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Teatro
Teatro
París ocupa un puesto de primer orden en la historia del teatro francés, ya que en esta ciudad se escribieron o se representaron las primeras obras y se crearon los nuevos géneros teatrales. Gracias a sus 130 teatros, la oferta de París es especialmente rica y variada.
- Los misterios de la época medieval
- El Renacimiento...de la tragedia
- En el idioma de Molière
- El s. XVIII
- s. XIX
- La explosión del s. XX
Los misterios de la época medieval
Aunque la historia del teatro se remonta a la época de la Grecia clásica, las primeras obras escritas en francés datan del s. XII, pero no se sabe quiénes fueron sus autores.
Como en Francia el arte estaba íntimamente ligado a la Iglesia, el teatro nació en la calle con los llamados misterios, que se empezaron a representar en el s. XV en las explanadas de las iglesias con motivo de las fiestas religiosas. Corrían a cargo de cofradías de aficionados y contaban con la colaboración de centenares de figurantes. Esta tradición se perpetuó hasta 1548, cuando el Parlamento de París prohibió la representación de los misterios. Los actores se trasladaron a las salas del “jeu de paume” (juego de pelota) y, en París, la Asociación de Cofrades de la Pasión alquiló una sala en el Hôtel de Bourgogne (en la actual calle Étienne Marcel), que se convirtió en el primer teatro permanente de la ciudad.
El Renacimiento...de la tragedia
Puesto que el Renacimiento pretende recuperar la Antigüedad clásica, es lógico que el teatro de la época se inspire en Séneca y en Tito Livio. Como autor de muchas obras de influencia griega (Antígona, 1580), romana (Marco Antonio, 1578) y bíblica (Las judías, 1583), Robert Garnier (1545-1590) crea un género que tendrá mucho éxito en Francia, la tragedia.
En el idioma de Molière
El s. XVII, que suele conocerse como el Gran Siglo, fue sin duda el gran siglo del arte dramático. Durante el reinado de Luis XIV nace el teatro clásico francés, protagonizado por la inmensa figura de Molière (1622-1673), protegido del rey. Más allá del estilo y de las elaboradas intrigas de sus obras, destaca su delicada visión de la condición humana. Tras el éxito de las Preciosas ridículas (1659), que suponen el gran regreso a París del autor y de su compañía, el Illustre Théâtre, llegan La escuela de las mujeres (1662), Tartufo (1664), El misántropo (1666) y El burgués gentilhombre (1670). En sus comedias ácidas, y a veces condenadas, Molière refleja la vanidad de la existencia con un realismo y un cinismo que las hacen intemporales.
Siguiendo el ejemplo del Hôtel de Bourgogne, donde los Comédiens du Roi empiezan a representar sus obras en 1598, las salas permanentes comienzan a multiplicarse y ofrecen a los artistas la posibilidad de contar con la protección de un mecenas. El teatro del Marais, construido en 1634 y dirigido por el actor Mondory, incluye en su repertorio farsas y obras serias. En él se representa por primera vez (1637) el Cid de Pierre Corneille (1606-1684), que tiene mucho éxito pero que provoca una famosa disputa entre el autor y los defensores del teatro clásico. Con Horacio (1640), Cinna (1641) y Poliucto (1642), Corneille se afirma como uno de los dos grandes dramaturgos clásicos franceses.
Otra gran figura de este siglo es el poeta trágico Jean Racine (1639-1699), autor de algunas de las obras maestras del repertorio francés: Andrómaca (1667), Británico (1669), Berenice (1670) y Fedra (1677).
Durante el reinado de Luis XIV destaca la creación de la Comédie Française, en 1680, constituida por tres compañías parisinas: el Illustre Théâtre, instalado desde la muerte de Molière (1673) en el Hôtel de Guénégaud, y las del teatro del Marais y el Hôtel de Bourgogne. Dado que su objetivo era competir con la Comedia Italiana, que desde el s. XVI ofrece al público francés obras del teatro tradicional italiano (Commedia dell’arte), consigue que el rey le otorgue el monopolio de las representaciones parisinas.
El s. XVIII
En el s. XVIII la Comédie Française sigue representando obras de los grandes dramaturgos del s. XVII, pero surgen nuevos géneros. A la comedia y la tragedia les suceden progresivamente la comedia sentimental y el drama burgués, que describen conflictos familiares y sociales de la vida diaria como los que se desarrollan en El hijo natural (1757) y El padre de familia (1758), de Denis Diderot (1713-1784), o en Filósofo sin saberlo (1765), de Sedaine (1719-1797).
Siguiendo los pasos de Molière aparecen nuevos autores que establecen las líneas directrices de la comedia satírica: Marivaux (1688-1763) no vacila en trabajar con los cómicos italianos, que están de nuevo en París desde 1716. Sus obras más conocidas, La sorpresa del amor (1722), La doble inconstancia (1723), El juego del amor y del azar (1730) y Falsas confidencias (1737), siguen las normas de la Commedia dell’arte. Beaumarchais (1732-1799) tiene que enfrentarse a la censura para representar su Barbero de Sevilla (1775) y Las bodas de Fígaro (1784); ambas alcanzan un gran éxito.
s. XIX
Los teatros oficiales, como el de la Ópera o el Teatro Francés, se encuentran en el centro de la ciudad, pero en la periferia se crean numerosas salas tras el decreto de 1791 que liberaliza las salas de teatro. Aunque Napoleón decide finalmente limitar su número en 1806 y 1807, la capital llega a tener 20 teatros en 1852. Ante la presión de los artistas, que luchan por la libertad de expresión, en tiempos de Napoleón III se inauguran 11 nuevas salas, pero la censura sigue existiendo.
El teatro de bulevar
El género teatral más genuinamente parisino es sin duda el teatro de bulevar. Cuando, en los años 1660, Luis XIV ordena la demolición de las murallas que rodean la ciudad, se crea un magnífico paseo que a finales del s. XVIII se llena de teatros. Perpetuando la tradición, al principio estos últimos sólo ofrecen melodramas sangrientos (por eso, el bulevar del Temple recibe el sobrenombre de “bulevar del crimen”) y obras ligeras, llamadas “de bulevar”. A partir del Segundo Imperio se representan sobre todo vodeviles, un género derivado de las farsas dialogadas y cantadas en los escenarios portátiles de las grandes ferias de St-Germain y de St-Laurent, escenas licenciosas y pastiches del repertorio de los grandes teatros. En el s. XIX el teatro de bulevar se asocia con algunas grandes figuras como el actor Frédérick Lemaître (1800-1876) y los autores Eugène Labiche (1815-1888) y Georges Feydeau (1862-1921).
El drama romántico
En el llamado teatro serio destaca un nuevo género, el drama romántico. Varios autores como Victor Hugo (Hernani, 1830; Ruy Blas, 1838), Alfred de Musset (Lorenzaccio, 1834) y Alfred de Vigny (Chatterton, 1835) lo elevan a la categoría de gran arte y ofrecen a Lucien Guitry (1860-1925) y Sarah Bernhardt (1844-1923) los papeles principales. Frente a las reglas del clasicismo, en particular la de las tres unidades, destacan por su carácter moderno y realista que despierta las iras de los clásicos.
La explosión del s. XX
La III República consagra por fin la libertad de los teatros: se pone fin a la censura, a las autorizaciones y a los impuestos especiales… El boom que se produce en la Belle Époque y durante todo el siglo se demuestra con las siguientes cifras: París tiene 43 salas en 1905, 118 en 1990 y 130 en la actualidad. Después de varios siglos de espectáculos controlados, los teatros parisinos empiezan a disfrutar de total libertad. Los repertorios pasan a ser totalmente eclécticos. Algunos autores e intérpretes como Jean Giraudoux (1882-1944), Louis Jouvet (1887-1951), Madeleine Renaud (1900-1994) y Jean-Louis Barrault (1910-1994), Jean Vilar (1912-1971), Gérard Philipe (1922-1959) y Silvia Monfort (1923-1991), además de Georges Wilson (1921-), Robert Hossein (1927-) y Ariane Mnouchkine (1939-) protagonizan el siglo, pero no hay que olvidar a las jóvenes generaciones (Olivier Py, Yasmina Reza, etc.), que demuestran un gran talento y contribuyen a que la creación teatral esté más viva que nunca. Desde los grandes clásicos hasta las creaciones contemporáneas, desde las obras de bulevar hasta el café teatro, desde las revistas hasta las comedias musicales, el teatro se diversifica y participa activamente en la vida cultural parisina.

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