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Teatro
Teatro
Dominado en el imaginario colectivo por la gran figura de Shakespeare, el teatro forma parte de la vida diaria de los londinenses desde hace cinco siglos.
Teatro medieval
En la Edad Media, este género no gozaba de buena reputación, por lo que las representaciones no se hacían en las ciudades, sino sobre escenarios improvisados situados en las aldeas circundantes (como en Clerkenwell), a menudo, al aire libre, en los patios de los albergues o en las casas de los nobles. El primer teatro digno de este nombre se inauguró en Shoreditch, pero poco a poco, durante el Renacimiento, estos espectáculos pasaron a representarse en Southwark, lugar en el que William Shakespeare inauguró el Globe en 1599. En esta época, las obras se representaban de día, puesto que no había luz, y el público permanecía de pie, excepto los nobles ricos que alquilaban sillas junto al escenario. Este entretenimiento seguía sin gozar de buena reputación, por lo que las mujeres solían asistir con máscaras, y los actores eran todos hombres. En esta misma época, la dinastía Tudor comenzó a apoyar el teatro y a organizar representaciones privadas en la corte, animando tanto a artistas como a creadores. Estos espectáculos iban acompañados de música y baile.
Una rica tradición
A pesar de los altibajos de la realeza, el teatro ha permanecido a lo largo de los siglos como una de las grandes tradiciones culturales británicas con autores que siguieron la estela de Shakespeare y Marlowe, como Ben Johnson (1572-1637) o los irlandeses Thomas Sheridan (1719-1788), Oscar Wilde (1854-1900) y George Bernard Shaw (1856-1950).
Con la Restauración (1660) se pusieron de moda las comedias de costumbres más bien libertinas de William Congreve (1670-1729) o de Thomas Sheridan. Se abrieron algunos teatros reales en Covent Garden, Drury Lane y Haymarket, en los que trabajaban actores y actrices bajo la proteción del rey. En el s. XIX, Londres se convirtió en una enorme metrópolis y sus habitantes comenzaron a buscar distracciones. Al público, cada vez más popular, le gustaban las tragedias sombrías y románticas, los melodramas o, en el extremo opuesto, las comedias ligeras y los espectáculos musicales, a veces licenciosos. Los nuevos espectadores, más numerosos, demandaban salas más amplias, por lo que se inauguraron los “palacios de variedades” como el London Palladium, al que seguirían el Hackney Empire, el Collins Music Hall de Islington o el Wilton’s Music Hall de Wapping. En el s. XX se multiplicaron los teatros al oeste de la City (de ahí el nombre de West End), alrededor de Covent Garden y Leicester Square. Sobre todo se representaban comedias y entretenimientos populares.
En los años cincuenta, una nueva generación de autores cobró protagonismo. En sus obras reflexionaban sobre la condición obrera y la dureza de la sociedad inglesa. Estos angry young men (jóvenes iracundos) son llamados así por lo subversivo de su discurso. En este movimiento se inscriben John Osborne (1929-1994), Arnold Wesker, Shelagh Delaney, John Arden o Harold Pinter, más interesado en temas políticos.
Paralelamente, en 1963, se fundó la National Theatre Company con el objetivo de representar las obras teatrales que las salas del West End se negaban a financiar por miedo al fracaso económico, desde los clásicos de Shakespeare hasta las creaciones contemporáneas. La sede estuvo en un principio en el Old Vic (Waterloo), pero, en 1976, se trasladó a los nuevos locales en el South Bank.
En el período comprendido entre 1970 y 1990 comenzó a proliferar a todos los niveles un teatro muy ecléctico, escrito sobre todo como una reacción al conservadurismo reinante en los años en que Margaret Thatcher estuvo al frente del país. A partir de los años noventa, la creación se ha ido haciendo menos dinámica y se han multiplicado las puestas en escena de los grandes clásicos u obras comunitaristas.
Teatro alternativo
Frente a este estancamiento, han proliferado las pequeñas salas, a menudo de forma muy confidencial, que tratan temas muy especiales, por lo general controvertidos o provocadores. Esto ha permitido que autores de prestigio puedan representar sus obras más experimentales, que los más jóvenes encuentren a su público y sean conocidos por la crítica y que los nuevos actores puedan demostrar su talento. Las salas más importantes son el Bush en Sheperd’s Bush, el King’s Head en Islington, o el Battersea Arts Centre. Aquí podrá descubrir, antes que nadie, a los creadores más prometedores.
La comedia musical
El éxito de este género comenzó en Londres en los años sesenta. Los espectáculos mezclan hábilmente una intriga bastante sencilla, generalmente sacada de la literatura, el teatro clásico o el cine, con una música pegadiza, basada en melodías sencillas y a la vez comerciales. Resulta difícil hablar de este género sin citar a Andrew Lloyd Weber, que es, desde los años setenta, el compositor más prolífico de comedias musicales. Sus espectáculos han permanecido o siguen permaneciendo en cartel durante años en los teatros del West End o de Broadway, en Nueva York. Es el productor de Jesucristo Superstar, Evita, El fantasma de la opera, un éxito continuo desde 1986, o The Woman in White (La dama de blanco), creada en 2004. Entre las comedias musicales más famosas cabe destacar Oh Calcutta, cuyo estreno supuso un escándalo, o la adaptación de películas como Fiebre del sábado noche, Grease, The King and I (El rey y yo) o El rey León. Otro productor con gran éxito es Cameron Mackintosh, que puso en cartel Los miserables o Mary Poppins. Si bien un gran número de producciones londinenses cruzan el Atlántico, lo mismo ocurre con las comedias musicales norteamericanas, muy bien recibidas gracias a sus coreografías efectistas. Basta con consultar la cartelera de la temporada para verse en el difícil dilema de elegir entre tanta variedad...

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