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Los venecianos
Los venecianos
A pesar de que en Venecia hay más turistas que habitantes, son éstos los que salvando los obstáculos naturales, han hecho surgir del lodo de la laguna una ciudad única. Una ciudad para la que soñaron y forjaron un destino histórico y artístico sin igual.
Sería absurdo intentar describir las múltiples caras de Venecia ignorando el carácter singular de los venecianos. Daría la concepción errónea, y desgraciadamente muy extendida, de una ciudad-museo o de una especie de monumento que hay que estudiar como si se tratara de una lengua muerta.
Este retrato estereotipado de Venecia no corresponde a la realidad viva y cotidiana de la ciudad, lo que puede comprobar recorriendo el campo della Pescaria o el barrio de Cannaregio, parándose en un bar del campo San Luca o en cualquiera de los numerosos bàcari (cafés) para tomar una ombra (un vaso de vino), sentándose un rato en un banco del campo San Giacomo dell’Orio intentando escuchar las conversaciones del banco de al lado, e incluso decidiéndose a ir de compras por el popular barrio de Sant’Elena.
En definitiva, la mejor forma de conocer realmente esta ciudad, es evitar en la mayor medida posible parecerse al típico turista. Es evidente que los venecianos, maestros del comercio donde los haya, saben adaptarse a las exigencias de su interlocutor y sacar el máximo provecho.
La Venecia turística y la de los venecianos – Si buscamos la Venecia turística, será muy fácil encontrar las señales que permiten perderse por el “buen” camino (comerciantes plantados en el quicio de sus puertas, menús apetitosos y competitivos, vendedores de granos de maíz que aparecen como resultado de la inevitable “foto con las palomas”, etc). Venecia también es esto, pero no se puede reducir únicamente a una foto-recuerdo tan banal. Sería como insultar los múltiples elementos de su personalidad. En esta ciudad, por el contrario, cada uno debe obtener un sabor particular, una resonancia personal e íntima, porque su atmósfera sabe recoger –y apropiarse– cualquier tipo de pensamiento y de sensación. Esta ciudad se sentiría rebajada si sólo ofreciera una imagen estereotipada y sería percibida como una auténtica ofensa por sus orgullosos habitantes.
Así pues en “lugares estratégicos”, un poco alejados de las calli por las que diariamente pasan numerosos grupos de turistas, se puede encontrar al “hombre de la calle”, al paseante dispuesto a contar sabrosas anécdotas en cuanto se le muestra un poco de interés, al empleado que trabaja en un suntuoso palacio y que quiere compartir la apasionante historia con aquel que tenga un poco de curiosidad, o al cura que le conducirá hasta la sacristía para enseñarle una tesis universitaria que se ha escrito sobre “su” iglesia. Cada uno de ellos constituye a su manera el veneciano. Cada uno de ellos forma parte de esa personalidad tan rica que escapa a cualquier definición monolítica.
La recargada personalidad del veneciano – El veneciano posee un sentido del humor innato, muy desarrollado y altamente eficaz debido a su imperturbable flema. Pero no nos engañemos, esto no le impide sentir una pasión enérgica –moderada por una cierta indiferencia teñida de nobleza– por todo lo que afecta en mayor o menor medida a la laguna. Se observa una predisposición hacia la tolerancia, reforzada por los siglos de relación y convivencia con gentes procedentes de horizontes diversos.
El sorprendente contraste entre la curiosidad natural del veneciano y su flema casi británica, produce una personalidad muy atractiva. Sin embargo, el carácter más evidente, e incluso “audible”, que presentan los habitantes de esta ciudad, es el placer de hablar. Se trata de una disposición natural propia a todos los venecianos, sea cual sea su edad, su nivel cultural o su clase social.
La ciàcola (charla) se efectúa siempre en dialecto veneciano, lo que aumenta la eficacia del ejercicio de la réplica. Como lugares privilegiados para estas charlas, tenemos los bàcari, los cafés o las tiendas, pero también se practica en las calli y en los campi, y se desarrollan entre los paseantes o en cualquiera de los descansos que los venecianos se conceden con mucho gusto. A diferencia de los habitantes de otras ciudades, el veneciano parece haber encontrado el auténtico sentido de la vida dentro del casco antiguo, y lo materializa en torno a la comunicación. Además, después de identificar las prioridades esenciales, adopta una actitud filosófica realmente envidiable, cargada de serenidad, que le permite relativizar sus desgracias frente a las vicisitudes de la existencia.
Aunque el veneciano se concede algunos descansos para conversar, hay que indicar que su paso al caminar es bastante rápido. Tanto con las manos vacías como empujando una carretilla cargada, señalará su llegada con un sonoro “atansion!” para pedir, no sin firmeza, que le deje pasar.
Para finalizar, la estructura de esta ciudad se presta poco a las agresiones (¿por dónde se escaparía el delincuente?), por lo que es difícil encontrar alguien con “malas intenciones”. Esto hace que las relaciones humanas sean distendidas y omnipresentes entre los habitantes, nada hostiles entre sí, y que los turistas aprecien el poder pasear tranquilamente a cualquier hora del día o de la noche.

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