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Panorama artístico
Panorama artístico
En este capítulo se hace un recorrido por las diferentes etapas de la historia del arte desde sus orígenes, es decir desde la Prehistoria, hasta nuestros días, deteniéndonos en las robustas iglesias románicas, las grandiosas catedrales góticas y los espectaculares castillos renacentistas del País del Loira; sin olvidarnos, por supuesto, de pasar por el Versalles del Rey Sol o echar un vistazo a los grandes maestros del impresionismo.
- Prehistoria
- De los galos al año 1000
- Románico (ss. XI-XII)
- Gótico (ss. XII-XV)
- Renacimiento
- El arte del s. XVII
- El arte del s. XVIII
- El arte del s. XIX
- El arte del s. XX
Prehistoria
Aunque los útiles de piedra o hueso aparecen en el Paleolítico Inferior, el arte prehistórico propiamente dicho no comienza hasta el Paleolítico Superior (de 35.000 a 10.000 años a.C.) para alcanzar su apogeo en el Magdaleniense, especialmente en Dordoña (Eyzies-de-Tayac). El arte parietal está muy bien representado en Périgord, los Pirineos, Ardèche, Gard y Bocas del Ródano. Las pinturas rupestres, realizadas con pigmentos de origen mineral, acompañan con frecuencia a los bajorrelieves tallados en la roca. No está del todo claro si las tallas de marfil cumplían una función ritual o simplemente servían de instrumento al culto de la fecundidad.
Con la revolución neolítica (unos 6.500 años a.C.), caracterizada por la sedentarización, surge la cerámica, se empiezan a diferenciar las distintas culturas y se modifican los enterramientos: algunos megalitos (dólmenes, galerías cubiertas) hacen las funciones de sepulturas. Los menhires –otro tipo de megalitos– muy abundantes en Bretaña, poseen un significado aún incierto (Carnac).
El descubrimiento de los metales marca el inicio de la Edad del Bronce (2.300-1.800 años a.C.) y, posteriormente, del Hierro (750-450 a.C.). El arte celta demuestra un perfecto dominio del trabajo de los metales y el gusto por la ornamentación vegetal o geométrica que se pueden apreciar en las armas, torques, fíbulas y joyas de oro, monedas y vajilla hallados en tumbas como la de Vix, en Borgoña.
De los galos al año 1000
En las ciudades –centros administrativos del Imperio– el poder central romano erige una arquitectura que refleja su grandeza e impone su cultura: teatros (Orange), templos (Nîmes), termas (Saintes), puertas (Autun). La presencia romana modificó sensiblemente el paisaje francés mediante el desarrollo urbanístico y la creación de carreteras, puentes y acueductos (puente del Gard). A finales del Bajo Imperio, el reconocimiento oficial de la Iglesia cristiana (380) da lugar a la primera arquitectura cristiana, con baptisterios como el de Poitiers.
En el s. V las grandes invasiones bárbaras provocan el declive del arte figurativo –ignorado por los pueblos germánicos– que es sustituido por motivos abstractos (entrelazados, curvas) o zoomorfos. La orfebrería “cloisonnée” o tabicada (tesoro de Childerico) llega a ser la técnica más extendida en las artes decorativas.
El arte merovingio (s. VI-VIII) elabora una síntesis de las aportaciones clásicas, bárbaras y cristianas; entre las escasas muestras que han llegado hasta nosotros destacan el hipogeo de Dunes en Poitiers y la iglesia de St-Pierre-aux-Nonnains de Metz.
El Renacimiento carolingio (s. IX) se caracteriza por el desarrollo de las diversas formas artísticas, así como por el regreso deliberado a las formas del arte clásico imperial. Las mejores manifestaciones del arte carolingio las encontramos en los códices, los frescos de St-Germain-d’Auxerre, los mosaicos de Germigny-des-Prés y la orfebrería.
Románico (ss. XI-XII)
Después de las convulsiones del año 1000, la influencia espiritual y el poder de la Iglesia favorecen la eclosión del arte románico.
La bóveda de piedra, que sustituye a la estructura de madera, la utilización de contrafuertes y la reaparición de la ornamentación arquitectónica constituyen las características fundamentales de los primeros edificios románicos (St-Martin-du-Canigou).
La planta basilical (nave central y naves laterales, precedidas en ocasiones por un pórtico) es la más frecuente en el románico francés. El ábside que prolonga las naves longitudinales presenta una gran variedad de formas; a veces posee absidiolos y con frecuencia es de planta semicircular con capillas escalonadas en el sentido de la nave o con capillas radiales. En algunas plantas más complejas coexisten el ábside con girola y las capillas radiales (Conques, Cluny).
Tímpanos, arquivoltas, jambas y parteluces se recubren de esculturas con temas religiosos o profanos (representación del Roman de Renart en la iglesia de San Ursino de Bourges). En el interior, la ornamentación está constituida por frescos (St-Savin-sur-Gartempe, Paray-le-Monial) y capiteles esculpidos cuya iconografía es a menudo de gran complejidad (Autun, St-Benoît-sur-Loire, iglesias de Poitiers).
En el estilo románico se aprecia una gran influencia de los modelos orientales (grifones, animales fantásticos) importados por los caballeros cruzados, así como de los modelos bizantinos (Cristo en Majestad, grafismo de los drapeados) e islámicos (vegetación estilizada, caracteres seudocúficos).
El arte románico llegó a todas las regiones de Francia, aunque con diferencias estilísticas y cronológicas. Apareció muy temprano en las zonas meridionales y en Borgoña, pero se impuso mucho más tarde en la zona oriental del país. El románico de Languedoc se inspiró en la iglesia de San Saturnino de Toulouse, cuyo alto cimborrio calado con arquerías sirvió de modelo a numerosos campanarios. Las esculturas de la puerta de Miégeville se caracterizan por su estilo gráfico, el drapeado de las túnicas y el canon alargado, que se repiten en Moissac y, en menor medida, en St-Gilles-du-Gard.
En Saintonge-Poitou la originalidad de los edificios románicos reside en la altura de las naves laterales que sirven de refuerzo a los muros de la nave principal y garantizan el equilibrio de la bóveda de cañón. Las fachadas con hastiales, flanqueadas por torres linterna, aparecen cubiertas de arquerías que albergan estatuas y bajorrelieves (Nuestra Señora la Grande de Poitiers).
En Auvernia, el centro del crucero suele estar cubierto por una cúpula apoyada en altas bóvedas de cuarto de cañón y sostenida por arcos perpiaños. La utilización de roca basáltica o lava, particularmente difícil de tallar, explica la pobreza de la obra escultórica (San Nectario, Nuestra Señora del Puerto en Clermont-Ferrand, Orcival).
En Borgoña, el arte románico muestra la influencia de la abadía de Cluny (hoy desaparecida), que se caracteriza por la importancia del ábside con capillas radiales, la existencia de dos naves transversales o doble crucero y un tímido intento de iluminar directamente la nave principal mediante pequeños huecos situados en la base de la bóveda de cañón (Paray-le-Monial). En el norte de la región de Morvan, la Madeleine de Vézelay, cubierta con bóvedas de arista, representa una opción más sencilla; esta técnica ejerció una influencia notable en la zona.
A orillas del Rin y el Mosa, el respeto de las fórmulas heredadas de la época carolingia define una arquitectura derivada del arte otoniano, con planta de ábsides contrapuestos precedidos por un crucero (Verdún), a imitación de la planta central y del plano elevado interior de la capilla palatina de Aquisgrán (Ottmarsheim).
Finalmente, en Normandía, la arquitectura conserva durante mucho tiempo la techumbre de madera (Jumièges, Bayeux). La adopción de la bóveda de piedra conlleva la utilización de nervios decorativos (San Esteban de Caen). También son características del románico anglonormando la amplitud y monumentalidad de los edificios y las fachadas armónicas con dos torres.
Además de estos rasgos regionales, algunos edificios deben a sus funciones sus características particulares. La planta de las iglesias de peregrinación (ábside con girola, crucero de tres naves, nave central flanqueada por dobles naves laterales) facilita el culto de las reliquias. Santa Fe de Conques y San Saturnino de Toulouse constituían los principales edificios de este tipo en el Camino de Santiago.
Los tesoros que se forman en las iglesias durante la época románica están compuestos por objetos litúrgicos de orfebrería, manuscritos, telas preciosas y relicarios. En ocasiones también contienen una Virgen en Majestad de madera policromada o de metal repujado y adornado con pedrería. El esmalte lemosín es una de las artes suntuarias más desarrolladas en la época románica. Los esmaltes se ejecutaban sobre cobre dorado con la técnica del excavado (champlevé): el esmalte se vertía sobre la placa previamente rebajada. Este sistema alcanzó un éxito excepcional y se exportó a toda Europa.
Gótico (ss. XII-XV)
En torno al año 1140, en Saint-Denis se consiguen varias innovaciones técnicas importantes que abren las puertas del gótico, como la utilización de la bóveda de crucería y del arco ojival en la parte delantera de la nave y en el ábside.
Las ojivas y molduras originadas por las bóvedas se prolongan en haces de pequeñas columnas que corren a lo largo de los pilares que soportan los arcos; el capitel se simplifica, se reduce y tiende a desaparecer. En la fachada, la obra escultórica responde a una organización diferente y aparecen las estatuas-columnas.
Durante la segunda mitad del s. XII estas innovaciones se aplican en varias edificaciones de la región de Isla de Francia y del norte del país. En la catedral de Sens la bóveda sexpartita, que cubre la planta rectangular de los tramos, exige la alternancia de pilares gruesos y delgados. El pilar grueso contrarresta el empuje de tres elementos ojivales, mientras que el delgado sólo soporta la ojiva intermedia. El primer arte gótico (Sens, Noyon, Laon) se caracteriza por el empleo de la bóveda sexpartita con alternancia de pilares y por la construcción de naves con cuatro alturas: grandes arquerías de la nave, tribunas, triforio y ventanas altas.
Entre los años 1180 y 1200, en Notre-Dame de París las bóvedas se refuerzan exteriormente mediante arbotantes. En el interior, desaparece la alternancia de soportes.
Los reinados de Felipe Augusto (1180-1223) y de San Luis (1226-70) son testigos del apogeo del gótico lanceolado francés. La reconstrucción de la catedral de Chartres (h. 1210-30) sirve de modelo a varios edificios (Reims, Amiens, Beauvais): bóveda de planta rectangular, tres alturas (sin tribunas) y arbotantes exteriores. El ábside de doble deambulatorio y los cruceros con pasillos laterales crean un grandioso volumen interior. Las ventanas altas de la nave principal aparecen divididas en dos lancetas coronadas por un rosetón.
Las fachadas cuentan a su vez con tres cuerpos bien diferenciados (como en Laon): en el primero se encuentran las portadas coronadas con gabletes; en el central, el rosetón calado con vidrieras; y en el tercero, una galería de arcos que corre bajo las torres.
El perfeccionamiento conseguido en la construcción de las bóvedas y, sobre todo, la utilización de arcos de descarga, permite abrir grandes vanos en los muros, como en San Urbano de Troyes o en la Sainte-Chapelle de París (1248). Así nace el gótico radiante, que se impone en el norte de Francia desde finales del s. XIII hasta el último tercio del XIV (ábside de Beauvais, Evreux, crucero norte de la catedral de Ruán).
A finales del s. XIII la arquitectura gótica descubre fórmulas originales en el centro y el suroeste del país. Jean Deschamps, maestro de obras de la catedral de Narbona, imagina una arquitectura de proporciones menos esbeltas en la que las líneas verticales aparecen truncadas por las terrazas planas que cubren las naves laterales. En Santa Cecilia de Albi, la utilización del ladrillo y la recuperación del sistema de contrafuertes, heredado del arte románico, crean un edificio absolutamente independiente de los modelos del norte de Francia.
Durante el s. XIV la escultura invade el interior de las iglesias (galerías, canceles, retablos monumentales y estatuas).
A finales del s. XIV los grandes principios arquitectónicos dejan de evolucionar pero los elementos decorativos se multiplican (arcos lanceolados, pináculos, ornamentación vegetal) para dar paso al gótico flamígero. Un ejemplo temprano lo constituye la Sainte-Chapelle de Riom, construida para el duque de Berry. En Francia, el gótico flamígero inspira numerosas construcciones civiles (hôtel Jacques-Cœur en Bourges) o religiosas (fachada de la iglesia de San Maclovio en Ruán e interior de la iglesia de Santa Cecilia de Albi).
Durante el periodo gótico los castillos permanecen fieles a los modelos feudales (Angers, Cordes) y no evolucionarán hasta el principio del Renacimiento.
La escultura gótica es un fiel reflejo de los progresos del naturalismo y del realismo. Las estatuas-columna de las portadas, que siguen conservando un aspecto hierático en el s. XII, muestran a partir del s. XIII una libertad y una expresividad mayores (Amiens, Reims). Aparecen asimismo nuevos temas; el de la coronación de la Virgen, tratado por primera vez en Senlis (1191), es uno de los más representados.
Los maestros vidrieros crean en el s. XII un azul intenso que se hace célebre con el nombre de “azul de Chartres”. Hacia 1300-1310, la invención del amarillo de plata permite conseguir vidrios esmaltados más translúcidos y de colores más matizados.
La incorporación de la vidriera a la arquitectura gótica originó la ampliación de los vanos. Las vidrieras de Chartres y de la Sainte-Chapelle, muy bien conservadas, constituyen magníficos testimonios de este arte tan característico del espíritu gótico.
La pintura de caballete aparece en Francia hacia el año 1350 (retrato de Juan el Bueno, Museo del Louvre). Las influencias italianas y, sobre todo, flamencas son evidentes en las obras de los grandes maestros del s. XV, como Jean Fouquet, Enguerrand Quarton o el Maestro de Moulins, tanto en el tratamiento del paisaje como en la preocupación por el detalle.
Renacimiento
En numerosas regiones de Francia el arte gótico se mantiene hasta mediados del s. XVI, aunque, a principios de siglo, en la región del Loira aparecen signos de ruptura con las tradiciones medievales.
Al principio, la estética del Renacimiento lombardo, conocido en Francia desde las campañas militares de Carlos VIII y Luis XII a finales del s. XV, sólo afecta a la ornamentación arquitectónica, que adopta los motivos clásicos de pilastras, hojas y conchas. Poco a poco, la arquitectura feudal, militar y defensiva, deja paso a las mansiones señoriales más lujosas y confortables. Los castillos de Chenonceau y de Azay-le-Rideau son un buen testimonio de esta evolución, tanto por la regularidad de su planta, como por la simetría de las fachadas y el esbozo de decoración arquitectónica. A pesar de todo, el éxito del Renacimiento francés vendrá determinado por las grandes empresas reales.
Aunque en la irregularidad de las fachadas del castillo de Blois (iniciado en 1515) queda patente la influencia medieval, la imitación de los modelos italianos pone de manifiesto el carácter innovador de la obra. El castillo de Chambord (1519-1547), mezcla de tradiciones francesas (torres de esquina, tejados irregulares con buhardillas) y de innovaciones (simetría de las fachadas, ornamentación refinada, escalera interior monumental) sirve de referencia en las remodelaciones de numerosos castillos del Loira durante el reinado de Francisco I (Chaumont, Le Lude, Ussé).
Tras la derrota de Pavía (1525) Francisco I abandona sus residencias del País del Loira para instalarse en Isla de Francia. En 1527 comienza la construcción del castillo de Fontainebleau bajo la dirección de Gilles le Breton. La decoración interior, obra de artistas de la primera Escuela de Fontainebleau, influirá de manera decisiva en la evolución de la producción artística francesa.
El italiano Rosso (1494-1540) impone en Francia un nuevo sistema decorativo que combina estucos, artesonados y frescos alegóricos de colores ácidos con temas humanistas, filosóficos y literarios. El estilo manierista, caracterizado por la influencia de la estatuaria clásica, el alargamiento de las proporciones y la sobrecarga decorativa, se acentúa con la llegada de Primaticcio (1504-1570) a la corte en 1532.
Después de las guerras de Religión (1560-98) surgen nuevas tendencias que renuevan las artes y preludian el clasicismo. El interés del poder monárquico por los asuntos de urbanismo conduce a la ordenación de las plazas (place des Vosges y place Dauphine de París) y a la uniformidad de las construcciones que las limitan (arquerías en la planta baja, fachadas de piedra y ladrillo). Estas realizaciones, que serán imitadas en el resto de Francia (Charleville, Montauban), anuncian ya las plazas reales del Gran Siglo.
La decoración de Fontainebleau corre a cargo de la segunda Escuela de Fontainebleau, término con el que se designa el conjunto de pintores de la corte que trabajó durante el reinado de Enrique IV y bajo la regencia de María de Médicis.
A finales del s. XVI la arquitectura de los castillos presenta una nueva ordenación, compuesta por un cuerpo único, con antecuerpo central, flanqueado por pabellones situados en los extremos. Se suprimen las alas en ángulo y en las fachadas se utilizan el ladrillo y la piedra.
El arte del s. XVII
Formación del clasicismo
Tres arquitectos, Jacques Lemercier (h. 1585-1654), François Mansart (1598-1666) y Louis Le Vau (1612-1670), desempeñaron un papel esencial en la definición de los cánones de la arquitectura clásica francesa.
Lemercier (castillo de Rueil, ciudad de Richelieu, iglesia de la Sorbona en París) se muestra influenciado por las tendencias italianas que dominaban en el ámbito de la arquitectura religiosa: fachadas de dos niveles, antecuerpo con columnata, remate con frontón triangular. F. Mansart innova aún más (ala Gaston d’Orléans en Blois); la planta de los castillos (pabellón central con antecuerpo), la distribución de la ornamentación arquitectónica establecida para acentuar las líneas verticales y horizontales, la utilización de los órdenes clásicos (dórico, jónico, corintio), pasarán a ser constantes de la arquitectura clásica francesa. La obra de Le Vau, que inicia su carrera antes del reinado de Luis XIV diseñando palacetes para la nobleza y la alta burguesía (hôtel Lambert en París), posee ya las características del clasicismo durante el reinado de Luis XIV (palacio de Vaux-le-Vicomte) por su búsqueda de una arquitectura grandiosa y representativa.
El regreso de Simon Vouet (1590-1649) a Francia en 1627, después de una larga estancia en Roma, y la creación de la Real Academia de Pintura y Escultura en 1648, permitirán el apogeo de la escuela francesa. Los modelos italianos, venecianos (riqueza del colorido) o romanos (dinamismo de la composición) están presentes en el arte de Vouet y en el de su alumno Eustache Le Sueur (1616-1655), aunque atemperados por un deseo permanente de orden y claridad. En su obra dominan los temas mitológicos, los religiosos inspirados por la Contrarreforma y los retratos.
Pintores como Poussin (1595-1665) o Philippe de Champaigne (1602-1674) practican un arte muy intelectual, alimentado de referencias filosóficas, históricas o teológicas, igualmente emblemáticas del clasicismo francés.
Durante la primera mitad del siglo también se manifiestan en Francia otras corrientes pictóricas. El realismo de Caravaggio influye en la Escuela de Toulouse, cuyo máximo representante es Nicolas Tournier (1590-posterior a 1660). En Lorena, el caravaggismo afecta también profundamente a la obra de Georges de la Tour (1593-1652) en la técnica del claroscuro y en la elección de temas de la vida cotidiana.
Durante las primeras décadas del s. XVII la escultura está dominada por los modelos italianos contemporáneos. Jacques Sarrazin (1588-1660), formado en Roma, adopta un estilo clásico, medido, derivado de la antigüedad clásica y de los modelos pictóricos de Poussin. François Anguier y su hermano Michel se muestran más sensibles al lenguaje barroco, inclinación que se manifiesta en las actitudes teatrales de sus esculturas y en su sentido del dinamismo.
El clasicismo versallesco
Durante el reinado de Luis XIV (1643-1715), la centralización del poder y la todopoderosa Academia Real engendran un arte oficial que refleja los gustos y la voluntad del soberano. Tras su definición en Versalles, el estilo Luis XIV se impone en Francia durante el último tercio del s. XVII, momento en el que la aristocracia imita sus principios aunque, lógicamente, con menos medios.
Tanto en el ámbito de la arquitectura como en el de la escultura o la pintura, las principales características de este arte son las referencias constantes a la Antigüedad clásica y la preocupación por el orden y la grandiosidad. El fracaso de los proyectos realizados por Bernini para el palacio del Louvre es un buen símbolo de la resistencia francesa a las fórmulas del barroco, que sólo es aceptado superficialmente. El Collège des Quatre Nations (actualmente Institut de France), realizado por Le Vau, con su iglesia rematada por una cúpula y alas en forma de hemiciclo, constituye una de las raras expresiones del barroco francés.
En Versalles, Louis Le Vau y, más tarde, Jules Hardouin-Mansart (1646-1708) erigen una arquitectura grandiosa: volúmenes rectangulares que alternan con antecuerpos de columnas geminadas, cubierta plana y ornamentación de inspiración clásica
Charles Le Brun (1619-1690), primer pintor del Rey, supervisa el conjunto de la decoración interior (pintura, tapices, mobiliario y objetos de arte) y consigue una excepcional homogeneidad de estilo. Tejidos y artesonados oscuros, estucos dorados, techos compartimentados y pintados, así como copias de estatuas grecorromanas, componen la decoración que, sin embargo, se aligerará a finales de siglo.
En 1662, la creación de los Gobelinos, Real Manufactura de Muebles para la Corona, garantiza el apogeo de las artes decorativas. Pintores, escultores, tejedores, marmolistas, orfebres y ebanistas trabajan bajo la dirección de Charles Le Brun y consiguen alcanzar un gran perfeccionamiento técnico. Las alfombras se fabrican en La Savonnerie, establecida en Chaillot. El mobiliario es de aspecto macizo, con frecuencia tallado y, a veces, dorado. La marquetería Boulle, que combina el latón, la concha y el bronce dorado, constituye una de las producciones más lujosas de este periodo en el campo de las artes decorativas. El parque, diseñado por Le Nôtre (1613-1700), responde a las exigencias de rigor y claridad del jardín francés. Composiciones vegetales geométricas, grandes perspectivas axiales, fuentes, bosquetes y esculturas alegóricas, todo transmite la imagen de una naturaleza dominada y perfectamente ordenada. Las esculturas están omnipresentes en los jardines gracias a la labor de François Girardon (1628-1715) y Antoine Coysevox (1640-1720), los dos escultores más importantes del reino, que se inspiraron en la mitología clásica. Pierre Puget (1620-1694), otro gran escultor de la época, es autor de una obra mucho más atormentada, barroca y marginal en el arte de finales del s. XVII.
El arte del s. XVIII
Este arte nace como reacción frente al carácter austero y grandioso del estilo Luis XIV, poco adecuado a la vida lujosa y placentera de la aristocracia y de la alta burguesía durante la Regencia del duque de Orleans (1715-1723) y el reinado de Luis XV (1723-1774).
El rococó francés (1715-50)
Exteriormente, la arquitectura de este periodo sigue respetando determinados principios clásicos en la composición (volúmenes sencillos, simetría de las fachadas, antecuerpo coronado por un frontón triangular) aunque la supeditación a los órdenes clásicos es menos rigurosa y menos sistemática. Los palacetes aristocráticos son los edificios más representativos de esta nueva arquitectura (hôtel de Soubise en París).
Los espacios muy representativos y solemnes son sustituidos por habitaciones más pequeñas, más íntimas. En el interior, los estucos dorados y blancos cubren totalmente las paredes (gabinete del Reloj en Versalles).
La ornamentación combina guirnaldas de flores y hojas, curvas, conchas y motivos naturalistas; las pinturas –paisajes y escenas bucólicas– adornan la parte superior de las puertas o las mochetas de los techos.
La generación de los pintores de principios de siglo se caracteriza por la influencia del arte flamenco. Desportes (1661-1743), Largillière (1656-1746) y Rigaud (1659-1743) pintan suntuosas naturalezas muertas o retratos solemnes. Se imponen los temas profanos: fiestas galantes, teatro de la vida mundana. Watteau (1648-1721), Boucher (1703-1770), Natoire (1700-1777) y Fragonard (1732-1806) representan escenas amables o bucólicas, a veces de inspiración mitológica, tema éste muy del gusto de la época.
El retrato conoce una importante renovación durante el s. XVIII. Nattier (1685-1766), pintor oficial de las hijas de Luis XV, representa a sus clientes vestidos como personajes mitológicos o en retratos de medio cuerpo menos pomposos que los retratos cortesanos tradicionales. El pastelista Quentin de La Tour (1704-1788) demuestra su habilidad para reflejar el temperamento y la psicología de sus personajes, insistiendo en el estudio de los rostros, que poseen una menor significación social que el vestuario o los accesorios.
Los géneros menores (naturalezas muertas, paisajes), despreciados por la Academia pero muy apreciados como elementos decorativos en los interiores burgueses, conocen una época de esplendor. Chardin (1699-1779) pinta sobrias naturalezas muertas o pequeñas escenas costumbristas de inspiración flamenca, realistas y pintorescas al mismo tiempo.
Los hermanos Adam (estanque de Neptuno en Versalles), Coustou (1677-1746, caballos de Marly), o Slodtz (1705-1764) introducen en su arte el vocabulario del lirismo barroco que busca la traducción expresiva del movimiento y del sentimiento. Las principales tendencias de este arte son los drapeados con movimiento o flotantes, la representación de los detalles y las poses inestables.
Bouchardon (1698-1762), formado en Italia en contacto con la arqueología romana, representa hasta mediados de siglo una tendencia más clásica.
La importancia de la vida social contribuye al éxito del mobiliario de lujo, cuyo estilo armoniza con el de los estucos. Nacen nuevos muebles; después de la cómoda vendrán los secrétaires –rectos o inclinados– los bonheur-du-jour (secreter-tocador), los chifonniers e incontables mesitas de diferentes formas; para hacer más cómoda la conversación se utilizarán la poltrona, la voyeuse y toda suerte de sofás y canapés en los que poder recostarse (tumbonas, dormeuses, divanes...). Las curvas son el elemento dominante y se utilizan materiales raros y valiosos, como maderas exóticas y paneles de laca de China, adornados con marqueterías florales y bronces dorados cincelados con delicadeza. Los grandes ebanistas del rococó se llaman Cressent, Joubert y Migeon, mientras que los mejores muebles de asiento están firmados por Foliot, Sené y Cresson.
La fábrica de porcelana de Vincennes, trasladada a Sèvres en 1756, produce piezas de lujo, algunas de las cuales están decoradas con un azul profundo (azul de Sèvres); el dorado se reserva, al menos en teoría, para la Corte. La orfebrería rococó se distingue por sus motivos ornamentales: cañas, olas, tarjetas y conchas colocados normalmente de manera asimétrica. Thomas Germain (1673-1748) fue uno de los principales creadores de modelos para la realeza.
La reacción neoclásica
A mediados de siglo surge una reacción moral y estética en contra del estilo rococó, considerado fruto de la decadencia de las costumbres y las artes. Los modelos clásicos –del s. XVII y de la Antigüedad– empiezan a ser considerados como el recurso necesario para regenerar la producción artística.
La nueva arquitectura se muestra más rigurosa y monumental. Las fachadas se distinguen por la discreción de la ornamentación escultórica y la utilización del orden dórico se generaliza. Algunos edificios copian directamente los modelos clásicos, como la iglesia de Santa Genoveva (actual Panteón) en París, proyectada por G. Soufflot (1713-1780). Victor Louis (1735-1807), autor de los planos del teatro de Burdeos, A.T. Brogniart (1739-1813) y J.F. Bélanger (1744-1818) ejecutan la mayoría de los grandes encargos del reinado de Luis XVI.
La influencia de la filosofía de las luces engendra un interés creciente por la arquitectura pública y funcional, uno de cuyos mejores ejemplos son las salinas de Arc-et-Senans de Claude-Nicolas Ledoux (1736-1806).
Los escultores persiguen la representación naturalista de la anatomía, alejada de los excesos del rococó. Para ello se inspiran en los modelos grecorromanos. J.A. Houdon (1741-1828) es uno de los grandes escultores de la segunda mitad del siglo. Sus bustos constituyen una auténtica galería de retratos contemporáneos, tanto de personajes franceses (Voltaire, Buffon, Madame Adélaïde) como extranjeros (B. Franklin, G. Washington). Todos ellos son muy realistas, sin peluca ni ropa –“a la francesa”–, y representan el apogeo del retrato esculpido en Francia. Houdon realizó también varias tumbas y estatuas mitológicas. J.B. Pigalle (1714-1785) muestra aún influencias de las fórmulas de principios de siglo (tumba del mariscal de Sajonia en el templo de Santo Tomás de Estrasburgo), que la reacción neoclásica no consiguió eliminar totalmente de la escultura.
A partir de la década de los 60, las tentativas de la Académie Royale por restaurar el “Grand Genre” (grandes temas) favorecen la aparición de temas nuevos; la historia antigua, el heroísmo cívico o las tragedias del s. XVII constituyen el repertorio de pintores como Jacques Louis David (1748-1825). Su estilo se inspira en los bajorrelieves y en la estatuaria clásicos, mientras que los principios de composición son semejantes a los utilizados por Poussin y los grandes maestros del s. XVII.
Existe asimismo una corriente menos rígida, representada por las obras de J.M. Vien (1716-1809), que concede más importancia a la sensibilidad y al sentimiento, precursores del romanticismo que reinará después de la Revolución.
El mobiliario Luis XVI conserva ciertas características heredadas de los primeros años del siglo (utilización de materiales preciosos, adornos de bronce dorado cincelado), aunque la curva es sustituida por la línea recta. En la ornamentación se conservan los motivos de flores y cintas, pero se emplean también los frisos de ovos, las grecas y los fasces. René Dubois (1738-1799) y Louis Delanois (1731-1792) son los iniciadores del estilo “griego” inspirado en el mobiliario clásico descubierto en los frescos de Herculano y Pompeya. A este género pertenecen las obras de artistas prestigiosos como Oeben y Riesener; entre los autores de muebles adornados con placas de porcelana decorada destacan Carlin y, más tarde, Beneman y Levasseur.
A finales de siglo se adoptan los nuevos motivos importados de Inglaterra: espigas, liras, cestas, montgolfieres.
La porcelana dura –cuya técnica no fue conocida en Francia hasta principios de los años 70– domina la producción de la Manufactura de Sèvres. Los biscuits (estatuillas de porcelana blanca sin esmaltar) que imitaban modelos de Fragonard, Boucher y otros artistas, alcanzaron un enorme éxito.
En 1793 se inaugura el museo del Louvre; esta apertura contribuye a la creación de numerosos museos en todo el país.
El arte del s. XIX
Después de ser coronado emperador (1804), Napoleón favorece el arte oficial mediante diversos encargos, como la decoración de palacios (Fontainebleau) o la realización de cuadros que narran grandes acontecimientos del Imperio. Algunos artistas formados en el s. XVIII, como J.L. David o sus alumnos A.J. Gros (1771-1835) y A.L. Girodet-Trioson (1767-1824), gozan del favor del más alto dignatario de la nación. Las nuevas orientaciones de la producción pictórica se basan en temas románticos inspirados en la literatura contemporánea, en el orientalismo y, en el caso de los pintores “trovadores”, en anécdotas de la historia nacional.
En el campo de la arquitectura, el arte se muestra menos innovador. Napoleón encarga varias realizaciones en honor del Gran Ejército: arco de triunfo del Carrousel, columna Vendôme, iglesia de la Madeleine. Los arquitectos oficiales Percier (1764-1838) y Fontaine (1762-1853) supervisan todas las obras y fijan las pautas a seguir tanto para la construcción de edificios como para las artes decorativas.
Los antiguos palacios reales se decoran con muebles nuevos. El mobiliario Primer Imperio se presenta como una evolución del neoclásico: cómodas macizas y cuadrangulares de caoba con bronces dorados adornados con motivos clásicos. Jacob-Desmalter (1770-1841) es el principal ebanista de la corte imperial. La campaña de Egipto introduce en las artes decorativas un estilo con claras influencias del país de los faraones (esfinges, lotos).
Entre 1815 y 1848 la producción artística francesa se agrupa en dos grandes tendencias. Por una parte, el agotamiento del filón neoclásico; por otra, la eclosión del historicismo. Este último estilo multiplica las referencias a la arquitectura del pasado, sobre todo medieval (iglesia de Notre-Dame-de Boulogne-sur-Mer, catedral de Marsella de Léon Vaudoyer). La creación del departamento de Monumentos Históricos en 1830 y la labor desarrollada por Viollet-le-Duc (1814-1879) son su prolongación.
Con la llegada de Napoleón III el eclecticismo domina el conjunto de las artes. Entre las mayores realizaciones del siglo se cuentan la terminación del Louvre a cargo de Visconti (1791-1853), discípulo de Percier y, más tarde, de H. Lefuel (1810-1880), y la construcción de la Ópera de París de Garnier (1825-1898). Las referencias a los estilos del pasado (ss. XVI, XVII y XVIII) están omnipresentes. Sin embargo, la introducción de nuevos materiales como el hierro y el vidrio (estación del Norte de Hittorff o iglesia de San Agustín de V. Baltard en París) son un claro testimonio de la aportación de las doctrinas racionalistas y del progreso tecnológico
El barón Haussmann (1809-1891), prefecto del Sena, establece las directrices del urbanismo que habrá de modernizar la capital.
En pintura triunfa el academicismo. Cabanel (1823-1883), Bouguereau (1825-1905) y el retratista Winterhalter (1805-1873) muestran influencias tanto de la estatuaria clásica como de los grandes maestros venecianos del s. XVI y de las ornamentaciones rococó. Sin embargo, Courbet (1819-1877), Daumier (1808-1879) y Millet (1814-1875) constituyen la vanguardia del realismo pictórico con sus obras que reflejan la vida urbana o rural.
Ingres (1780-1867), que representa la tendencia clásica, y Delacroix (1798-1863), el gran pintor romántico del siglo, se encuentran en la cumbre de sus respectivas carreras.
Las grandes obras arquitectónicas contribuyen al desarrollo de la escultura. Carpeaux (1827-1875) autor del altorrelieve de la Danza en la fachada de la Ópera, trasciende el eclecticismo con un estilo muy personal que alude sin plagio al arte flamenco, al Renacimiento y al s. XVIII.
En las artes decorativas predomina el pastiche. El mobiliario y los objetos artísticos reproducen las formas y los motivos ornamentales del Renacimiento o de los ss. XVI-XVII.
Durante la Tercera República las creaciones arquitectónicas siguen el ritmo de las Exposiciones Universales de París (torre Eiffel, Grand-Palais y puente de Alejandro III).
En los años 1890, los arquitectos del Art Nouveau, influenciados por Inglaterra y Bélgica, se desmarcan del estilo oficial. Las fachadas empiezan a armonizarse con la decoración interior y el arquitecto proyecta cada elemento como parte de un conjunto: vidrieras, suelo, mobiliario, papel pintado... En el nuevo estilo decorativo predominan los tallos vegetales, los motivos florales estilizados y con influencias japonesas y la asimetría. Guimard (1867-1942) es el principal representante de este arte (Castel Béranger de París, decoración de las bocas del metro parisino). Las artes decorativas se integran en el movimiento del Modernismo gracias a artistas como el ebanista Majorelle (1859-1929) o el vidriero y ceramista Gallé (1846-1904).
En cuanto a la pintura, a partir de 1874 los impresionistas exponen sus telas al margen del circuito oficial. Monet (1840-1926), Renoir (1841-1919) y Pissarro (1830-1903) renuevan las técnicas y los temas paisajísticos mediante el estudio de la luz y el trabajo al aire libre, al tiempo que imponen nuevos temas inspirados en la vida contemporánea. Manet (1832-1883) y Degas (1834-1917) se unen temporalmente al grupo.
En los años 1885-90, los neoimpresionistas como G. Seurat (1859-1891) y Signac (1863-1935) llevan al paroxismo la técnica de la pincelada fragmentada (divisionismo). El holandés Van Gogh (1853-1890) llega a Francia en 1886; su técnica (colores puros o expresionistas, pinceladas visibles) y su concepción del arte, en el que la visión interior prevalece sobre el estudio de la realidad, tendrán una influencia notable en los pintores de principios del s. XX. Cézanne (1839-1906) y Gauguin (1848-1903), influenciados por el arte japonés y primitivo, rechazan en parte la herencia del impresionismo y conceden mayor importancia al volumen. En 1886 Gauguin decide buscar nuevas fuentes de inspiración en Pont-Aven, una pequeña localidad de Bretaña en la que Corot había pasado varias temporadas durante la década de los 60. Los artistas que trabajan junto a él, Émile Bernard y Paul Sérusier, forman la escuela de Pont-Aven, caracterizada por sus búsquedas sintéticas y simbolistas que abren camino a los nabis. Estos últimos –entre los que destacan Denis (1870-1943), Bonnard (1867-1947) y Vuillard (1868-1940)– proclaman la superioridad del color sobre la forma y el sentido.
En la escultura, los últimos años del siglo son testigos del genio de Rodin (1840-1917) que la libera de las convenciones formales academicistas.
El arte del s. XX
Hasta 1945 la vanguardia se define como una reacción contra las numerosas corrientes originadas en el s. XIX
El “regreso al estilo” se caracteriza en la arquitectura por la utilización de volúmenes geométricos sencillos, decorados con bajorrelieves de gran sobriedad; el teatro de los Campos Elíseos de París, realizado por los hermanos Perret, con decoración de Bourdelle (1861-1929), es una de las obras más destacadas. En la escultura, Maillol (1861-1944), Bartholomé (1848-1928) y J. Bernard (1866-1931) simplifican los volúmenes llegando a veces hasta la esquematización, por oposición a la estética de Rodin del que reniegan.
En el ámbito de la pintura, la presentación del fauvismo en el Salón de Otoño de 1906 revoluciona el panorama pictórico. A. Derain (1880-1954), A. Marquet (1875-1947) y M. de Vlaminck (1876-1958) descomponen el paisaje en colores arbitrarios y abren la vía del arte no figurativo. Después de militar en esta corriente, Matisse (1869-1904) desarrollará un arte independiente de los grandes movimientos y basado en el estudio del color.
La otra gran manifestación de la pintura vanguardista se traduce en la obra de Braque (1882-1963) y de Picasso (1881-1973); ambos autores prosiguen el estudio de la descomposición de volúmenes iniciado por Cézanne (1839-1906). Sus investigaciones conducen al cubismo (discontinuidad en la representación de la realidad, monocromía, temas incomprensibles), que domina su producción entre 1907 y 1914.
Los cubistas del grupo de la “Section d’or” (Gleizes y Metzinger, Léger en sus inicios) practican un arte menos revolucionario, más figurativo.
Durante los años 20-30, el surrealismo renueva la inspiración de los artistas. Se trata de un arte subversivo que crea un universo ilógico, onírico y fantástico. El azar y los mensajes del inconsciente se integran por primera vez en el proceso de creación. Duchamp (1887-1968), Masson (1896-1987), Picabia (1879-1953) y Magritte (1898-1967) formaron parte de este movimiento
Después de la II Guerra Mundial, en Francia se impone la abstracción en el campo de la pintura. Herbin concibe el arte abstracto como el triunfo del espíritu sobre la materia. Éste ejerce una gran influencia sobre los jóvenes artistas del movimiento de la abstracción geométrica.
Los pintores de la abstracción lírica basan su investigación en el cromatismo y la materia, como Riopelle que aplica el color con un cuchillo, o Mathieu que trabaja con la pintura directamente extraída del tubo. El arte de Extremo Oriente influye en Soulages, cuyo lirismo meditativo es una variación sobre los negros. Nicolas de Staël crea un nexo de unión entre abstracción y figuración, de modo que sus composiciones abstractas se derivan de la observación de objetos reales, a veces perceptibles en la obra final.
Algunos artistas como Fautrier trabajan la pintura en forma de pasta espesa, o le añaden otros materiales como la arena.
La arquitectura sufre una importante renovación con Le Corbusier (1897-1965), que respeta las exigencias funcionalistas y el purismo en la estética de las fachadas (Cité Radieuse de Marsella, capilla de Ronchamp).
En los años 60, el nuevo realismo, cuyo teórico es Pierre Restany, intenta expresar la realidad cotidiana de la vida moderna y de la sociedad de consumo. Nace y se desarrolla una reflexión crítica sobre los objetos industriales, símbolos de esta sociedad, que se ven acumulados, rotos (Arman), comprimidos o reunidos (César), encerrados en volúmenes de vidrio...
Yves Klein (1928-1962), que trabaja el color puro, trasciende su pertenencia a los nuevos realistas y con sus Monocromos intenta captar y expresar el espacio, la energía y la esencia universal de las cosas.
El rechazo del formalismo y del tradicionalismo caracteriza también la obra de Dubuffet (1901-1985). En 1968 publica Asfixiante cultura, un panfleto que preconiza la revolución permanente, la burla y lo inesperado. En sus últimas obras compone pinturas y esculturas a partir de un puzzle de piezas de colores o blancas y negras.
Desde los años 60, los problemas urbanísticos conducen a reconsiderar la relación entre arquitectura y escultura para conseguir una mejor integración de las dos artes. Los arquitectos y escultores trabajan en equipo, como Ricardo Bofill y Dani Karavan en Cergy-Pontoise. Los artistas son invitados con frecuencia a intervenir directamente en el paisaje urbano (columnas de Buren en el Palais-Royal).
Durante los años 70, el movimiento Soporte-Superficie (Claude Viallat, Pagès, Daniel Dezeuze...) reduce la pintura a su realidad material jugando con el soporte o con el modo de aplicación de los colores: el lienzo desmontado es cortado, colgado, plegado. En los 80 se regresa a la figuración mediante múltiples trabajos de investigación; Gérard Garouste y Jean-Charles Blais se inspiran en la tradición.
La extrema diversidad de estilos y corrientes de la creación contemporánea constituye la prueba de su vitalidad.

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