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Historia

¿Cómo narrar 2.000 años de historia de una ciudad tan heterogénea Londres no ha llegado a ser el fantástico caleidoscopio que es hoy día, sin haber atravesado toda una larga sucesión de revueltas, pruebas y reveses. Porque antes de la ciudad, hubo dos “ciudades”: la City y Westminster, y unos barrios circundantes (boroughs), que no eran sino diferentes pueblos que, una vez reunidos, formaron Londres.


Una lenta organización

Para comenzar, remontándonos bastante en el tiempo, podemos decir que la zona donde se asienta la ciudad no era como lo vemos en la actualidad, ya que el Támesis no existía y sólo había una estepa cubierta por el hielo... De hecho, hace mucho tiempo (hace unos 450. 000 años), el río fluía mucho más al norte y hubo que esperar al final de la era glacial, cuando se fundieron los hielos, para que el Támesis se abriera paso hacia el sur.

El aumento de las temperaturas dio origen a un denso bosque en el que cazaban las pequeñas comunidades nómadas. Los frecuentes desbordamientos del río convirtieron la región en una zona fértil, propicia para la agricultura. Alrededor de 4. 000 años antes de nuestra era, los habitantes dejaron de desplazarse para cazar y se asentaron para cultivar la tierra y dedicarse a la ganadería.

Unos 1. 500 años a. C. se empezó a formar una sociedad organizada en la que los hombres montaban a caballo y dominaban el arte del trabajo de los metales. La llegada y la integración de las sucesivas oleadas de tribus celtas procedentes de Europa central contribuyeron a enriquecer sus habilidades.

En esta época, los pobladores de la región vivían en pueblos bien estructurados según un sistema de castas. Sin embargo, en el lugar en el que se asienta actualmente Londres sólo había unas cuantas aldeas dispersas situadas a orillas del río que, debido a las frecuentes inundaciones, eran pantanosas e insalubres. Su situación, en una gran depresión difícil de proteger, la hacía demasiado vulnerable a los ataques como para pensar en establecerse en ella definitivamente.


La huella romana

Cuando los romanos de Julio César llegaron en el año 55 a. C. no encontraron gran cosa. En su afán de conquista, César continuó su camino hacia el norte. Hubo que esperar un siglo, hasta la segunda invasión del emperador Claudio, para que se fundara Londinium; corría el año 43.

El Támesis

La historia comienza con el Támesis, cuando el río frenó el avance de las tropas romanas. Su jefe, decidió entonces construir un puente: el primer London Bridge. Éste se convertirá en un punto de encuentro de carreteras y vías fluviales, un lugar de paso obligado. La ciudad ya es una realidad y sus fundadores no pararán, construyendo la ciudad más grande al norte de los Alpes, con su foro, su basílica, sus termas y sus murallas... El centro neurálgico se encontraba en el lugar donde se halla la actual City y su interés comercial se hace patente. Los romanos confiaban en su capacidad para defenderla.

Una luchadora celta

Realmente, las tribus celtas no se resignaron a la tutela romana y, en el año 61, una mujer, la formidable reina Boadicea, utilizó este sentimiento de rechazo para atacar la ciudad con sus hordas de guerreros. La asolaron, matando a miles de personas y dejando a su paso unas ruinas humeantes. Pero la batalla estaba perdida antes de empezar y, a pesar de la hazaña, los romanos eran mucho más fuertes. Boadicea prefirió envenenarse antes que caer prisionera.

Londres renació entonces de sus cenizas y su vocación comercial se reafirmó. En su momento de apogeo contó con unos 25. 000 habitantes. Sin embargo, su declive estaba anunciado: en el continente los cimientos del Imperio Romano se tambaleaban. El poder hizo frente al desmembramiento y a las amenazas exteriores ordenando el regreso de las legiones que se encontraban en el extranjero.

Tiempos oscuros

Londres fue abandonada. Poco a poco, la vibrante metrópolis perdió su esplendor, los comerciantes se marcharon y la ciudad se desmoronó. Cuando san Agustín desembarcó para predicar el Evangelio en el 601, estas tierras estaban habitadas por los sajones, un pueblo pagano llegado de Alemania, que moraban en unas sencillas viviendas. Tras la fundación de la primera catedral, san Pablo, en el 604, la ciudad renació entre sus muros, en el enclave de la City, y poco a poco fue recuperando la importancia de la que había gozado como centro comercial durante la época romana. Sin embargo, las invasiones siguieron produciéndose, sobre todo las de los vikingos daneses, que se disputaron el poder con los sajones y los vikingos noruegos. En el 851, la ciudad fue nuevamente destruida por un incendio. Asistimos a la alternancia de reyes daneses y sajones. Durante el reinado del danés Canuto el Grande se esbozó un acuerdo, pero, a su muerte, su sucesor fue el anglosajón Eduardo el Confesor. Aunque había sido elegido rey por los propios habitantes de la City, prefirió instalarse más al oeste y ordenó construir un palacio en Westminster. También fundó en el mismo lugar la abadía de Westminster, donde está enterrado. Fue el inicio del carácter bipolar de Londres, con dos “ciudades” bien distintas, la City al este, sede del poder económico, y Westminster al oeste, donde residía el poder político.


Imperios y dinastías

En 1066, la historia de Londres y de Gran Bretaña experimentó un cambio decisivo. Una vez acabadas las disputas por la supremacía entre escandinavos y sajones, el nuevo señor del país, Guillermo el Conquistador (William), llegó desde Normandía. Se impuso en la batalla de Hastings y dos meses más tarde, los londinenses lo reconocieron como rey. Fue coronado en la abadía de Westminster, inaugurando así una tradición real: excepto dos soberanos, todos sus sucesores procedieron de igual modo. Westminster se convirtió definitivamente en la sede del Gobierno.

El poder en manos de los normandos

Con la llegada de Guillermo, la corte de Inglaterra adoptó la cultura francesa. La lengua francesa ya había hecho su aparición anteriormente, bajo el reinado de Eduardo, franconormando por parte de madre, a través de los monjes de Westminster que en su mayoría eran franceses. El nuevo rey impulsó las grandes obras en la capital. Para mantener vigilados a los ricos comerciantes de la City y para proteger el puerto del Támesis, ordenó construir la Torre de Londres. Con la dinastía normanda, en la City aumentó el número de edificios civiles o religiosos, algunos de los cuales todavía subsisten.

Un imperio anglofrancés

El primer rey de la siguiente dinastía, Enrique II Plantagenet, nació en Le Mans (Francia). Al ser hijo del conde de Anjou y de la hija del rey de Inglaterra, el juego sucesorio le facilitó acceder al trono en 1154. Su enlace con Leonor de Aquitania le proporcionó un inmenso territorio que abarcaba desde el Poitou hasta los Pirineos. En su momento de máximo apogeo, gobernaba sobre toda Inglaterra y, en Francia, sobre Normandía, Maine, Anjou, Poitou, Aquitania y Quercy. Llevó a cabo importantes reformas legislativas que permitieron estructurar el reino y organizar el ejército. El amor por las letras y los mitos fundacionales que compartía con su esposa Leonor favorecieron la aparición de las “novelas” de caballería entre las que debemos destacar las del ciclo del rey Arturo y de los caballeros de la Mesa Redonda. Pero la extensión de sus posesiones despertó los temores del rey de Francia que utilizó las rivalidades familiares para enfrentar a los hijos de Enrique II contra su propio padre. Su imperio se irá reduciendo a medida que sus hijos asciendan al trono, sobre todo, con Ricardo I, Corazón de León, y, más adelante, con Juan sin Tierra. Aunque a lo largo del s. XIII la monarquía británica perdió paulatinamente sus territorios continentales, en cambio, consigue estructurarse y terminar definitivamente con el sistema feudal. Desde ese momento, el poder del rey es efectivo y hereditario.

La ciudad durante la Edad Media

Con la dinastía Plantagenet, Londres confirmó su estatus: en 1192 se nombró al primer alcalde. En 1319, el rey Eduardo II concedió una autonomía efectiva a la City, otorgando un poder electivo y administrativo a los gremios (guilds). Del s. XII al s. XIV, los oficios de la City estuvieron organizados en sociedades muy estructuradas en torno a un ritual e incluso vestían un uniforme distintivo. Estas corporaciones ejercían una presión constante con el fin de obtener ventajas para sus miembros. Se trata, pues, de un período caracterizado por las rivalidades entre los propios guilds (gremios), y de lucha por el poder efectivo entre la City y la corte. De hecho, cuando los reyes necesitaban dinero para realizar obras o para la guerra, casi tenían que mendigar ante los mercaderes. Comenzó así a dibujarse el perfil de la sociedad británica marcado por la división entre la nobleza que rodeaba al rey, propietaria de las tierras pero pobre, y la burguesía, comerciante y rica, que reinaba en la City. Las protestas contra los derechos de la nobleza no se hicieron esperar y pronto se produjeron unas violentas revueltas populares, como las de los campesinos, que en 1381 exigieron, simple y llanamente, la abolición de la aristocracia.

La riqueza de Londres procedía fundamentalmente de la exportación de tejidos, lana o seda, que llegaba de todo el país por vía fluvial, y de la importación de vino. Aunque el dinero circulaba, las condiciones de vida de los habitantes eran lamentables. Las casas, en su mayoría, estaban construidas, en parte, de madera, lo que hacía que los incendios se propagasen fácilmente. La explosión demográfica no estaba nada controlada. Las condiciones de insalubridad persistían en la ciudad y las epidemias asolaban regularmente a los barrios. ¡En 1349, la peste acabó con la mitad de la población londinense!

Dinastías

En el plano político, el final de la dinastía normanda dio pie a nuevos enfrentamientos por el trono. La llamada Guerra de las Dos Rosas, opuso a las poderosas casas de Lancaster, la rosa roja, y de York, la rosa blanca. Treinta años de auténtica guerra civil que costó muchas vidas, sobre todo, en el seno de la aristocracia. Ambas dinastías se sucedían, sin poner fin a sus sangrientas disputas. Finalmente, en 1485, subió al trono Enrique Tudor, con el nombre de Enrique VII, un miembro de la casa de Lancaster que logró reconciliar a ambos bandos casándose con Isabel de York. Ambas rosas se aliaron y fundaron la dinastía de los Tudor, que marcaría la entrada de Inglaterra en el Renacimiento.


Los Tudor y los Estuardo, la sangre y los dramas

El segundo Tudor, Enrique VIII, de quien se dice que inspiró la leyenda de Barba Azul, es sin duda el más famoso y desacreditado rey de Inglaterra. Tuvo seis esposas, decapitó a dos de ellas, rompió las relaciones con la Iglesia católica para poder divorciarse y fundó la Iglesia anglicana, de la que sería cabeza. Sin embargo, su reinado marca el inicio del esplendor cultural renacentista, al igual que ocurrió en el continente.

Unos comienzos prometedores

Este rey, conocido por sus excesos, comenzó bien su reinado. Culto, amante de la poesía y de la música, admiraba la corte de Francia y los magníficos castillos que había mandado construir Francisco I. Él mismo inició la construcción de opulentas mansiones como Hampton Court. El humanista Tomás Moro, gran amigo de Erasmo, es la figura principal de este período. Este pensador, nacido en Londres, describió una sociedad ideal en su obra Utopía. Se convirtió además en uno de los consejeros más próximos a Enrique VIII y favoreció la llegada a la corte del pintor alemán Hans Holbein. Sus críticas sobre el proceder de la Iglesia católica le llevaron a plantear una reforma moderada, por lo que condenó la violenta ruptura del rey con el Papa. Encarcelado en la Torre Londres, fue finalmente decapitado, en 1535. Esta ejecución refleja el clima que se vivía en la capital y en el reino, en general, durante este agitado y violento reinado. Los partidarios de la nueva Iglesia y los defensores del Papa se enfrentaron entre sí, en ocasiones por puro oportunismo. Pronto comenzaron a rodar cabezas y el pueblo londinense asistía al desarrollo de los acontecimientos como quien va a ver un espectáculo... Los esfuerzos matrimoniales de Enrique VIII para asegurar la sucesión por fin dieron sus frutos: un heredero varón, pero las protagonistas de la historia serían sus hijas. María I, la católica, hija de su primer matrimonio, conocida como Bloody Mary, apoyó el asesinato de protestantes. Isabel I, cuyo reinado duraría más de cuarenta y cuatro años, sigue siendo todavía el emblema del período Tudor. Durante mucho tiempo se la consideró una bastarda, pero era muy inteligente y además recibió una completísima educación: hablaba seis lenguas con fluidez. A pesar de ser protestante, logró calmar la lucha entre católicos y reformadores. Isabel, descaradamente independiente y hábil estratega, rechazó la tutela de un marido, prefiriendo permanecer soltera, y designó a Jacobo Estuardo, rey de Escocia, como su sucesor. Su reinado, uno de los más prestigiosos de la historia del país, supuso el comienzo de una importante apertura intelectual y económica.

El Renacimiento

El extraordinario desarrollo de Londres la convirtió en un crisol que favorecía la circulación de ideas y modas. Durante el Renacimiento el teatro fue uno de los entretenimientos favoritos de los londinenses, en los albergues, al aire libre o en las salas construidas al efecto. Es el siglo de William Shakespeare, el fundador del Globe Theatre, y de Christopher Marlowe. Al mismo tiempo, algunos exploradores, como Francis Drake, Humphrey Gilbert y Walter Raleigh, descubrieron nuevas tierras y sentaron las bases de la futura gran potencia inglesa. El interés del comercio con las colonias desembocó en la constitución de la Compañía de las Indias Orientales en 1600. La vocación comercial de Londres se confirmó y permitió la aparición de una potente clase burguesa. Mesas y mansiones se enriquecieron con nuevos productos y objetos exóticos. Colgaduras y trajes lucían motivos estampados a la última, inspirados en lo que los viajeros habían visto en Oriente.

Del integrismo puritano...

El heredero de Isabel I, Jacobo I Estuardo, era un protestante declarado que decidió expulsar a todos los sacerdotes católicos del reino. En 1605, un grupo de activistas católicos dirigidos por Guy Fawkes organizó un complot en el Parlamento para reivindicar una mayor tolerancia. Esta Conspiración de la Pólvora fracasó y los rebeldes fueron ejecutados y la radicalización religiosa se hizo patente. Asistimos entonces al ascenso de un grupo de protestantes fundamentalistas, los puritanos, que reclamaban mayor austeridad en el culto y una práctica constante de la Biblia (la célebre traducción del rey Jacobo, o la King James Bible, data de esta época). Su apego al mérito individual, a una estricta educación, al trabajo intenso y a su recompensa y al éxito económico hizo que este movimiento fuese especialmente popular entre las clases comerciantes de la City. El rey, por su parte, se entregó a mejorar Londres, con el proyecto de la New River, que debía permitir abastecer a la ciudad de agua potable. Quería hacer en la capital lo mismo que se hacía en Francia o en Italia. Se hizo con los servicios del arquitecto Inigo Jones que concibió grandes proyectos, como el de Covent Garden. Pero el rey, que no era puritano, se fue haciendo cada vez más estricto y absolutista, buscando la manera de minimizar el papel del Parlamento. Su hijo, Carlos I, siguió su estela, llegando a disolver el Parlamento en 1629.

… a la República

La sociedad inglesa, y especialmente la londinense, se fue polarizando en torno a un conflicto de clases sociales: en un bando se encontraban el rey, la aristocracia, el clero y los campesinos, y en el otro, el Parlamento, las clases medias y los ricos comerciantes de la City. La Guerra Civil estalló en 1642. A la cabeza del bando parlamentario, financiado por la City, estaba el diputado Olivier Cromwell. Finalmente, en 1649, el rey fue ejecutado y se instauró la república, dirigida con mano dura por Cromwell. Esta aventura sólo duró once años y en 1660 se produjo la restauración de la monarquía con la subida al trono de Carlos II.

La peste y el fuego

Como reacción a la austeridad de la república, Londres se lanzó con entusiasmo a disfrutar de los placeres. Los teatros estaban abarrotados, se multiplicaron las obras urbanas y los barrios de St. James, Mayfair y Marylebone comenzaron su expansión alrededor de las plazas que se convertirían en el símbolo de Londres. Por desgracia, en 1665, la Gran Peste castigó duramente a la ciudad, causando más de 75.000 víctimas y al año siguiente, en 1666, el Gran Incendio destruyó casi toda la ciudad, marcando el final del Londres medieval. Se aprovechó para reconstruirlo todo y dar a Londres un aspecto renacentista. El arquitecto Christopher Wren dejó su impronta en esta vasta empresa y esbozó los planos de la mayoría de las iglesias de la City (¡más de 50!). El centro neurálgico de la economía londinense no tardó en renacer de sus cenizas y los prósperos negocios florecieron de nuevo. En estos años es cuando la vocación financiera de la City se une a su dominio comercial. Asistimos a la fundación de la compañía Lloyd’s, a la apertura de instituciones bancarias en las que depositar el dinero y, finalmente, en 1694, a la creación del Banco de Inglaterra. La dinastía de los Estuardo desapareció con la reina Ana, en 1714. Jorge I de Hannover tomó el relevo.


Hacia la economía moderna

A comienzos del s. XVIII, Londres era el primer puerto del reino en el que se gestionaba el 70% de las importaciones y el 80% de las exportaciones. La ciudad contaba con 13 bancos y se convirtió en la cuna del capitalismo moderno basado en la capacidad para prestar dinero. El poder económico de la City se fue haciendo cada vez mayor, puesto que el Gobierno se veía obligado constantemente a solicitar préstamos para financiar sus proyectos y sus guerras. Es el comienzo de una era de especulación desenfrenada. Siguiendo el modelo de la Compañía de las Indias Orientales se creó la Compañía de los Mares del Sur (South Sea Company) que atrajo a miles de accionistas. El precio de las acciones parecía no tener límite, hasta que la burbuja especulativa estalló en 1720, arruinando a los inversores. Pero Londres siguió atrayendo a los malabaristas financieros. Los grandes comerciantes judíos, expulsados en la Edad Media, volvieron a invertir en Londres durante la época de Cromwell y vieron en la ciudad un prometedor mercado y el centro del capitalismo bancario.

Delicadeza georgiana

Los sucesivos reinados de Jorge I, Jorge II y Jorge III no sólo estuvieron marcados por el éxito financiero de Londres, sino también contribuyeron a esbozar el perfil de la población actual. Hasta entonces, la población había crecido sin ningún orden, pero a partir de este momento hay una preocupación por hacer de ella un lugar más agradable en el que vivir, aunque persistieron las condiciones de insalubridad. Sin embargo, el número de plazoletas se multiplicó y los barrios comenzaron a adoptar una estructura elegantemente precisa, con casas de varios pisos alineadas, todas ellas iguales, características del estilo georgiano y del estilo regencia. La moda de los jardines proporcionó bienestar a la ciudad (en 1780 había más de 200 jardines públicos); asimismo, se inauguraron parques suntuosos, como el de Kew Gardens, en 1759. Se construyó un segundo puente, el de Westminster, para cruzar el Támesis (hasta entonces sólo existía el London Bridge). Londres conoció el refinamiento de la artesanía, los muebles de lujo, la porcelana, la plata... En el terreno de la política internacional, Inglaterra se vio obligada a conceder la independencia a sus colonias americanas en 1776, pero consiguió salir victoriosa de su enfrentamiento con Napoleón tras vencerle en la batalla de Trafalgar (1805). Londres comenzó a equiparse en función de su creciente poder: se fundaron el British Museum y la National Gallery, se creó Regent Street, se instaló el alumbrado de gas en las calles, se creó una policía urbana... No obstante todas estas mejoras no pudieron evitar la superpoblación de la ciudad ni que el éxito económico marginará a una gran parte de sus habitantes. Por ello estallaron algunas revueltas, aunque sin alcanzar la envergadura de las que se produjeron en Francia.

Revolución industrial

Cuando se habla de la Revolución industrial inglesa, lo normal es pensar en las ciudades obreras del norte. Sin embargo, la riqueza de Londres no procedía sólo del comercio y de la banca, sino de sus muchas fábricas. Buena parte de las mercancías que utilizaba la población se fabricaban in situ. Hilaturas, fábricas de cerámica o de equipamiento doméstico, cervecerías, azucareras, carpinterías, fábricas de coches: más del 35% de las 49.000 empresas londinenses estaban relacionadas con la industria. Charles Dickens refleja a lo largo de sus obras, la vida cotidiana en la mayor ciudad del mundo de la era industrial a comienzos del s. XIX. En 1840, Londres tenía un millón y medio de habitantes. El espectacular desarrollo de la economía inglesa se tradujo en la aparición de una densa red de comunicaciones, canales, carreteras y ferrocarriles, que convergían en la plataforma comercial en que se convirtió la capital. Cuando la joven princesa Victoria llegó al poder, en 1837, Londres estaba en vías de adentrarse en una nueva era. Las grandes obras que se comenzaron para modernizar la ciudad atrajeron a un número aún mayor de trabajadores pobres, muchos de ellos irlandeses y católicos, ocasionándose frecuentes revueltas que la policía municipal no lograba impedir. Las tensiones sociales aumentaron debido a la promiscuidad y a una urbanización descontrolada. Los prejuicios racistas y el antisemitismo cobraron cada vez mayor importancia.

Victoria, la abuela de Europa

El enlace con el príncipe Alberto de Sajonia Coburgo y Gotha y el nacimiento de sus nueve hijos, que a su vez se casaron con miembros de todas las cortes europeas, convirtieron a la reina Victoria en una de las protagonistas de la historia de Europa. Cuando murió, en 1901, su reinado, el más longevo de la historia del país, había aportado más cambios que ningún otro. La era victoriana dejó su impronta en Londres: se multiplicó el número de puentes, se ampliaron las calles, se crearon grandes instituciones culturales y florecieron los estilos arquitectónicos, más o menos afortunados, pero que contribuyeron a cambiar la fisonomía de la capital. Metro, autobuses, alumbrado eléctrico, acondicionamiento de las orillas del Támesis, apertura de hoteles, restaurantes y grandes almacenes, desarrollo de los clubes de gentleman (caballeros), edificación de apartamentos para alojar a la mayor cantidad de gente: la metamorfosis fue espectacular; sin embargo las diferencias entre ricos y pobres aumentaron. Este cambio también causó el comienzo de un particular estilo de vida centrado en los valores del hogar –home, sweet home! (¡hogar, dulce hogar!)–, de la familia y de la integridad moral. En el plano internacional, la era victoriana también alcanzó un gran éxito con un imperio en el que “nunca se ponía el sol” y que contaba con joyas coloniales como la India.

Comienzos de s. XX

Una de las herencias más sorprendentes de esta época, casta y rigurosa, fue el nacimiento del feminismo que vino a sacudir el conformismo de los gentleman de la City. Las sufragistas reclamaban el derecho al voto y, en 1908, llegaron incluso a manifestarse por las calles, en concreto por Hyde Park. En 1919, una mujer fue elegida diputada por primera vez. Del mismo modo, los movimientos sindicales se hicieron más importantes y el socialismo se estructuró para reclamar, sobre todo, una mejora en las condiciones de trabajo y de la vivienda. Con el auge del nazismo en Alemania llegaron a Londres nuevos inmigrantes. Los judíos que huían de las persecuciones contribuyeron a una renovación económica y cultural, gracias a figuras tan eminentes como Sigmund Freud, Alexander Korda o Ernst Gombrich, entre otros.

Ciudad bajo la tormenta

La posición de Inglaterra frente a Hitler se saldó con terribles bombardeos. La batalla de Inglaterra comenzó, en 1940, con el Blitz: durante 57 noches seguidas los bombarderos alemanes infligieron unos enormes daños a la ciudad. En 1944, tras el desembarco de Normandía, tuvo lugar una segunda tanda de bombardeos. Cerca de 30. 000 londinenses murieron durante las incursiones aéreas, que también ocasionaron la destrucción de numerosos edificios. Unas 700. 000 personas fueron evacuadas de la ciudad, y las que permanecieron dormían en los pasillos del metro. El rey Jorge VI y su esposa Isabel (apodada Queen Mum) decidieron quedarse en la capital, lo que les valió una inmensa popularidad. La otra gran figura de este período fue Winston Churchill, primer ministro, que dirigió el país con firmeza desde su célebre gabinete de guerra, los Cabinet War Rooms, y tuvo una actuación decisiva en la posguerra. Hasta el comienzo de los años cincuenta, el racionamiento y las obras de reconstrucción de una ciudad parcialmente derruida movilizaron a los londinenses. El problema del realojamiento era extremo y puso sobre la mesa numerosas cuestiones. Para celebrar el centenario de la primera Exposición Universal de 1851 y devolver la confianza a la población, se organizó el Festival of Britain, en reconocimiento al saber hacer de los británicos.


Camino hacia Europa

Los años sesenta marcaron la explosión de lo que se ha llamado el Swinging London, la ciudad en la que todo cambia, donde se crean las nuevas músicas y nacen las modas. Es la gran época de los Rolling Stones, del estudio de Abbey Road donde grababan los Beatles, de Mary Quant y su minifalda. El resto de Europa parece seguir la estela de esta ebullición creativa, excepto en una cuestión: la lenta construcción europea frente a la cual Inglaterra se mostró bastante reacia durante mucho tiempo.

Ciudad cosmopolita

La inmigración, que nunca había cesado, continuó. A la llegada de la población rural se fue añadiendo la de los habitantes de las antiguas colonias (jamaicanos, indios, pakistaníes, bengalíes, africanos, chinos) y la de los refugiados políticos procedentes de Asia o de Europa del Este... De esta forma volvieron a crearse comunidades en Londres, en barrios bien delimitados que terminan asemejándose a los guetos. Algunas revueltas de carácter racista estallaron en Notting Hill o Brixton. El declive económico que experimentó la ciudad y al aumento del paro en los años setenta y ochenta hicieron que las tensiones aumentaran. El puerto terminó por desaparecer, los muelles fueron cerrando unos tras otros y las duras huelgas crearon una atmósfera asfixiante. Gran Bretaña, que siempre había promovido la libertad de expresión y la tolerancia política con las minorías, incluso las violentas, acabó por enfrentarse al problema del integrismo islámico. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, la mezquita de Finsbury Park, en el oeste de Londres, se convirtió en la tribuna de los fundamentalistas más recalcitrantes. Los atentados de julio de 2005 han cambiado mucho esta perspectiva. Aunque la capital conserva su carácter abierto y cosmopolita, el acoso a los terroristas es tan habitual como en el resto de Occidente.

Increíble renovación

Después de la época de Margaret Thatcher, primera ministra conservadora desde 1979 hasta 1990, y tras los duros conflictos sociales que marcaron este período, la llegada al poder, en 1997, de los laboristas encabezados por Tony Blair supuso una bocanada de aire fresco. De hecho, el país volvió a experimentar un crecimiento e, incluso aunque los éxitos son desiguales y a veces controvertidos, el Gobierno dio el impulso necesario para relanzar la economía. La City, que nunca perdió su poder, hace gala de su buena salud cada vez con más arrogancia. La tasa de paro ha disminuido de forma espectacular. Basta pasear entre los rutilantes edificios de Canary Wharf para darse cuenta de que corren nuevos tiempos. Se han retomado las grandes obras, sobre todo con la llegada del nuevo milenio. Así, se han emprendido proyectos como el Millennium Dome, la Tate Modern, la gran noria del London Eye, el Millennium Bridge o la apertura de una nueva línea de metro. La capital parece estar en constante mutación y aguanta como puede la explosión de precios. En 2000, Londres eligió al primer alcalde por sufragio universal. Nada más ser elegido, Ken Livingstone intentó resolver el problema de los insoportables atascos e instauró el peaje urbano. Esta medida, muy criticada en un principio, permitió que el centro de la ciudad volviera a respirar, que bajaran los índices de contaminación y que de nuevo se pudiera circular. La última victoria de este alcalde, y no es la menor, es la consecución de la sede de los Juegos Olímpicos de 2012 para su ciudad.