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Arquitectura y urbanismo
Arquitectura y urbanismo
Sin duda, lo que más llama la atención del visitante en Londres es la increíble mezcla de estilos, la ausencia de unidad arquitectónica y la visión sin complejos que permite dicha variedad. En parte, este fenómeno se explica por la accidentada historia de la ciudad: su destrucción casi total durante el Gran Incendio de 1666, los gravísimos daños que ocasionaron los bombardeos alemanes de la Segunda Guerra Mundial y la particular naturaleza de su geografía urbana. Por ello, prácticamente no queda nada de su pasado arquitectónico. Del período normando sólo queda la Torre de Londres. El palacio y la abadía de Westminster son testigos del arte gótico y el mejor ejemplo del Renacimiento se encuentra en Hampton Court.
- Problemas de urbanismo
- Renacimiento palladiano
- Barroco inglés
- Neoclasicismo
- Eclecticismo victoriano
- Siglo XX
Problemas de urbanismo
Londres no es una ciudad, es más bien un serie de pueblos unidos unos a otros con identidades muy diferentes. Cada uno ha ido creciendo hasta chocar con su vecino, sin que ningún plan haya regulado su desarrollo. El sistema de abastecimiento de aguas, una especie de laberinto de riachuelos que recorría los pueblos y arrastraba los desperdicios, desafió durante mucho tiempo a los urbanistas y no se resolvió hasta finales del s. XIX. Incluso a nivel administrativo, la capital es bicéfala, al estar dividida entre Westminster y la City.
Esto hace que sea difícil encontrar un barrio que no presente una ruptura o una aberración arquitectónica, ya que cualquier proyecto se concibe de manera independiente, sin tener en cuenta lo que le rodea. Por eso se pueden ver sorprendentes yuxtaposiciones como el edificio de metal de la Lloyd’s junto a las boiseries rosas del Leadenhall Market o la silueta fálica de la Swiss Re dominando el pequeño campanario de St Andrew.
El hecho de que Londres nunca haya sido objeto de un gran proyecto urbanístico, como lo fue París gracias a Haussman, se debe también a que los terrenos son administrados de una manera muy particular. En su mayoría pertenecen a la nobleza, que también es dueña de la mayor parte del territorio británico, incluidas las ciudades. Por ello, para desarrollar un barrio, era necesario que el propietario concediera los terrenos, pero esto no era suficiente, pues no siempre se podían incluir en el proyecto de desarrollo los terrenos vecinos. De esta forma, el proceso urbanístico dependía de la visión más o menos clara de tal o cual personaje... El resultado fue que algunos “microbarrios” muestran una bonita unidad alrededor de una plazoleta o a lo largo de su crescent (calle en forma de media luna), pero no es fácil que el conjunto se articule alrededor de grandes ejes bien delineados.
Renacimiento palladiano
En Inglaterra, el estilo gótico se mantuvo más tiempo que en otros países, de ahí que la aparición del Renacimiento se remonte a finales del s. XVI, gracias a los trabajos de Inigo Jones (1573-1652), durante el reinado de Carlos I. Este urbanista, considerado como el fundador de la arquitectura inglesa, admiraba el estilo clásico del Renacimiento italiano que inició Palladio y deseaba trasladarlo a la concepción de una capital armoniosa y coherente, siguiendo el modelo de París o Venecia. Él es el constructor del Covent Garden, la Banqueting House de Whitehall o la Queen’s House de Greenwich.
El estilo paladiano está inspirado en la Antigüedad clásica con fachadas sobrias, rigurosamente simétricas, marcadas por altas ventanas rectangulares, columnas o arcadas y coronadas por balaustradas, cornisas o frontones triangulares, y cúpulas. Estas pautas marcaron el clasicismo inglés de los dos siglos siguientes.
Barroco inglés
A comienzos del s. XVII, con la aparición de la Contrarreforma en el continente, el Renacimiento fue evolucionando hacia el barroco, un estilo caracterizado por su majestuosidad y esplendor. Se trataba de suavizar el rigor arquitectónico restándole simetría, con más ornamentación, llegando en ocasiones al exceso, como en el barroco francés. En Inglaterra, la evolución no fue tan radical, y aunque las estructuras se hicieron más complicadas, siguieron conservando cierta sobriedad. El contexto político, con una clase burguesa que iba escalando posiciones, la Guerra Civil y una breve república, favoreció una arquitectura menos ostentosa, aunque no se huyó de la grandiosidad y la profusión. El Gran Incendio de 1666 ofreció la posibilidad de reconstruir Londres utilizando los nuevos estilos bajo las órdenes de otro arquitecto fundamental, Christopher Wren (1632-1723). Bajo su dirección, se creó una comisión que fijó la amplitud de las calles, la altura de los edificios y los materiales que debían utilizarse. Entre sus obras destaca la catedral de San Pablo. Su inspiración es una mezcla equilibrada de barroco italiano y de estilo paladiano, aún en boga en el país. A este estilo corresponden las columnatas, las cúpulas y los frontones, a los que viene a sumarse el esplendor barroco. Christopher Wren concibió además los hospitales de Chelsea y Greenwich y numerosas iglesias como St Mary-le-Bow o St Bride.
Neoclasicismo
Siguiendo la estela de Wren, los arquitectos del s. XVIII llevaron a cabo la unión entre su versión del barroco y la herencia paladiana, dando origen al estilo neoclásico, en el que se pueden encontrar todos los elementos del templo clásico junto con algunas aportaciones más o menos discretas. Entre estos cabe destacar a Colen Campbell (1676-1729), William Kent (1685-1748) o James Gibbs (1682-1754), que realizó la iglesia de St Martin-in-the-Fields.
La prosperidad económica del país favoreció a los mecenas y propició los viajes de estudio al extranjero y las grandes obras. Nos encontramos en pleno Siglo de las Luces, el de la razón, la ética o la relación con la naturaleza. La arquitectura adopta esta filosofía rechazando la exuberancia barroca. Se retoma la sencillez clásica característica de los edificios de la Antigüedad, romanos y, sobre todo, griegos, que respondían a esta necesidad de rigor científico. En Inglaterra, ya desde el período del estilo palladiano, esta corriente permaneció siempre muy activa, pues, al fin y al cabo, no presentaba grandes diferencias con ella; la única diferencia es que ahora se hablaba de estilo neoclásico.
El estilo georgiano
Este estilo, que se inscribe en el movimiento general neoclásico, es el más típico de Inglaterra y recorre los sucesivos reinados de los Jorges, de la casa de Hannover, en el s. XVIII. Los arquitectos más célebres fueron William Chambers (1723-1796), influenciado por sus viajes a Extremo Oriente, y Robert Adam (1728-1792), más marcado por Italia, Francia o Dalmacia y su herencia de la Antigüedad. Este último se interesó además por la decoración de interiores y su estilo elegante y refinado ha dejado una profunda huella. Este período está casi exclusivamente dedicado a una reinterpretación de los estilos antiguos a los que, poco a poco, se fueron añadiendo unas fantasías más ligeras, como las pequeñas locuras o las falsas ruinas que adornaban los parques. De esta primera mitad del s. XVIII datan algunos monumentos clásicos como el British Museum, cuyas austeras columnatas y el frontón esculpido resumen el gusto por lo neogriego. En este período, Londres vivió una explosión demográfica que obligó a buscar alojamiento para muchas familias en el mínimo espacio: se produjo entonces la generalización de las terraced houses, esas hileras de casas adosadas y prácticamente idénticas, que proporcionan uniformidad a las calles inglesas y determinan el carácter georgiano. Por lo general, estos sobrios inmuebles cuentan con cuatro plantas a cuya puerta de entrada se accede mediante un pequeño tramo de escalones, mientras que la planta baja, que queda semienterrada, está protegida por una verja. Las ventanas de guillotina son estrechas, y su altura disminuye a medida que subimos de piso. El conjunto de la terrace queda alineado a lo largo de una calle, o alrededor de una plazoleta o siguiendo una calle en curva, el crescent. Este desarrollo urbanístico convenía a los grandes propietarios y a los especuladores que podían sacar mayor partido a sus propiedades y alquilarlas. El final de esta época estuvo marcado por una interpretación más libre del estilo clásico que anunciaba el eclecticismo del s. XIX.
El estilo regencia
El príncipe regente, el futuro Jorge IV, llegó al poder en 1811. Durante su reinado, Londres experimentó grandes cambios, inspirados sobre todo por lo que se hacía en Francia. Entre sus arquitectos estaban Henry Holland (1745-1806), John Soane (1753-1837) o Thomas Cubitt (1788-1855) que proyectó Belgrave Square y numerosas mansiones del oeste de la capital. Pero, sin duda, el más importante fue John Nash (1752-1835) que proyectó Regent Street, las terraces que bordean Regent’s Park, Carlton House Terrace y el ala oeste de Buckingham Palace. Sobresale por la visión global que supo aplicar al desarrollo de un barrio entero de Londres, el que va de Regent’s Park a Regent Street, Trafalgar Square y St Jame’s Park. En cuanto a las terraces georgianas, las de estilo regencia están más decoradas. Las fachadas blancas lucen motivos de estuco, puertas negras con impostas redondeadas y enmarcadas por dos imponentes columnas, ventanas altas y estrechas con balcones de hierro forjado. Algunas terraces presentan bow windows (miradores) curvos. En los barrios de Pimlico y Mayfair se pueden apreciar unos bonitos conjuntos.
Junto con este estilo todavía clásico, en esta época surge una nueva moda que se inspira en la Edad Media, principalmente en el estilo gótico.
Eclecticismo victoriano
Después de tres siglos de rigor antiguo y tras las derrotas napoleónicas, los arquitectos buscaron la inspiración en el patrimonio nacional, que nunca había abandonado totalmente el gótico. Esta es una época de profundos cambios en la vida cotidiana. El romanticismo se caracterizaba por una cierta nostalgia del pasado frente al temor que inspiraba la industrialización. Se buscó seguridad reinventando referencias ya conocidas y mezclándolas, a menudo, de manera excesiva. Se revisaron los estilos y se superpusieron, a veces de manera forzada, multiplicando los elementos decorativos. Después del gótico, el interés se centró en el románico, el normando inglés e incluso se fijó la vista en Alemania.
El ejemplo más impresionante del neogótico londinense es el Parlamento (Houses of Parliament) de los arquitectos Barry y Pugin, que acumulan los elementos góticos y los deforman para lograr una grandeza un poco repetitiva. Se pueden ver otras mezclas extravagantes en el Victoria & Albert Museum, en el Natural History Museum o en el Tower Bridge.
Los barrios residenciales
La gran innovación del s. XIX fue la industrialización de la construcción y el empleo de materiales fabricados en grandes cantidades, como el ladrillo, el hormigón y el hierro. La población siguió creciendo y urgía construir viviendas baratas. A partir de 1840 se empezaron a utilizar elementos prefabricados que llegaban en tren. Se proyectan barrios enteros de casas adosadas de ladrillo rojo, sin florituras, cuya única finalidad es que sean funcionales. En los barrios más ricos, los arquitectos se inspiraron en estilos más elaborados, volviendo una vez más al pasado, como en el caso del estilo Queen Anne. Entre los conjuntos más sobresalientes destacan Cadogan Square, cerca de Knightsbridge, con sus hileras de altas fachadas de ladrillo rematadas por hastiales trabajados y majestuosos miradores.
De lo más complicado a lo más sencillo
Hasta la década de 1870, casas y edificios multiplicaron los detalles y la ornamentación: hastiales, torres, pilastras, esculturas... A continuación se inició un retorno hacia algo más sencillo, abandonando los contornos elaborados en favor de las formas más sencillas inspiradas en las casas de campo y las casas rústicas. Se primó la calidad y la superioridad de la artesanía artística frente a la industria. Una muestra de ello es el movimiento Arts and Crafts de William Morris (1834-1896).
Siglo XX
Siguiendo la línea del Arts and Crafts, este siglo ha supuesto el abandono progresivo de lo pesado y ecléctico para abrazar formar fluidas y funcionales que nos hacen pensar en la naturaleza. En el continente se habla de Art Nouveau o Modernismo, en Inglaterra es más correcto emplear la expresión Modern Style. En este último destacan los creadores de la escuela escocesa.
A partir de los años veinte, el Style International, en la estela de la Bauhaus alemana y de Le Corbusier en Francia, rompió definitivamente con los excesos agobiantes del s. XIX. El objetivo principal era, ante todo, la funcionalidad del edificio. Se utilizaban materiales como el hormigón, el vidrio y el acero, y las formas se volvieron geométricas y eficaces, al mismo tiempo que se buscaba optimizar el espacio y la luz. Pero en Londres, y en Inglaterra en general, costó mucho deshacerse de los estilos del pasado, especialmente del neogótico, en las construcciones oficiales. El modernismo también tardó en imponerse en los conjuntos residenciales. La capital británica sólo cuenta con unos pocos ejemplos: las ciudades jardín de High-Point One and Two en Highgate (1936-1938) o la Sun House de Hampstead (1935).
Los considerables destrozos causados por los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial no permitieron el desarrollo de una verdadera creatividad de calidad. Basta con echar un vistazo a la gran masa gris del Barbican Centre para convencerse de ello. Más interesantes, pero también más controvertidos, resultan, por ejemplo, el edificio de la Lloyd’s de Richard Roger, la Swiss Re o el sorprendente “Pepino” (como se le apoda) ideado por Norman Foster o el nuevo City Hall, en la orilla sur, cerca de Tower Bridge, muestra del nuevo eclecticismo que preside la arquitectura londinense. Entre los conjuntos urbanos hay que citar el gigantesco barrio de Canary Wharf, elegante y futurista, con sus torres de vidrio y acero que se reflejan en los estanques. Pero el mayor éxito se ha logrado con las rehabilitaciones, especialmente con la de St Katherine Docks, cerca de la Torre de Londres, Butler’s Wharf o la zona de South Bank.

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