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Historia

Esta ciudad fundada hace veinte siglos es la capital de Francia desde hace casi trece siglos. Sin embargo, su crecimiento no ha sido progresivo, sino que se ha producido por embates sucesivos, consecuencia directa de su especial relación con la historia del país. París se ha convertido en un mito universal, visitado por millones de turistas de todo el mundo, porque es más que una ciudad, porque es un ser de carácter complejo nacido de sus propias paradojas. En realidad representa a un país que nunca se ha identificado con ella y, aunque la historia de Francia se forjó habitualmente en París, la mayoría de sus actores no fueron parisinos, sino provincianos trasladados a la capital.


Prehistoria

En el Paleolítico (-650.000) varios grupos “migratorios” llegan a la cuenca parisina. En esta zona de trashumancia los primeros pueblos datan del Neolítico (hacia 5.000 años a. C.). En las excavaciones realizadas en el parque de Bercy (1991) se halló un pueblo entero con restos de cabañas de madera, vestigios de un pontón que cruzaba el antiguo lecho del Sena y una docena de piraguas muy bien conservadas (expuestas en el Museo Carnavalet).


Época galorromana

A mediados del s. III a. C., los parisii, un pueblo que daría nombre a la ciudad, se instalaron en la llamada Isla de Francia, a orillas del Sena. En esta posición de defensa natural (oppidum), los celtas fundaron Lucotitia, nombre que seguramente significa “astillero fluvial”. En el año 52 a. C. Lutecia se rindió a Labieno, un lugarteniente de Julio César, y pasó a formar parte del Imperio Romano.

La ciudad romana se construyó en la zona más alta de la orilla izquierda –en la montaña de santa Genoveva– y se extendió hasta el Sena. El anfiteatro de Lutecia (s. I) y las termas de Cluny (finales del s. II) atestiguan dicha colonización, mientras que en la orilla derecha, en el mons Mercurii (una de las etimologías posibles de Montmartre), se construyen un santuario y una necrópolis de los que quedan algunos restos bajo la iglesia de St-Pierre.


La capital merovingia

En el año 508 París se convierte en capital del reino merovingio, gobernado por Clodoveo desde el año 486. La orilla izquierda de París, que mantiene con la divinidad una relación privilegiada gracias a sus montes, se llena de iglesias y de abadías: St-Germain-des-Prés, Ste-Geneviève y St-Marcel.

Tras la muerte de Clodoveo, en el año 511, los problemas sucesorios debilitan la posición de París. La división del Estado merovingio en tres reinos y el acceso al poder de la dinastía carolingia, con un territorio extendido hacia el este, acaban con la preponderancia de París, que llega a convertirse en una ciudad de segunda en tiempos del emperador Carlomagno, que prefiere la ciudad de Aix-la-Chapelle. Paradójicamente, las invasiones normandas, que se produjeron a lo largo del Sena, devolvieron a París su importancia y su papel de cerrojo en el corazón del reino. De los múltiples asedios que padeció la ciudad, el de 885-886, que supuso la destrucción total de los arrabales, redujo y circunscribió París a la isla de la Cité.


La ciudad de los primeros Capetos

Con la coronación de Hugo Capeto (987), París vuelve a ser capital. La orilla derecha empezó a desarrollarse gracias al comercio fluvial, ya que poseía una playa de arena que facilitaba el atraque de los barcos. Además, la actividad comercial era muy importante; en el s. XII la cuenca parisina era el principal polo económico de Occidente debido a la calidad de sus trigales, su posición como encrucijada natural entre el sur y el norte de Europa y la extensión de sus tierras vitivinícolas. Así empezó a constituirse el llamado vientre de París. Las Halles (mercado central) se construyeron a principios del s. XIII muy cerca del puerto de la Grève (“grève” significa arenal, pero también huelga). La sede del Parloir aux Bourgeois, cuya misión era regular este tráfico fundamental para la prosperidad de París, no tardó en construirse en la plaza de Grève. En esta plaza, que fue un gran centro de poder donde durante cinco siglos se llevaron a cabo las ejecuciones, hoy se alza el actual Ayuntamiento de la villa.


El louvre protege el crecimiento de París

En el año 1200, la mayor ciudad del Occidente cristiano llegó a tener 50.000 habitantes. La muralla de Felipe Augusto, la primera de cuantas acompañaron y protegieron el crecimiento económico y urbano de la ciudad, se construyó a principios del s. XIII y rodeó las orillas derecha e izquierda, cuya actividad ya había desbordado las defensas naturales de la isla de la Cité. Su principal elemento defensivo era una fortaleza dotada de una robusta torre del homenaje y protegida mediante un foso. La fortaleza del Louvre, que se terminó en 1202, hizo de París la primera plaza fuerte del reino, además de acoger simbólicamente el poder monárquico –la Cité– entre los dos brazos del Sena. Como recuerda la divisa de la ciudad (fluctuat nec mergitur), París oscila pero no se hunde.

Un importante centro cultural

A partir de esa fecha, la historia de Francia se confunde con la de París. Mientras que la orilla derecha es llana y muy comercial, la orilla izquierda, presidida por la colina de Ste-Geneviève, se caracteriza por sus raíces religiosas y universitarias. Durante los ss. XI al XIV, la vida intelectual, de inspiración esencialmente cristiana, se centró en torno a la Universidad de París, la más antigua de Europa. La zona que la rodeaba recibió el nombre de Barrio Latino, porque la enseñanza se dispensaba en este idioma y, por supuesto, de manera oral, ya que apenas había libros (las primeras librerías datan del s. XVI). De cara a los estudiantes sin medios económicos, Robert de Sorbon, confesor de San Luis, fundó en 1257 un colegio de teología que recibió el nombre de la Sorbonne. En aquel momento había más de 10.000 estudiantes en la orilla izquierda.

La ciudad siguió creciendo dos siglos más y su desarrollo impulsó las artes. El Louvre dejó de desempeñar un papel defensivo en 1358 y pasó a ser la residencia oficial de Carlos V (1338-1380). Ante la expansión de la orilla derecha, especialmente próspera, este último aprovechó para ampliar su perímetro de protección hasta las actuales puertas de St-Denis y St-Martin. Cuando la amenaza inglesa empezó a agravarse, se construyó la Bastilla (1370-1382) para proteger la zona oriental de París.


Los reyes huyen de la capital

En el s. XIV se producen varios acontecimientos –desastres de la Guerra de los Cien Años, derrota de Crécy en 1346, peste negra (1348-1350), revueltas de París en 1358– que animan a los reyes de Francia a buscar nuevos centros de poder. Carlos V huye de la Cité ensangrentada para fijar su residencia en el este París, concretamente en St-Paul. Carlos VII, Luis XI, Carlos VIII y Luis XII prefieren las orillas del Loira al París de la Fronda, hambriento y maloliente debido a las epidemias y a la muerte. El poder se desplaza y y no regresa a París hasta la coronación de Francisco I (1528), que remodela el Louvre para hacerlo habitable. Se derriba la torre del homenaje y Catalina de Médici lo elige definitivamente como residencia real después de la muerte de su esposo Enrique II (1519-1559), hijo de Francisco I.

La capital se embellece

Las Guerras de Religión (1560-1595) asestan un duro golpe a la economía y la demografía francesas. Durante la noche del 23 al 24 de agosto de 1572, las campanas de la iglesia de St-Germain-l’Auxerrois anuncian la matanza de San Bartolomé, que pretende eliminar la presencia protestante en París. El restablecimiento de la seguridad y la recuperación de la actividad económica son los objetivos principales de Enrique IV que, tras convertirse al catolicismo (1594) –“París bien vale una misa”–, emprende numerosas obras.

A su muerte –asesinado por Ravaillac en 1610–, Luis XIII prosigue las obras que su padre había iniciado. Las casas se multiplican en el extrarradio como consecuencia de la presión demográfica. La población parisina pasa de 275.000 habitantes en 1571 a más de 500.000 hacia 1680. En la isla de San Luis y en el Faubourg St-Germain surgen nuevos barrios. Richelieu rodea con una nueva muralla el Faubourg Montmartre y el primer Faubourg St-Honoré.

París, ciudad abierta durante el reinado de Luis XIV

En el s. XVII París sigue estando rodeada de murallas, protegidas mediante un foso y dotadas de 15 puertas con otros tantos puentes levadizos. En 1660, Luis XIV (1638-1715) ordena derribar las murallas de Carlos V y las sustituye por una avenida plantada de árboles, origen de los actuales grandes bulevares. París se convierte en una ciudad abierta cuando Vauban crea las plazas fuertes que estabilizan las fronteras del reino. Ante la posibilidad de vivir en una ciudad sin defensas, Luis XIV prefiere residir en otro lugar más elegante. En su mente permanecen vivos los recuerdos de la Fronda (1648-1653), la guerra civil que le obligó a huir de París cuando era niño. En 1671 abandona la ciudad para trasladarse al palacio de Versalles, después de instalar más de 5.000 farolas en las calles parisinas y de crear un servicio de limpieza que recoge las basuras dos o tres veces por semana.

... murmurando en tiempos de Luis XVI

A la muerte de Luis XIV, en 1715, las arcas del reino están vacías. Luis XV no resuelve los problemas económicos y Luis XVI desplaza en 1785 las fronteras de París y las delimita mediante una muralla fiscal con 54 oficinas recaudadoras. A partir de ese momento, cualquier mercancía que traspasa la llamada muralla de los Fermiers Généraux se ve sometida al pago de impuestos. El pueblo no tarda en expresar su descontento, que se refleja en una frase célebre: “Le mur murant Paris rend Paris murmurant” (el muro que amuralla París hace que París murmure). La revolución empieza a incubarse.


La Revolución Francesa

El pueblo se moviliza. El 13 de julio de 1789 los parisinos ocupan el Ayuntamiento y el 14 toman la Bastilla. En aquel momento, la prisión estatal de la monarquía sólo alberga a siete detenidos, pero sus cañones constituyen una amenaza para el Faubourg St-Antoine, uno de los barrios más poblados de París (42.000 habitantes de los 600.000 que posee entonces la capital). El 15 de julio se crea un consejo municipal y se nombra al primer alcalde de París: Bailly. El pueblo se dirige a Versalles y obliga al rey, tocado con el gorro frigio tricolor (el rojo y el azul son los colores de París, el blanco el de la monarquía), a trasladarse a París. El ambiente se enrarece tras la huida del rey, que es detenido en Vare­nnes. Luis XVI muere guillotinado en la plaza de la Concordia el 21 de enero de 1793. París se convierte en escenario de una guerra civil que culmina en el período del Terror con el paroxismo de las ejecuciones. Los girondinos, los dantonistas y los robespierristas son eliminados sucesivamente. A continuación, delante de la iglesia de St-Roch, Bonaparte detiene el avance de los monárquicos, cuyo regreso es consecuencia directa de los excesos revolucionarios.


París durante EL Imperio

La capital se moderniza y se aburguesa durante el Imperio. Respaldado por sus campañas militares, Napoleón I piensa ante todo en París desde el punto de vista logístico y moderniza sobre todo las vías de comunicación y las infraestructuras: redes de abastecimiento, mercados, canalizaciones de agua, construcción de numerosas fuentes, obras del canal del Ourcq, numeración de las casas, instalación del gas, muelles, alcantarillas. Todas estas obras se multiplican en tiempos de Napoleón III, que transforma y amplía París al regreso de su exilio londinense. El barón Georges Eugène Haussmann (1809-1891) será la pieza clave de esta metamorfosis que pretende dar al Segundo Imperio una capital a la altura de su prosperidad material. Con el apoyo de su mentor, Napoleón III, el prefecto del Sena se propone crear nuevos ejes de circulación y una retícula cuyo núcleo principal estará en el centro. El eje norte-sur resulta fácil de hacer –los bulevares de St-Michel y Sébastopol se abren rápidamente y conectan con las nuevas estaciones del este y del norte–, pero el trazado del eje este-oeste resulta más complicado porque en el Louvre, las Tullerías y el Marais hay muchos edificios pertenecientes a aristócratas que no se dejan expropiar fácilmente.

La ciudad se sanea...

Haussmann demostró que la higiene también formaba parte de sus preocupaciones. En 1840 París tenía ya un millón de habitantes y el cólera había afectado a millares de parisinos en 1832. El centro de la ciudad se convirtió en una obra inmensa; la isla de la Cité, de calles estrechas e insalubres con viviendas muy antiguas, se demolió casi por completo. Se construyeron 600 km de alcantarillado y, para permitir la entrada de luz, la altura máxima de los edificios, que tenía que ser igual a la anchura de la calle, se estableció en 18 m. En cada obra nueva se plantaron hileras de árboles (hasta un total de 80.000 ejemplares). Asimismo se crearon los bosques de Boulo­gne y de Vincennes, y los parques artificiales de Buttes-Chaumont, Monceau y Montsouris.

... y se aburguesa

El embellecimiento de la capital aburguesa hasta la estructura de París, de modo que uno de los objetivos de las grandes arterias es evitar la creación de barricadas. Las sangrientas jornadas revolucionarias de junio de 1848 siguen estando en las mentes de todos y los gobernantes consideran que hay que evitar a toda costa las insurrecciones. En esta línea, el prefecto se felicita de que su plan urbanístico dirija a los ricos hacia los nuevos y lujosos barrios del oeste (Campos Elíseos, Estrella, Ópera, Plaine Monceau) y margine a los pobres, cuyo número crece más deprisa que las viviendas, en el este y en el extrarradio. De acuerdo con las leyes del mercado, Haussmann acentúa las diferencias entre el oeste y el este, entre París y el extrarradio.

El 2 de septiembre de 1870, el 2o ejército imperial capitula ante las tropas prusianas en Sedán. Se calcula que unos 80.000 parisinos resultaron muertos o heridos tras cuatro meses de resistencia y hambruna (al parecer, durante el asedio se consumieron 26.000 gatos). El gobierno provisional se instala en el Ayuntamiento.


La Comuna

Poco después de la derrota, la Asamblea Nacional, elegida en febrero de 1871, ratifica los preliminares de paz con las tropas prusianas que ocupan París. Abandonados a su suerte, los parisinos consideran que dicha capitulación es una traición: la de una asamblea de rentistas (en aquel momento está dominada por una mayoría de propietarios rurales y monárquicos) que, primero desde Burdeos y después desde Versalles, ratifica el principio que inspiró las obras de Haussmann, es decir, que París ha dejado de pertenecer a sus habitantes. Pero esta vez los parisinos no van a consentir que les arrebaten la ciudad y para evitarlo eligen un consejo municipal, la Comuna; a continuación los Comuneros (o Federados) se enfrentan a los soldados de Versalles (bajo el mando de Mac Mahon y Thiers). La Semana Sangrienta empieza el 21 de mayo de 1871. La represión, que es terrible, se salda con 35.000 muertos, 20.000 ejecuciones sumarísimas y 13.500 condenas; 7.500 comuneros, incluida Louise Michel, son deportados a Nueva Caledonia. Las Tullerías, el Consejo de Estado, que entonces se encontraba donde luego se construyó la estación de Orsay y la columna de Vendôme resultan destruidos, al igual que la Casa Consistorial. El actual Ayuntamiento se reconstruyó en 1882 tal como era anteriormente, mientras que en la colina de Montmartre se erige un nuevo edificio religioso que resulta provocador por su silueta romano-bizantina de una blancura inmaculada. Se trata del Sagrado Corazón (Sacré-Coeur), que convierte en realidad una promesa de la Iglesia católica en expiación de los extravíos de un siglo que ha dado la espalda a Dios, como atestiguan la derrota nacional y la Comuna de París.


De La Belle Époque a los Años Locos

Coincidiendo con el cambio de siglo, París se reinventa. En 1900 se inaugura el metro y comienza el siglo de los transportes, un siglo que transformará la fisonomía de algunos barrios parisinos que, curiosamente, empezarán a parecerse a las distintas regiones de destino de los trenes. Por ejemplo, Montparnasse se vuelve bretón y se llena de creperías; la estación del Este pasa a estar repleta de cervecerías, y la estación de Lyon se enorgullece de poseer uno de los mejores restaurantes.

Las Exposiciones Universales se suceden a la sombra de la torre Eiffel (1889, 1900, 1937). Los inventos se multiplican. Aparece el cinematógrafo. Pero justo cuando París empieza a exponer su ingeniería industrial, la ciudad se queda sin industrias. Ahora París consume y el extrarradio produce. Comienza la Belle Époque, que durará hasta la Primera Guerra Mundial. Finalizado el conflicto se reanuda la fiesta. París no tiene que reconstruirse porque los destrozos provocados por la “Gran Bertha”, un cañón de 420 mm de calibre que apuntaba a la capital, fueron escasos. Los daños están sobre todo en la mente de los ciudadanos y en el frente, escenario de una carnicería impresionante. Comienzan los Años Locos. Los desmovilizados y los artistas deambulan por las calles parisinas. La capital busca otros horizontes. Montparnasse sucede a Montmartre como centro de la modernidad hasta los años 1930. Terminan los Años Locos y empieza a perfilarse la Segunda Guerra Mundial.


París ocupado, París liberado

El 10 de junio de 1940, París deja de ser la capital política cuando el gobierno se traslada a Vichy. Tras ser declarada ciudad abierta, no sufre daños bélicos, pero durante la ocupación los parisinos se ven sometidos a numerosas restricciones. Ante la presencia de las tropas alemanas, los parisinos empiezan por mostrar una oposición silenciosa. El 11 de noviembre de 1940, la manifestación de estudiantes convocada en el Arco del Triunfo representa el principio de la resistencia.

Uno de los hechos más destacados del año 1942 es la trágica redada del Velódromo de Invierno (16 y 17 de julio), durante la cual la policía detuvo a 13.152 judíos parisinos, entre ellos 4.115 niños, que posteriormente fueron enviados a campos de concentración nazis. La mayoría murió en Auschwitz.

El Consejo Nacional de la Resistencia se reúne el 27 de mayo de 1943 en París, que se convierte en sede de las Fuerzas Francesas del Interior. El 19 de agosto de 1944 inician la insurrección de París, que finalmente es liberado el 25. El general alemán Von Choltitz se niega a volar la capital a pesar de las órdenes de Hitler. El 26 de agosto, el general de Gaulle recorre los Campos Elíseos entre los aplausos de una muchedumbre incalculable. “Era como el mar”, escribiría más tarde en sus memorias. Tras la liberación, finalizado el paréntesis de Vichy, París vuelve a ser la capital de Francia.


Mayo del 68, una alquimia sorprendente

En la noche del 22 al 23 de marzo de 1968, 400 estudiantes se manifiestan en el campus de Nanterre en apoyo de siete estudiantes detenidos por protestar contra la guerra de Vietnam. Los acontecimientos se van encadenando y no tardan en producirse la ocupación y posterior evacuación de la Sorbona y la colocación, el 10 de mayo, de las primeras barricadas en el barrio de St-Germain. Tres días después los trabajadores se unen a los estudiantes, en un gesto de solidaridad cuando menos excepcional dadas sus respectivas inquietudes: los estudiantes rechazan una sociedad que consideran esclerótica, aburguesada (al menos en el caso de la mayoría de sus padres), rígida (reclaman que los dormitorios sean mixtos) e impregnada de un materialismo engendrado por el desarrollo industrial. Este último alimenta sus sueños románticos y revolucionarios, que se ven asimismo alentados por el agitado contexto internacional: fin de la guerra de Argelia, pérdida de las colonias, guerra de Vietnam, asesinato de Martin Luther King, Revolución Cultural china, Primavera de Praga. Por su parte, los obreros (sólo el 10% de sus hijos accede a la universidad) quieren obtener mayores beneficios del desarrollo económico.

Para unos fue un movimiento cultural y social, para otros fue una lucha de clases y un movimiento político. Cuarenta años después, la historia de Mayo del 68 se sigue escribiendo, al tiempo que se recuerda la mayor huelga de la historia del movimiento obrero francés.


Los desafíos de la capital

En el s. XXI París tiene que hacer frente a varios desafíos. El primero es conservar su población, dado que se calcula que 171.000 habitantes abandonaron la capital durante los últimos veinticinco años del s. XX. Un importante éxodo que tiene múltiples causas.

El paro

En los años 1990 se perdieron 130.000 empleos y las empresas siguen marchándose de París, lo que ha supuesto una pérdida de cerca de 220 millones de euros entre los años 2000 y 2005. Según el Unédic (Unión Nacional para el Empleo en la Industria y el Comercio), entre 2002 y 2005 París perdió 70.000 puestos de trabajo. Actualmente en la capital hay 100.000 parados y 60.000 trabajadores que cobran el salario mínimo.

El precio prohibitivo de la vivienda

Al precio excesivo del metro cuadrado, tanto en alquiler como en venta (que repercute también en la actividad empresarial), hay que añadir la gran escasez de viviendas sociales: anualmente distintos organismo financian 4.000 viviendas anuales; es decir, un tercio de toda la región de Île de France (y estas cifras se han triplicado en los últimos años), pero el número de peticiones anuales asciende a 100.000. El este parisino responde de un modo más favorable a dichas peticiones que los barrios y municipios del oeste, históricamente más rico, pero que sigue siendo heredero de una política electoral que alimenta la brecha social. De hecho, el millar de edificios insalubres que ha detectado el Observatoire de l’Insalubrité (creado en 2001) se encuentra en el este.

El problema del transporte

En una ciudad de 105 km², donde la casi total ausencia de torres crea un urbanismo a escala humana de una calidad excepcional (que tanto aprecian los parisinos), los altos edificios situados en los márgenes compensan la escasa densidad de centro urbano. Así, 300.000 parisinos se dirigen cada día a trabajar al extrarradio, mientras que 800.000 habitantes de las afueras hacen el recorrido inverso para trabajar en las empresas parisinas. Es decir, diariamente se realizan 12 millones de trayectos y la cifra sigue aumentando sin cesar, hasta el punto de que, de cara a 2020, se prevé un incremento de un millón de trayectos y un posible colapso de la circulación, así como nuevos picos de contaminación.


Mejor calidad de vida

En su objetivo de mejorar la calidad de vida –para aumentar su atractivo o al menos para retener a sus habitantes–, el Ayuntamiento de París está llevando a cabo diferentes actuaciones en los campos más variados (social, material, económico, medioambiental, cultural).

Potenciacióndel transporte público…

Para combatir la contaminación, por ejemplo la que provoca el tráfico de vehículos, es preciso reducir el transporte individual y fomentar el transporte público: desde el año 2001 se han creado 46 km de “carril bus” para mejorar la regularidad de este tipo de transporte; se ha aumentado la frecuencia con horarios más amplios (el servicio de metro se ha prolongado una hora los sábados por la noche y las vísperas de festivos); se han establecido nuevas líneas de tranvía (el de Maréchaux, entre el puente de Garigliano y la Puerta de lvry) o se ha incrementado su servicio (el de la línea T2 se ha ampliado hasta la Puerta de Versalles), y se prevé incluso una línea de metro circular (Arc Express). Por otra parte, el Forum des Halles, uno de los puntos neurálgicos de París, está siendo objeto de una remodelación total.

Para reducir el número de vehículos que circulan por la ciudad se han modificado las normas del estacionamiento regulado en aplicación del principio: “Cuanto más tiempo se permanece parado menos se contamina”, y la tarifa de aparcamiento en la calle se ha reducido un 80%, hasta quedarse en 0,50 euros diarios.

... o no contaminante

El Ayuntamiento también está potenciando los mercados de barrio y los comercios de proximidad (con todo tipo de servicios) para que se pueda comprar sin efectuar grandes desplazamientos o con medios de transporte no contaminantes, como la bicicleta, que sólo utiliza habitualmente el 1,5% de los parisinos. Hoy hay 371 km de “carril bici”, a los que hay que sumar los del Bois de Boulogne y del Bois de Vince­nnes, y las vías creadas a lo largo de los canales. Además, la “operación Velib’” ha puesto a disposición de los ciudadanos 20.600 bicicletas (a finales de 2007) y apoya los sistemas de circulación no contaminantes (peatones, patinadores). Últimamente se han ensanchado las aceras para facilitar los desplazamientos de los peatones.

París apuesta por la ecología

Las zonas verdes y los espacios naturales se han incrementado con la creación de 30 ha de nuevas superficies abiertas al público y en breve se inaugurarán el Jardin d’Éole, el parque de Clichy-Batignolles (10 ha) y el de Grands Moulins. Asimismo se prevé cubrir algunos tramos del Periférico, como el de Porte des Lilas, mediante innovadoras técnicas me­dioam­bientales: muros de vegetación con elaboración de compost, recuperación del agua de lluvia y utilización de energía eólica para bombear el agua.

La reducción de gases de efecto invernadero pasa por la lucha contra el derroche energético –en breve se pondrá en práctica en los edificios públicos un plan de aislamiento térmico– al tiempo que la selección de basuras progresa permanentemente.

Una nueva cultura urbana

Aunque el objetivo es reordenar cerca del 10% del territorio parisino (ya se han destinado 4 ha a la implantación de nuevas empresas high-tech), en realidad la estructura de París no se está modificando, sino que está evolucionando la relación de los ciudadanos con el espacio urbano. Con la ampliación indefinida de las vías de circunvalación lo único que se consigue es aumentar el tráfico rodado. Por eso es importante que los ciudadanos comprendan que no siempre hay que desplazarse en coche; es preciso abrir nuevas vías de reflexión, sobre todo porque actualmente los atascos no constituyen un problema de tiempo, sino un importante problema de salud pública.

En definitiva, se trata de que los parisinos recuperen su espacio. Y lo están consiguiendo gracias a las medidas que está adoptando el actual Ayuntamiento. Los éxitos del Cinéma au Clair de Lune (Cine a la Luz de la Luna), de la Nuit Blanche (Noche en blanco) y de Paris-Plagedemuestran que se puede uno relajar (algo impensable hace menos de diez años) incluso en una autovía. Estas iniciativas, que tuvieron muchos detractores al principio, están familiarizando a los parisinos con sitios que habían dejado de ver o que ya no querían ver y les están animando a considerarlos desde otro punto de vista, aprovechándolos en su propio beneficio.