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Literatura
Literatura
Londres es la cuna de numerosos escritores y, a la vez, el escenario de obras de muy diversa índole, y también de las más famosas de la literatura inglesa.
- Los inicios...
- La figura de Shakespeare
- La novela inglesa
- El romanticismo inglés
- La renovación del s. XX
Los inicios...
Aunque durante el período anglosajón se compusieron epopeyas y poemas, realmente todo comienza con Geoffrey Chaucer (1340-1400), considerado el padre de la literatura inglesa. Vivió en Londres y en sus Cuentos de Canterbury, un periplo que se inicia en Southwark, describió la ciudad de una forma especialmente animada. Como buen heredero de la literatura cortés medieval, compuso un retrato picante de sus contemporáneos y de las diferentes clases sociales.
Por entonces, las novelas de caballería eran muy populares y, en el siglo siguiente, la literatura fue perdiendo su carácter medieval, con la publicación de obras como La muerte de Arturo de Thomas Mallory (1405-1471). Esta obra recupera la tradición de las epopeyas de la Mesa Redonda, las aventuras de Lancelote, Galván y Ginebra. Este texto póstumo, publicado en 1485, fue uno de los primeros libros impresos en Inglaterra. A partir de ese momento, la literatura empezó a popularizarse.
Durante el reinado de los Tudor, especialmente en la época de Enrique VIII, nació el humanismo, una nueva forma de pensamiento que abandonó las supersticiones medievales. Tomás Moro (1478-1535), el representante más importante de esta corriente, describe en su obra Utopía (1516) una sociedad ideal. El Renacimiento propició el florecimiento de la poesía, con figuras como John Skelton, Thomas Wyatt, Henry Howard, Philip Sidney, Edmund Spenser o John Milton, a comienzos del s. XVII
La figura de Shakespeare
La época isabelina, a finales del s. XVI, marcó el verdadero inicio del teatro inglés gracias a Christopher Marlowe (1564-1593) y, sobre todo, a William Shakespeare (1564-1616). Más allá de su estilo y de sus intrigas muy bien estructuradas, el éxito de su obra reside en su visión sutil de la personalidad humana y en la influencia que ejerce el destino. Tanto en sus comedias (Sueño de una noche de verano, Como gustéis) como en sus tragedias (Hamlet, Macbeth), este autor pone en escena toda la vanidad de la existencia, con una verosimilitud y un cinismo que hacen que sus obras continúan de plena actualidad. Otros dramaturgos, como Ben Johnson o Thomas Middleton, siguieron sus pasos y abrieron la vía a la comedia satírica.
La novela inglesa
Paralelamente al desarrollo del teatro y la poesía, la novela empezó a florecer en Inglaterra a finales del s. XVI, aunque todavía se inspiraba en temas medievales, con intrigas similares a las de los grandes ciclos de leyendas. Sin embargo, el estudio tan profundo de los personajes que se veía en el teatro comenzó a reflejarse en la novela, que, a lo largo del s. XVII, fue adquiriendo un carácter más psicológico. Pero también la aventura tenía cabida, con obras como Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe (1660-1731) o Los viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift (1667-1745). En el s. XVIII, este género alcanzó su madurez y se convirtió en un auténtico fenómeno popular gracias a la publicación de las novelas sentimentales de Samuel Richardson o Henry Fielding, ambos precursores del romanticismo.
El romanticismo inglés
Los poetas ocupan un lugar destacado, siendo los más conocidos William Blake (1757-1827) y su visión mística de la vida, William Wordsworth (1770-1850) y sus versos sensibles y espontáneos, Lord Byron (1788-1824), poeta apasionado y satírico, John Keats (1795-1821), cuya obra está llena de sensualidad, o Alfred Tennyson (1809-1892), fascinado por los temas mitológicos. Esta atmósfera romántica que describe la tragedia de la existencia también alcanzó a los novelistas, cuya prolífica producción se prolongó a lo largo de todo el s. XIX.
Jane Austen (1775-1817) describió hasta el último detalle la sociedad puritana en la que ella misma vivió, sobre todo en Orgullo y prejuicio (1813). No obstante, la época victoriana resultó aún más fecunda, sobre todo con el gran Charles Dickens (1812-1870), del que todos conocemos sus conmovedores retratos sociales que describen la pobreza en Londres (Oliver Twist, David Copperfield o La pequeña Dorritt). También destacaron George Eliot (1819-1880), las hermanas Brontë con Cumbres borrascosas (1847) y Jane Eyre (1847) o Thomas Hardy (1840-1928) y su famosa Tess la de los d’Uberville (1891). Tampoco hay que olvidar a Lewis Carroll (1832-1898), el autor de Alicia en el país de las Maravillas (1865) y Al otro lado del espejo (1871), o a Robert Louis Stevenson (1850-1894) que fue el precursor de la novela de aventuras con La isla del tesoro (1883).
La renovación del s. XX
Después de las emociones sentimentales y trágicas del período victoriano, la modernidad se inició con una renovación del género de aventuras. Rudyard Kipling (1865-1936), premio Nobel de literatura en 1907, escribió El Libro de la jungla (1894), Capitanes intrépidos (1897) y Kim (1901). Joseph Conrad (1857-1924) nos dejó Lord Jim (1900) y El corazón de las tinieblas (1902). H. G. Wells (1866-1946) inició un nuevo género, la ciencia ficción, al cuestionarse el futuro de la civilización en novelas como La isla del doctor Moreau (1896), El hombre invisible (1897) o La guerra de los mundos (1898). Los retratos de la sociedad inglesa se fueron diversificando, desde la minuciosa Saga de los Forsythe (1922) de John Galsworthy (1867-1933) hasta los escritos sensuales y nada convencionales de D. H. Lawrence (1885-1930) en El amante de lady Chatterley (1928). Virginia Woolf (1882-1941) dejó novelas intimistas como La señora Dalloway (1925).
Después de la Segunda Guerra Mundial, las dudas acerca del futuro se acentuaron aún más. George Orwell (1903-1950) dibujó un mundo frío e impersonal en Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949). Por su parte, el católico Graham Greene (1904-1991) mostró el desengaño de una humanidad fracasada en el El poder y la gloria (1940), El tercer hombre (1950) o El americano impasible (1955).
Más adelante, sobre todo a partir de las décadas de los cincuenta y sesenta, se volvió a los retratos de sociedad, contestatarios o ácidos como los que nos han dejado Kingsley Amis (1922-1995), Iris Murdoch (1919-1999), Anthony Burgess (1917-1993) o William Golding (1911-1993), premio Nobel de literatura en 1983 y autor de El señor de las moscas (1954). En el terreno de la crónica mordaz, Muriel Spark (1918-2006) realizó una acerba crítica de la sociedad thatcheriana. Martin Amis, el hijo de Kingsley Amis, también pertenece a esta generación de escritores contemporáneos nada indulgentes con el mundo que les rodea. David Lodge se ha dedicado a esbozar el retrato del microcosmos universitario a través de textos de intrigas ligeras con un sentido del humor un tanto especial. Por último, hay que citar a una nueva generación de jovencísimos escritores, muchos de ellos inmigrantes o procedentes del antiguo imperio colonial, que utilizan la lengua inglesa y que figuran entre los talentos más prometedores. Se suele citar a Zadie Smith, la autora de Dientes blancos, una obra que publicó en 2001, con tan sólo 25 años, y que ganó el Premio Whitbread a la mejor novela.

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