las extremidades bucales, los tentáculos y la umbrela. La toxina que producen, destinada a inmovilizar a las presas, provoca dolorosas inflamaciones en los seres humanos. Sin embargo, vistas desde un barco son tan bellas que se hacen perdonar. Su proliferación sigue un ciclo de 12 años condicionado por los cambios climáticos, y su llegada suele estar precedida de una primavera muy seca. La fisalia o fragata portuguesa, una especie próxima a las medusas, presenta filamentos tentaculares dotados de un gran poder urticante que pueden alcanzar los 10 m de longitud, de modo que el animal es prácticamente invisible para los bañistas. Afortunadamente no abunda en el Mediterráneo.
Las praderas de posidonia – Estas plantas acuáticas que dan flores desempeñan un papel primordial en el ecosistema marino mediterráneo. Viven formando praderas de largas hojas de color verde oscuro y, gracias al lento crecimiento de sus rizomas, fijan los sedimentos del litoral creando a su alrededor un ecosistema rico en oxígeno que favorece el desarrollo de numerosas especies animales. Cuando la planta muere, las especies animales que hasta entonces vivían gracias a ella desaparecen o emigran.
Las praderas de posidonia están repletas de animales sorprendentes. El pepino de mar u holoturia, auténtico “carroñero” de los fondos arenosos, sólo se reproduce en este tipo de praderas. La vaquita suiza, una babosa marina endémica del Mediterráneo, es un molusco de color blanco con manchas marrones que destaca sobre el rojo de las esponjas marinas. El pez araña rayado vive en los fondos arenosos cerca de las praderas de posidonia. Rastrea en la arena y se esconde dejando sólo la cabeza al descubierto. La espina de su aleta dorsal es particularmente venenosa y la picadura, muy dolorosa, puede tener graves consecuencias. Para completar el escenario, el caballito de mar se oculta al lado de su pariente, el pez aguja, un belónido con boca en forma de trompeta cuya asombrosa morfología filiforme le permite camuflarse entre las hojas de posidonia.
Las construcciones costeras y las obras portuarias realizadas durante las últimas décadas han ocasionado una importante sedimentación y contaminación de las aguas que han puesto en peligro este frágil ecosistema. Desde 1989, la taxifolia (no tóxica para el hombre) –una de las seis especies de algas caulescentes de origen tropical que se encuentran en el Mediterráneo– ha proliferado por todo el litoral de la Costa Azul. Aunque durante un tiempo los científicos temieron que afectara al equilibrio ecológico de la zona, hoy parece haberse demostrado que no es nociva y que repuebla los fondos marinos demasiado ácidos donde no crece la posidonia.

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