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Escribir en Venecia
Escribir en Venecia
Desde el s. XIII hasta el XV – La literatura veneciana comenzó hace más de siete siglos, cuando en 1271 “Messire Marco Polo, sabio y noble ciudadano de Venecia” se embarcó hacia Oriente. Con sólo 16 años de edad, decidió acompañar a su padre Niccolò y a su tío Matteo, que comerciaban con Oriente, en una larga expedición que debería llevarlos ante la corte del “Kubilai”, el Gran Kan o emperador de los mongoles. Tras este periplo por tierras lejanas, muy raro para un occidental, y una estancia de más de veinte años, el regreso en 1295 no fue muy afortunado para Marco. En efecto, durante una de las múltiples batallas en las que se enfrentaban venecianos y genoveses, el explorador fue capturado y hecho prisionero por estos últimos. En la cárcel conoció a un escritor, Rustichello de Pisa, que le propuso escribir su epopeya. Así nació El Libro de las maravillas del mundo, publicado en italiano bajo el título Il Milione (que deriva de “Emilione”, apodo de la familia de Marco Polo).
En los años que siguieron a la muerte del gran viajante, Venecia se dedicó al comercio y olvidó la literatura. Realmente, la ciudad se mostró poco sensible a los aires humanistas que soplaban por la península.
A Aldo Manucio, editor vanguardista que imprimió en 1499 la Hipnerotomachia Poliphili (obra anónima y llena de inspiración escrita en una mezcla de veneciano y de latín) le corresponde el honor de haber sacado a Venecia de su letargo intelectual. El éxito de esta obra maestra lingüística fue bastante modesto, pero tuvo el mérito de iniciar uno de los periodos literarios más productivos que haya conocido la Serenísima.
Desde Bembo hasta Goldoni, período de máximo esplendor – El editor Aldo Manucio contaba en su equipo con otra lumbrera, Pietro Bembo, nacido en Venecia en 1470 y procedente de una familia noble. Durante casi un siglo este escritor fue la referencia en el campo de la literatura. Su fama se debe a la publicación en 1525 de la Prose della volgar lingua (Prosa sobre la lengua vulgar), obra en tres volúmenes que trata del tan controvertido tema de la elección de la lengua “vulgar” en la literatura. En su alegato, el escritor llega a criticar la lengua de Dante (el toscano) a la vez que propone seductoras soluciones. Se le debe el desarrollo de la lengua italiana tal y como se habla hoy día.
Angelo Beolco, llamado Ruzzante y veneciano de adopción ya que nació en Padua en 1496, ejerció su arte a otro nivel. Su apodo se debe a un personaje de sus obras de teatro, un campesino al que solía representar en escena y con el que se le identificó rápidamente. Su obra más conocida, Il Parlamento de Ruzzante, constituye un cruel retrato de la condición campesina, con una larga y sangrienta guerra entre venecianos y franceses como fondo.
Uno de sus contemporáneos, del que no conocemos el nombre, escribió en el dialecto veneciano una truculenta obra llamada Venexiana. Afronta el tema de los vicios y las virtudes de los habitantes de la ciudad lagunar, ¡pero realmente se fija más en los primeros que en las segundas!. Aparte de ser divertida y de tener una gran repercusión, esta obra es interesante porque marca una evolución del universo cultural veneciano. En efecto, desde 1530 hasta 1540, la Serenísima abandona progresivamente la importación de obras y de espectáculos de teatro y apoya la creación de obras “originales”.
Este cambio tan radical se vio favorecido por la presencia de Pietro Aretino, cuyo nombre se debe a haber nacido en la ciudad de Arezzo en Toscana. Tras una estancia en Roma, llega a Venecia en 1527, justo a tiempo para imprimir Il Marescalco (El Mariscal) y La cortigiana (La cortesana) que figuran entre las comedias mejor escritas del s. XVI. Su éxito fue inmediato y el autor supo sacarle provecho explotando las nuevas posibilidades que ofrecía la imprenta. La estrecha colaboración que se estableció entre el autor toscano y su editor Marcolini contribuyó, sin lugar a dudas, a que la fortuna sonriera a los dos. Ante todo, el Aretino supo utilizar la lengua “vulgar” de una forma viva y ajustarse a una escritura que se puede calificar como “tumultuosa”. Atrajo sobre él la atención, interesada y temerosa a la vez, de los más poderosos al utilizarlos como blanco de sus burlas: se le apodó, no por casualidad, el “Azote de los príncipes”.
No hay duda de que en aquella época en Venecia existía una total libertad de ideas y de acción: gracias a ello la obra del Aretino y otras muchas publicaciones pudieron salir a la luz, puesto que fuera de esta ciudad estaban prohibidas. La Venecia del s. XVI se convirtió en un importante centro de edición y del libro: el escritor que quisiera que su obra tuviese una cuidada presentación gráfica y un éxito garantizado debía viajar hasta San Marcos. Efectivamente, Venecia contaba con varios cientos de impresores a los que recurrían otros tantos autores.
La comedia – El teatro se convirtió en la nueva pasión de los venecianos, fuese cual fuese su clase social. Existían muchos espectáculos y casi todos representaban productos “locales”. Las comedias escritas en el dialecto veneciano que incluían personajes típicos y recurrentes, como el de Arlequín, tenían el éxito garantizado. Esta desbordada pasión por el teatro, junto con las exigencias de comunicación inherentes a un gran puerto, implicó la necesidad de que la información se difundiera de forma organizada.
El periodismo – El periodismo italiano sólo podía nacer en el contexto tan especial de Venecia. En 1760 Gasparo Gozzi publicó el primer número de La Gazzetta veneta, cuya aparición bisemanal se mantuvo durante casi un año. Esta publicación se concibió según el modelo de las inglesas: artículos costumbristas junto a informaciones prácticas de la vida cotidiana de la ciudad (anuncios por palabras, auténticos “espacios publicitarios”, cotización de divisas, etc). En esta revista aparecieron las primeras críticas de la obra de Goldoni, Los Patanes.
Carlo Goldoni – El representante más ilustre del teatro veneciano nació en 1707. Hijo de un padre médico que quería que su hijo siguiese sus pasos, a los 13 años se fugó para seguir a un grupo de teatro cómico que había trabajado en Venecia. Se le encontró en Chioggia.
Esta anécdota nos muestra la vocación precoz del joven Goldoni, vocación que se materializa en 1743 con la comedia titulada La donna di garbo (La mujer cortés). En 1750, este escritor tuvo la audacia de apostar con su rival Pietro Chiari que en el periodo de un año escribiría al menos 16 nuevas comedias: mantuvo su promesa y llegó a escribir 17 obras. Entre ellas se encuentra una de sus obras maestras, la Bottega del caffé (El Café). Aparentemente, la receta goldoniana es bastante simple: por un lado, la tradición popular de las comedias en dialecto veneciano y, por otro, un agudo espíritu de observación. Arlequín, servidor de dos amos puede considerarse el ejemplo típico de esta sabia dosificación.
La Venecia de los ss. XVIII y XIX – El teatro veneciano, dominado por la ligereza y el brillo de Goldoni, era muy vivo y dinámico. Para convencerse, basta con recordar que Lorenzo Da Ponte en persona, el célebre libretista de Mozart y autor del libreto de las Bodas de Fígaro, pasó en Venecia “dos años llenos de aventuras libertinas”.
Otro maestro en la materia, Giacomo Casanova, sacó tiempo entre cita y cita para escribir sus Memorias.
Las lecciones del maestro Casanova, si se pueden llamar así, las practicó el poeta y escritor Ugo Foscolo que llegó a Riva degli Schiavoni en 1793 y permaneció en Venecia durante cuatro años, tiempo que le sirvió para mostrar su fuerte y precoz personalidad: tras haber abandonado sus estudios, se convirtió en un autodidacta con la lectura de los clásicos griegos y latinos y consiguió que se le permitiera la entrada en el refinado salón literario de Isabella Teotochi Albrizzi, de quien se enamoró perdidamente (él tenía 16 años y ella era 18 años mayor). En este periodo escribió su célebre obra Oda a Bonaparte Libertador, pero el “libertador” obedeciendo más a sus ambiciones hegemónicas personales que a los ideales revolucionarios del joven Foscolo, cedió Venecia a Austria. El escritor quedó muy decepcionado y se refugió en Milán donde se dedicó a la redacción de las Últimas cartas de Jacopo Ortis, expresión última de su amargura.
Durante su estancia en Venecia, Ugo Foscolo tuvo ocasión de tratar con el gran precursor del romanticismo naciente: Melchiorre Cesarotti. Éste trabajaba como preceptor en una familia noble frecuentada asiduamente por Foscolo. En 1760, Cesarotti oyó hablar de los “poemas osiánicos” publicados en Inglaterra por un tal MacPherson. Tardó seis meses en traducirlos al italiano y en 1763 los imprimió. Con las Poesie di Ossian –éste fue el título en italiano– consiguió un éxito inmediato. Sin embargo, Cesarotti fue víctima de un fraude: los poemas osiánicos constituyeron uno de los ejemplos más patentes de falsificación literaria de los dos últimos siglos. James MacPherson los había presentado como la traducción de testimonios míticos y fragmentos de antiguos poemas gaélicos. En realidad, sólo eran el fruto de la imaginación de este inglés sin escrúpulos, y el desdichado Cesarotti cayó en la trampa... al igual que otros muchos.
El siglo se termina y se han lanzado las bases del prerromanticismo italiano. En esta época nace en Piamonte Silvio Pellico, que posteriormente hizo tristemente célebres los Piombi del Palacio Ducal. En Mis prisiones, Pellico relata la experiencia de su encierro desde el día de su arresto, el 13 de octubre 1820, hasta su puesta en libertad, diez años más tarde, en septiembre de 1830.
Durante la época romántica, Venecia conserva una posición de supremacía absoluta. Aparte de su producción literaria, la sombra de las galerías que bordean las Procuradorías de la ciudad es el punto de encuentro de los numerosos intelectuales de paso por Italia –entre los que encontramos al inglés Byron . Este periodo se perpetúa hasta mediados del siglo siguiente.
El s. XX – Durante el recién pasado siglo, Venecia ha estado poblada –desde el punto de vista literario– exclusivamente por extranjeros. Esto se debe, por una parte, a la ausencia crónica de autores nacidos en Venecia o autores que se dediquen a describir su belleza (exceptuando a Gabriele D’Annunzio) y, por otra, al flujo cosmopolita que existe en la Serenísima siguiendo una tradición ya establecida.
A principios de siglo, encontramos a Marcel Proust que tradujo, con la ayuda de su inseparable madre, algunas obras del inglés John Ruskin, autor de las famosas Piedras de Venecia, y que refinó en esta ciudad su gusto literario. La estancia de Proust fue muy afortunada, hasta tal punto que en su obra En busca del tiempo perdido dice: “¿Por qué las imágenes de Venecia me dieron la alegría y confianza suficientes para que la muerte me resultara indiferente?”
Totalmente distinta es la visión de Thomas Mann, que en La muerte en Venecia representa una ciudad pasto del deterioro. El protagonista de la novela, el escritor alemán Gustav von Aschenbach, experimenta, tras haber vivido toda su existencia bajo una dura disciplina, una indescriptible atracción por esta ciudad asolada por una epidemia de cólera y presentada en plena decadencia.
En 1918 el vienés Arthur Schnitzler escribe sobre Venecia inspirándose en el mito de Casanova (El regreso de Casanova).
Entre los últimos visitantes célebres de Venecia encontramos a Ernest Hemingway que se alojó en el hotel Gritti en 1948. El “Papa”, como le gustaba que le llamaran, era un asiduo del Harry’s Bar, donde le gustaba tomar un Montgomery (cóctel con martini y ginebra). Aunque el decorado era totalmente diferente al de los lugares más naturales a los que acostumbraba a ir (como Torcello), un día Hemingway comentó a su traductora de italiano Fernanda Pivano: “Sentarse al borde del Gran Canal y escribir donde escribieron Byron, Browning y D’Annunzio hace que el Papa se sienta como si estuviese en el lugar que le corresponde”.
Del mismo año datan los Cantos pisanos de Ezra Pound. En el Canto LXXVI aparece Venecia, lugar elegido por el poeta para morir.
Por el laberinto de calles del Ghetto deambula un escritor italiano, Giorgio Bassani, que introduce Venecia entre las páginas de El jardín de los Finzi-Contini (1962).
De la fascinación que le produce Venezia y sus aguas escribe Joseph Josip Brodsky, escritor ruso y Premio Nobel de literatura en 1987, en Marca de agua.

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