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Arte y arquitectura

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Arte y arquitectura

En Italia, con sus treinta siglos de arte y arquitectura, resulta difícil diferenciar las capitales artísticas del país, a cuál más rica. La mayor parte de los grandes artistas de todas las épocas plasmaron su talento tanto en Bolonia como en Florencia, Padua, Palermo, Milán o Roma. Por su situación geográfica, terrestre y marítima, la península ha absorbido y digerido por igual múltiples influencias externas. Italia del norte puede enorgullecerse de singularismos regionales ligados a varios factores históricos que han favorecido la aparición de entidades políticas o religiosas que, para propiciar su proyección, no han cesado de estimular la creación. Esto ha generado una extraordinaria diversidad de expresiones artísticas y arquitectónicas que comparten con toda Italia la búsqueda de la armonía, la belleza de las formas y un sentido innato del espacio que remite constantemente a la cultura clásica de la Antigüedad.


De la antigüedad al gótico, un pueblo de constructores

Hasta que los romanos no terminaron de conquistar el país en el s. I a. C., la civilización etrusca dominó el centro y norte de Italia. Gracias a la obra de Vitruvio, un arquitecto romano del s. I a. C., sabemos que esos grandes constructores levantaron templos, fortificaciones, puentes y acueductos. Por desgracia, al estar construidos con madera y ladrillo, esos edificios desaparecieron. Los principales restos artísticos de esa época (ss. IX-I a. C.) son los monumentos funerarios. Urnas y sarcófagos, decorados con esculturas que representan a los difuntos, dan testimonio, entre otras piezas, de un perfecto dominio de la alfarería y de la fundición del bronce.

Puede que los etruscos fuesen los primeros en adoptar el arco y la bóveda en Italia. No obstante, les correspondió a los romanos perfeccionarlos, transformándolos en la cúpula gracias a una importante innovación: el recurso a un material a la vez maleable y sólido, compuesto por argamasa y piedras. Ese dominio de la construcción, que sirvió al esplendor de Roma, sobre todo en la capital pero también en las ciudades faro del norte de Italia, como Cremona o Piacenza, se aprecia aún en esos grandes vestigios que son el anfiteatro de Verona o el arco de triunfo de Aosta.

El estilo bizantino

Cuando en el s. IV el emperador Constantino convirtió el cristianismo en la religión oficial del Estado, financió la construcción de lugares de culto según el modelo de los grandes edificios romanos: la basílica, rectangular, y el mausoleo, de forma circular, poligonal o cruciforme.

El estilo bizantino prosperó particularmente en Rávena, capital del Imperio, y a partir del s. V empezó a diferenciarse del modelo romano. Las iglesias bizantinas, elegantes, albergan bajo una serie de bóvedas y cúpulas un transepto en forma de cruz. Su sobriedad exterior, característica de ese periodo, se compensa con el estallido de colores del interior. La basílica de San Vitale (p. 344) esconde así, tras su aparente austeridad, un deslumbrante conjunto de mármoles y mosaicos formados por teselas (diminutos cubos de piedras diversas, mármol, terracota o pasta de vidrio) coloreadas o recubiertas con pan de oro. Sus colores profundos y saturados iluminan con un misterioso fulgor la penumbra del lugar.

Construida siguiendo la forma de una cruz griega y rematada por cinco cúpulas, la suntuosa basílica de San Marcos en Venecia (p. 414), fue diseñada siguiendo la imagen de la iglesia de los Doce Apóstoles de Constantinopla. Joya del arte bizantino, su decoración interior rebosa de mosaicos con fondo dorado que resaltan el esplendor del retablo de la Pala d’Oro.

Época medieval

El legado de Rávena se hará palpable en la mayoría de las realizaciones del arte lombardo, en los inicios del románico, que florece en la llanura del Po, por ejemplo, en la Cappella Colleoni de Bérgamo (p. 278), la abadía de Pomposa (p. 357), la cartuja de Pavía (p. 261) y sobre todo de Sant’Ambrogio de Milán (p. 88 y 254), cuya reforma durará varios siglos.

El arte románico, que se implanta primero en el norte a partir del s. XI, se adereza con el legado antiguo, bizantino y árabe. Coloca en primer plano los principios clásicos establecidos por los romanos, con la bóveda de cañón, en ocasiones cruzados con influencias francesas y alemanas: las iglesias presentan anchas naves a veces dominadas por altos campanarios, el interior incluye columnatas y cornisas, pero su decoración es más rica y cuidada. Basta visitar las catedrales de Ferrara, Módena o Parma (p. 90 y 368)para.

El gótico, que apareció en Francia mediado el s. XII, no llegó a Italia del norte hasta un siglo después, y sólo duró doscientos años; fue su periodo más corto en toda Europa. Su gran verticalidad y los contrafuertes que le caracterizan no sedujeron a los italianos, amantes de las formas románicas. Además, los vitrales eran escasos debido al afán de reservar los muros interiores para pintar frescos en ellos. La horizontalidad de los monumentos se acentúa con frecuencia con la disposición de sillares de colores contrastados en bandas alternas (Sant’Anas­­tasia en Verona, p. 481, San Petronio en Bolonia, p. 336). En Venecia, donde triunfó el gótico llamado “florido”, las fachadas de los palacios se aligeraron con balcones y ventanas trabajadas (Ca’ d’Oro); otro ejemplo de adaptación es el palacio de los Dogos, cuyas dos fachadas en piedra blanca de Istria y mármol rosa delatan las influencias orientales propias de la ciudad (p. 410). En Milán, el enorme Duomo, con sus arbotantes, sus 3.400 estatuas y las 135 flechas integradas en el techo y la fachada, es una verdadera joya del gótico flamígero, única en Italia.

Reinterpretación de la herencia

Esa capacidad de adaptación de las culturas pasadas o extranjeras se manifiesta también en la pintura del s. XIII. La influencia llegó por Toscana, a través del escultor Nicola Pisano (c. 1220-c. 1283) y sus interpretaciones del arte romano, que proseguiría su hijo Giovanni. El primero que tomó distancia con la rigidez del arte bizantino fue Giovanni Cimabue (c. 1240-c. 1302) quien a medida que fue avanzando en su carrera artística, dio un mayor movimiento y expresividad humana a sus figuras. Cuando pintó los frescos de la basílica de San Francisco de Asís, fue ayudado por Giotto (1267-1337), quien confirmaría genialmente la decisiva aportación de su maestro y revolucionaría la pintura. Giotto introdujo en sus obras un sentido de la verdad, del espacio y de la profundidad inéditos hasta entonces, con preferencia por el volumen al trazo, y recurriendo a movimientos simples y naturales para dibujar cuerpos y composiciones teatrales llenas de vida.

Aparte de en Asís y Florencia, Giotto iba a dejar su impronta en otros centros de arte, sobre todo Milán y Padua, cuya capilla de los Scrovegni (p. 462) está completamente decorada con los frescos que pintó entre 1303 y 1310. La estancia del maestro por tierras del norte hizo que florecieran varias escuelas de pintura autónomas, como las de Rímini y Bolonia, cuyos representantes más eminentes son Vitale da Bologna y Tommaso da Modena (1326-1379). Paolo Veneziano (final s. XIII-c.1360) empezó pintando frescos y polípticos en las iglesias venecianas con colores suntuosos enmarcados en oro, en un estilo todavía bizantino (Políptico de la Coronación de la Virgen, 1324), aunque pronto se dejó influir por el gótico (Madone de Carpineta, 1347), un estilo muy alejado de Giotto.


El renacimiento

Durante el Quattrocento (s. XV), Florencia fue el centro de arte más importante de la península. Apareció un nuevo estilo que no fue tanto una renovación del interés por los mitos antiguos como un retorno, un “renacimiento”, a la belleza de las formas, un deseo de embellecer la vida real. Filippo Brunelleschi (1377-1446) reinterpretó la arquitectura clásica, apoyándose a la vez en una aproximación científica al problema de la perspectiva. A su estela, más teórico del arte que arquitecto, el genovés Leon Battista Alberti (1404-1472) escribió, entre otras obras, De re aedificatoria, el primer tratado de arquitectura y urbanismo del Renacimiento. Sus ideas encontraron la más perfecta expresión en dos iglesias de Mantua: Sant’Andrea y San Sebastiano.

Ese gusto por las proporciones armoniosas y las formas bellas se encuentra de nuevo en los maestros toscanos del Renacimiento. Masaccio (1401-1428) retomó el legado de Giotto en algunos de sus frescos, con un mayor realismo, integrando la técnica de la perspectiva que sería mejorada por Paolo Uccello (1397-1475). Donatello (c. 1386-1466) rompió con la solemnidad de sus predecesores para crear obras con actitudes realistas y naturales, como la estatua ecuestre en bronce del condotiero Gattamelata que domina la piazza Santo de Padua (p. 464). Andrea del Verrocchio (c. 1435-1488) realizó en Venecia una estatua ecuestre de Bartolomeo Colleoni, condotiero de Bérgamo, igualmente vibrante de energía (p. 439).

Arquitecto, pintor, escultor y matemático, Leonardo da Vinci (1452-1519) apabulla con sus múltiples talentos. Formado en Florencia bajo Verrocchio, Leonardo pasó muchos años en Milán, donde pintó La última cena en los muros del convento de Santa Maria delle Grazie entre 1495 y 1499 (p. 255). Es conocido, entre otras cosas, por su recurso al sfumato (esfumado), ese vaporoso efecto conseguido al superponer varias capas de pintura extremadamente tenues, que dan a las formas un contorno difuminado.

El Renacimiento en Italia del norte

Fuera de Toscana y Roma, las novedades fueron difundidas sobre todo por Andrea Mantegna (1431-1506), quien, al servicio de Ludovico Gonzaga de Mantua, decoró la cámara nupcial del palacio ducal (p. 269), con una naturalidad en las composiciones y una técnica de la perspectiva sin parangón. Pisanello (c. 1395-1455) formado en Verona, reexaminó las formas del gótico en todas las grandes ciudades del norte. Vicenzo Foppa (1427-1515) nacido en Brescia, se hizo famoso de Génova a Milán, in­fluyendo en sus sucesores lombardos, Bernardino Luini o Gaudenzio Ferrari, fresquistas eméritos. En Parma, Correggio (1489-1534) manejó la luz de un modo inigualable, como prueba su decoración de la cúpula de la catedral (La Asunción de la Virgen, p. 368). Igual de activas fueron las escuelas de Vicenza, guiada por Bartolomeo Montagna (1450-1523), y sobre todo la de Ferrara, con Cosme Tura (1430-1495) y Francesco Del Cossa (c. 1436-1478).

Filarete(1400-1469), había renovado con su arte la arquitectura lombarda, pero Bramante (1444-1514) fue quien aportó al Renacimiento sus más hermosas proporciones, reduciendo los elementos puramente decorativos en favor de las líneas del propio edificio. Aunque este gran descubridor de formas iniciase su carrera en Milán (Santa Maria presso San Satiro, claustro de Sant’Ambrogio, p. 248 y 254) y Pavía, alcanzó su consagración al trazar los planes de reconstrucción de la basílica de San Pedro de Roma.


Luminosa venecia

A principios del s. XVI, mientras Rafael y Miguel Ángel llevaban el dibujo a la cumbre de su perfección, Venecia entró en una era de intenso florecimiento artístico. Tributaria del estilo bizantino, lo que explica en parte la atención que sus artistas prestaron al color, la ciudad de los Dogos estuvo des­de el s. XV igualmente en contacto con Padua y Verona y no dudó en convocar a pintores toscanos, como Uccello o Filippo Lippi. En ese contexto aperturista, los venecianos desarrollaron su propio estilo bajo la batuta de los hermanos Bellini, Gentile (c. 1429-1507) y sobre todo Giovanni (1430-1516), que superó sin duda a todos sus coetáneos del norte de Italia. Influido en sus inicios por su cuñado Mantegna, Giovanni Bellini adoptó la pintura al óleo, distinguiéndose por su perfecto dominio de los efectos luminosos y la expresión de las emociones humanas. Sus obras tardías, llenas de una cálida armonía (Retablo de San Zacarías, 1505, p. 441), prepararon la venida de los grandes maestros renacentistas venecianos.

De Tiziano al manierismo

El s. XVI es sin duda el periodo más rico de la historia de la pintura veneciana. Giorgione (1477-1510) sólo nos dejó cinco obras, todas ellas magistrales, en especial La Tempestad (Venecia, Accademia), donde coloca el paisaje en el centro del proceso artístico. Iluminada por una luz sobrenatural, la naturaleza entra en comunión con los personajes.

Su precoz muerte dejó el campo libre a su colaborador más próximo, Tiziano (c. 1495-1576), quien revolucionaría el orden compositivo clásico. En el Retablo de la familia Pesaro (1519-1526, p. 429), el artista coloca a la Virgen a un lado y trata el conjunto de los figurantes en una armonía de opulentos colores. Pintor oficial de Venecia, Tiziano se distingue por sus penetrantes retratos, que muchos potentados europeos le encargaron, así como por escenas mitológicas realistas y sensuales. Lorenzo Lotto (1480-1556) se desmarcó del maestro con una paleta más fría, y su excelencia le valió que tuviese que abandonar Venecia para ejercer su arte en Italia del norte, Bérgamo sobre todo.

En el terreno de la arquitectura, el nuevo espíritu embargó a Jacopo Sansovino (1486-1570), quien, con ocasión de la reforma de la plaza de San Marcos, adaptó el clasicismo romano en Venecia, y cuya obra maestra fue la biblioteca (p. 409). Nacido en Padua, Andrea di Pietro dalla Gondola (1508-1580) era un simple cantero antes de acudir a la llamada de la aristocracia. El conde Trissino, mecenas y humanista de Vicenza, le adjudicó su nombre artístico, Palladio, en homenaje a Pallas Atenea, diosa de las artes. Maestro de la arquitectura romana clásica, Palladio combinó el academicismo con una libertad extrema para dar a Vicenza su aspecto único (palacio, basílica, teatro olímpico), sembrar las orillas del Brenta, las colinas de Treviso o de Verona con sus villas y ofrecer a Venecia, donde fue arquitecto oficial a partir de 1570, la iglesia de San Giorgio Maggiore (p. 439).

Varios pintores venecianos buscaron superar la perfección alcanzada por los grandes maestros desplegando un derroche de imaginación, en una búsqueda de lo raro e inaudito: manierismo impone unos personajes estilizados con poses artificiosas. Tintoretto (1518-1594) desarrolló así un estilo vigoroso y rápido, que buscaba la emoción, jugando sin problemas con la forma y el espacio, la sombra y la luz. Veronese (1528-1588) pintó escenas de una suntuosa armonía donde los colores entremezclados se responden unos a otros, haciendo vibrar toda la tela. El manierismo hizo escuela fuera de Venecia: Parmigianino (1503-1540), alumno de Correggio, buscó la gracia y el encanto eliminando cualquier realismo. La elegancia de su trazo y el refinamiento de sus colores le convirtieron en uno de los principales representantes de esa corriente junto con el milanés Giuseppe Arcimboldo (1527-1593), que pervirtió la naturaleza muerta utilizando frutas, verduras y peces para componer sus retratos.

Reacciones y barroco

Hacia finales del s. XVI, mientras el ma­­nierismo perdía fuelle, en Bolonia se abrió con éxito la academia de los Incamminati (los “progresistas”), donde estudiaron importantes artistas locales como Anni­bale Carracci (1560-1609) y Francesco Albani (1578-1660) como miembros más destacados.

Mientras un retorno al clasicismo impregnaba la pintura del boloñés Guercino (1591-1666), vino a imponerse una nueva corriente que exaltaba la potencia creadora y la variedad de formas: el barroco. Sus principales figuras fueron Bernini (1598-1680), un romano que diseñaba edificios con perspectivas trampantojo, y su rival de origen lombardo, Francesco Borromini (1599-1667), cuya extravagante arquitectura merece el calificativo de barroca, en el sentido de irregular.

Ambos genios tendrían una gran resonancia en Turín, en primer lugar sobre Guarino Guarini (1624-1683), que realizó varios edificios con un estilo influido por Borromini (iglesia de San Lorenzo, palacio Carignano, p. 91 y 133). Filippo Juvara (1676-1736), primer arquitecto de la corte de Saboya, era aún más ligero y elegante, y contribuyó al renombre de la capital piamontesa (basílica de Superga en los alrededores de Turín, pabellón de caza de Stupinigi,p. 140). En Venecia, Baldassare Longhena (1597-1682) declinó el lenguaje barroco dentro de la tradición arquitectónica propia de la Serenísima (iglesia de Santa Maria della Salute,p. 423).


La época del declive

A lo largo del s. XVIII el arte italiano se mostró poco innovador, a excepción de Venecia, donde brillaron Canaletto (1697-1768) y Francesco Guardi (1712-1793), con un tratamiento excepcional de la luz y el color. Mientras los extranjeros rendidos metían en sus baúles las vistas de la Serenísima, Giambattista Tiépolo (1696-1770) ornamentaba con sus espectaculares frescos los palacios de una aristocracia que vivía rodeada de fastos sus últimas horas de soberanía.

Arquitectos y decoradores del periodo rococó, como los boloñeses Bibiena, utilizaron sin trabas el arte del estucado. Una técnica que, desde el barroco, había eliminado el enyesado con selenita, y que imitando al mármol había causado furor en la segunda mitad del s. XVII.

Hacia 1750 se observa un regreso a las formas antiguas. Es el momento del neoclasicismo, explotado con éxito en la península por el veneciano Antonio Canova (1757-1821), cuyas esculturas rinden homenaje a la pureza del arte grecorromano.

Durante la ocupación austriaca, Milán adquirió una nueva importancia política y cultural a expensas de Venecia. Las academias se convirtieron en puntos de convergencia de los debates estéticos. La de Milán, la academia Brera, fue el centro artístico de Italia hasta la unificación. En una época en la que el romanticismo apoyaba gustosamente la causa de los pueblos oprimidos, la cuestión del sujeto se coloca en el meollo de las ambiciones artísticas. Los pintores representan episodios reales que puedan prestarse a segundas lecturas patrióticas. El veneciano y milanés por adopción Francesco Hayez (1791-1882) pintó numerosos cuadros históricos, entre ellos Los dos Foscari (Florencia, Galleria d’Arte Moderna), un tema veneciano que sería tratado también por Verdi algunos años después.

A finales del siglo, apareció un movimiento de renovación que afectó a las artes decorativas y la arquitectura. Giuseppe Mengoni (1829-1877), el Eiffel italiano, realizó la suntuosa galería Vittorio Emanuele II en Milán en 1877 (p. 240). El Art nouveau, denominado en Italia Stile Liberty, apareció en la exposición de Artes Decorativas Modernas de Turín celebrada en 1902. El lombardo Giuseppe Sommaruga (1867-1917) diseñó en Milán algunos edificios decorados profusamente con motivos florales, como el Palazzo Castiglioni (p. 245).


Renovación en el s. xx

En 1909, en Le Figaro apareció un artículo firmado por Filippo Marinetti (1876-1944) titulado El manifiesto futurista. Su autor, que vivía a caballo entre París y Milán, declaraba la guerra a la tradición. El futurismo exalta la modernidad, simbolizada por la ciudad industrial donde todo es velocidad, maquinaria, luz, ruido y energía. Esas tesis fueron recogidas en Turín en 1910 por los pintores Umberto Boccioni (1882-1916), Carlo Carrà (1881-1966), Luigi Russolo (1885-1947), Giacomo Balla (1871-1958) y Gino Severini (1883-1966). En 1915, el manifiesto Reconstrucción futurista del universo pretendía extender el futurismo a todos los aspectos de la vida cotidiana: arquitectura, poesía, música, teatro, cine, mobiliario, vestidos, cocina y publicidad. Iba firmado por Fortunato Depero (1892-1960), un pintor del Trentino que realizaba obras geométricas tendentes a la abstracción. Balla añadía cifras y letras a sus pinturas y Enrico Prampolini (1894-1956) hacía lo mismo con plumas, tejidos, cartones o plásticos. Belicistas, varios futuristas se alistaron en la Primera Guerra Mundial o, más adelante, apoyaron al fascismo que, según Marinetti, se correspondía con la materialización política del movimiento.

Giorgio De Chirico (1888-1978) se distinguió por sus telas ucrónicas, donde las imágenes de la antigüedad se cruzan con objetos de la modernidad para crear un ambiente metafísico. Muy próximo a él, Giorgio Morandi (1890-1964) privilegia en sus obras una meditación personal sobre el arte, dedicándose exclusivamente al género de la naturaleza muerta.

En 1922 nace el Novecento por iniciativa de siete artistas, entre ellos Mario Sironi (1885-1961), que propugnan el regreso a valores tradicionales (La familia del pastor, 1929), valores que pronto se confundirían con los del régimen fascista. Como reacción a ese movimiento, representantes de la escuela milanesa y del grupo de los Seis de Turín vuelven al expresionismo y a un realismo a menudo trágico.

Arte povera

Después de la guerra, un periodo dominado por el conflicto entre arte figurativo y arte abstracto, hubo tres artistas que emprendieron investigaciones radicales que iban a colocarles al frente de la modernidad internacional: Lucio Fontana (1879-1968)araña, agujerea y lacera la tela; Alberto Burri (1915-1995) deja que la materia se apodere de la forma y el color; Piero Manzoni (1933-1963) persigue el infinito trabajando sobre los acromos (cuadros sin color), pero su obra más célebre (y más chocante) continúa siendo Mierda de artista en lata. En 1967, el crítico Germano Celant forja el concepto de arte povera (para designar esas tomas de posición que se desarrollan como reacción a la industria de la cultura y, más allá, como oposición a la sociedad de consumo. Bajo esta etiqueta pueden incluirse Mario Merz (1925-2003), Michelangelo Pistoletto (n. 1933) o Giuseppe Penone (n.1947), quienes cruzan de modo convincente la pobreza de los materiales con la riqueza de su discurso.

Arquitectos de talla mundial

A principios de siglo, Como se convirtió en un emporio de la arquitectura moderna gracias a Giuseppe Terragni (1904-1943) y a Antonio Sant’Elia (1888-1916), ambos miembros del Gruppo 7 y seguidores de un racionalismo sin florituras, liberado del pasado académico. En ese espíritu, Terragni firma en Como la Casa del fascismo, un cuadrado perfecto dotado de un techo en terraza (p. 308).

Otra de las figuras del s. XX, el arquitecto lombardo Pier Luigi Nervi (1891-1979), un adepto del hormigón armado, realizó obras maestras donde se aliaban fuerza, simplicidad y elegancia, como el Pirellone (1959, p. 256) de Milán, construido en colaboración con Gio Ponti (1891-1979, p. 256).

Al crear la sala de conferencias del palacio de la Unesco de París, el veneciano Carlo Scarpa (1906-1978) se convirtió en una referencia internacional en materia de planificación. Su genio inventivo culminó con el museo Castelvecchio de Verona (p. 479).

El genovés Renzo Piano (n. 1937) célebre por su diseño del centro Beaubourg de París, ha sabido reconciliar el high-tech con las necesidades de los usuarios, como demostró en Turín, con la transformación del Lingotto (p. 138), o en Génova, con la reestructuración del puerto viejo (p. 186). En 1998, recibió el premio Pritzker, el Nobel de la arquitectura.

Si bien Italia ocupa el cuarto lugar en el mercado del arte mundial, la creación contemporánea ha tenido problemas para darse a conocer bajo la primera era Berlusconi, cuyo ministro de Cultura calificó un centro de arte contemporáneo florentino como “basurero”, tachando a su director de “excremental”. El efímero gobierno Prodi entre 2006 y 2008 fue decepcionante al no dar tampoco prioridad a la creación de vanguardia, representada hoy por Maurizio Cattelan, un paduano nacido en 1960, cuyas provocadoras instalaciones se encuentran entre las más cotizadas del mundo, o los emilianos Davide Bertocchi y Fabrizio Plessi (videoarte).