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Historia

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Historia

Para muchos, la historia de Italia se asocia a la aparición de Roma a mitad del s. VIII a. C., pues el destino de esta ciudad del Lacio fue tan excepcional que se convirtió en el epicentro del mundo antiguo. Aunque en nuestros días la “cuestión meridional”, es decir, la desigualdad económica entre Italia del norte y las provincias del Mezzogiorno, continúe coleando, es necesario buscar razones más específicas, características que ni el Imperio romano ni otros tumultuosos acontecimientos que agitaron a la península han conseguido borrar, y que constituyen hoy día la riqueza de este país.


Historias de Ítalos

Los primeros rastros documentados de presencia humana en la Italia septentrional se remontan al Paleolítico, entre 150.000 y 100.000 años antes de nuestra era. Muchos de esos asentamientos alrededor del arco alpino, abierto a la inmigración tanto por el oeste como por el este a través de numerosos pasos practicables, fueron duraderos. Prueba de ello son la riqueza de las pinturas rupestres de Val Camonica, cerca de Brescia, o, en el Trentino-Alto Adigio, los restos del célebre Hombre de Ötzi, de 5.300 años de antigüedad.

De esas progresivas y pacíficas colonizaciones, cabe destacar la de los vénetos, llegados en el séptimo milenio a. C. de alguna parte de Asia Menor o Central para asentarse en Padua; los ligures, establecidos sobre todo alrededor del golfo de Génova y los contrafuertes de los Apeninos; y las tribus de origen celta, como los salasios del Valle de Aosta, los taurinos franco-celtas o los insubros, fundadores de Milán (Mediolanum) en tiempos de la expansión gala del s. IV a. C. Aunque limitada por problemas lingüísticos (a pesar de su raíz indoeuropea común), la coexistencia entre estos pueblos “ítalos” fue estimulada por el desarrollo de las técnicas, que, al final del Paleolítico, se basaron en la explotación de los recursos mineros locales, la metalurgia y el comercio, como por ejemplo el del ámbar, cuya ruta terminaba en el Adriático. Junto a la riqueza de la fértil llanura del Po, esas actividades propiciaron la implantación temprana de factorías fenicias y griegas y la proliferación de los intercambios. Estos factores auspiciaron el nacimiento de la llamada cultura villanoviense (por el yacimiento arqueológico descubierto en 1853 cerca de Villanova, en los alrededores de Bolonia), primera verdadera civilización en esa parte de la península y que iluminó Emilia-Romaña y Toscana entre los s. XII y V a. C. antes de ser totalmente absorbida por la etrusca.

La época etrusca

Los etruscos se distinguieron por la original civilización que a partir del s. VII a. C. impusieron sobre una parte de la península que comprendía Emilia-Romaña, grandes sectores de la llanura del Po, la actual Toscana y una parte de Campania. Organizados en ciudades-estado, desarrollaron una cultura teñida de influencias orientales y difundieron sus ritos funerarios, organización urbana, técnicas agrícolas, artesanía (en especial la alfarería) y el uso de la escritura y el alfabeto latino. Aunque las mujeres tenían un papel preeminente en su sociedad, algo chocante para griegos y romanos, los etruscos, más que los griegos de Italia meridional, hicieron de puente entre la cultura helenística y el mundo romano, contribuyendo en gran parte al desarrollo de los pueblos “ítalos”. Por desgracia, la civilización etrusca, que alcanzó su apogeo en el s. VI a. C. fue decayendo lentamente víctima de graves crisis sociales. La última de sus ciudades independientes, agrupadas en una liga, cayó en manos de los romanos en el año 265 a. C.


La Italia romana

Según la leyenda de Rómulo y Remo, la ciudad de Roma fue fundada en el año 753 a. C. Sus comienzos fueron difíciles. A lo largo del s. VI a. C., Roma y el Lacio estuvieron sometidos a soberanos etruscos. Tras guerrear con sus vecinos, la ciudad logró emanciparse y convertirse en la República romana (510-27 a. C.), conquistando de paso numerosas tierras. En el año 267 a. C. se había apo­de­rado de un territorio que se extendía desde Mesina, en el sur, hasta una línea que unía Pisa con Rímini (Ariminum), en el norte, en un primer esbozo de unificación de la península.

A la conquista del mundo

En ese proceso de expansión, Roma chocó con Cartago, su rival por el dominio del Mediterráneo. En el norte de la península, se enfrentó también a la Galia Cisalpina, ocupada por tribus ligures, celtas y vénetas. Los pueblos de la Galia Cisalpina, que habían apoyado en masa a Cartago en la Primera Guerra Púnica, iniciada en el año 264 a. C. y concluida 23 años más tarde con la victoria de Roma, no fueron capaces de unirse para enfrentarse al arrollador avance romano. Liguria, a pesar de defenderse con uñas y dientes, fue sometida en el año 238 a. C. Los galos fueron cruelmente derrotados en el cabo Telamón (225 a. C.) y tres años después Milán cayó en poder de Roma. Los romanos reforzaron entonces sus posiciones en la llanura del Po, fundando las colonias de Pia­cenza y Cremona (218 a. C.). Tras rozar el desastre, Roma derrotó definitivamente a Cartago en el curso de la Segunda Guerra Púnica y en el año 201 a. C. aplastó a Aníbal y sus elefantes, debilitados por el paso de los Alpes. Iniciada en 197 a. C., la reconquista completa de la Galia Cisalpina culminó el 26 a. C. con la sumisión de las tribus alpinas.

Esta conquista no fue solamente militar, puesto que el proceso de romanización, en el que se fundía la herencia helenística con la cultura romana y el trasfondo itálico, fue intenso. Roma fundó nuevas colonias (Bolonia, Módena, Parma) y las enlazó con carreteras: Génova quedó sobre el trazado de la vía Aurelia, que unía Pisa con Niza. Desde la capital ligur se podía recorrer la península por la vía Postumia hasta llegar a Piacenza, Cremona y Aquilea (puerto del Adriático fundado en 181 a. C.) y volver a bajar hasta Rímini por la vía Annia. Por toda Italia se utilizaba una única moneda y además de las lenguas locales y el griego, todos o casi todos entendían y hablaban el latín.

A principios del s. I a. C., la concesión de la ciudadanía romana a los pueblos vasallos, incluso con sus limitaciones, constituyó un hito importante. Podía adquirirse enrolándose en las legiones romanas, un mecanismo que aseguró los efectivos de los ejércitos de conquista y que supuso una válvula de escape para los conflictos sociales latentes en el seno de varios aliados internos, sojuzgados bajo un estatuto jurídico inferior a pesar de su participación en las campañas de expansión romanas. El consulado de César (59 a. C.) reforzó la deriva autocrática del régimen, multiplicando las guerras de pacificación en las fronteras de Roma y desarrollando una política interior de organización social y urbana.

El Imperio

En el año 27 a. C, Octavio recibió el título de Augusto. Al morir la República surgió el Imperio, por el que se extendió la romanización y una manera de administrar las provincias que duraría tres siglos. Entre 96 y 192, bajo la dinastía de los Antoninos (Trajano, Adriano, Marco Aurelio…), el Imperio, cada vez más grande y estructurado, alcanza su apogeo y la pax romana asegura el orden y la prosperidad. No obstante, la sociedad romana estaba construida sobre bases no igualitarias en cuanto a la propiedad de la tierra, y el creciente empobrecimiento de las clases bajas así como los pesados tributos sobre hombres y bienes exigidos por el Imperio aceleraron su fin.

En 167, los bárbaros, a quienes Marco Aurelio deberá enfrentarse hasta 175, invaden por primera vez Italia. Para apaciguar a los romanos, que responsabilizan a los cristianos de ése y otros males que se abaten sobre ellos, el Emperador declara ilegal el cristianismo, dando comienzo a largos años de persecuciones. Comienzan a sucederse crisis sociales, políticas y económicas mientras los bárbaros se amontonan en las fronteras. El Imperio, muy debilitado, se reafirma y recupera su unidad gracias a Aureliano (c. 212-275), que pasa su reinado repeliendo a los invasores.

Los dos imperios

Para poder luchar con más eficacia contra los bárbaros, Diocleciano (284-305) reorganizó el Imperio. Él se encargó de la defensa de Oriente y Maximiano, quien asentó su capital en Milán, de la de Occidente. Como cada uno disponía de un adjunto, se instauró una tetrarquía de hecho y el mundo romano fue gobernado por cuatro jerarcas. Las abdicaciones de Diocleciano, encarnizado perseguidor de los cristianos, y de Maximiano provocaron guerras civiles que perduraron hasta que Constantino (306-337) les puso fin. Se convirtió al cristianismo y fundó una nueva capital, Constantinopla, en el lugar donde se asentaba la antigua colonia griega de Bizancio. Así pues, en 395 el mundo romano se partió en dos: el Imperio de Oriente, centrado en Constantinopla, y el de Occidente, donde Roma perdió importancia frente a Milán.

En el s. V, nuevas invasiones bárbaras (alamanes, godos, francos, hunos y vándalos) devastaron una y otra vez el Imperio de Occidente. En 476, Odoacro, jefe de los hérulos, depuso al último emperador de Occidente, se instaló en Rávena y creó el primer reino bárbaro de Italia.


Los reinos bárbaros

Ss. VI a IX

Justiniano (527-565), emperador romano de Oriente, expulsó a los ostrogodos, que habían sucedido a Odoacro, y reconquistó Italia en 554. Fue un breve respiro. En 568 los lombardos, probablemente de origen escandinavo, invadieron la península, empujaron a los vénetos hacia las lagunas de la costa y se instalaron en la llanura del Po, hasta Milán. Alrededor de Rávena, capital de una Italia bizantina mal preparada para oponerse a los invasores, se organizó una resistencia que no pudo impedir que los recién llegados se apoderasen de Génova en 643. Apoyándose únicamente en su propio ejército, el papa Gregorio el Grande consiguió salvar Roma, sentando así las bases territoriales del futuro Estado Pontificio.

A principios del s. VII, Italia estaba dividida entre bizantinos y lombardos, aunque el Papado, en ausencia de un poder civil, administraba el “ducado de Roma”. Para protegerse contra un nuevo ataque lombardo, los papas pidieron ayuda a los francos.

Pipino el Breve se impuso militarmente una primera vez y luego, en 774, su hijo Carlomagno recibió el título de rey de los francos y de los lombardos y patricio de los romanos, es decir, protector de la cristiandad de Occidente. En 800 fue consagrado como Emperador de Occidente en Roma.


La lucha entre el papado y el imperio

Ss. X a XIII

A consecuencia del reparto del Imperio carolingio, el monarca germano Otón I se convirtió en el nuevo Emperador de Occidente el 2 de febrero de 962. En el s. XI, sus sucesores acudieron a Roma para ser coronados emperadores e intentaron, con mayor o menor fortuna, dominar la Santa Sede. El conflicto entre ambos poderes terminó con la “Querella de las investiduras”: lo que estaba en juego era el control sobre el nombramiento de los obispos. El papa Gregorio VII, arrogándose todos los poderes imperiales en 1075, desató la ira de Enrique IV, soberano del Sacro Imperio Romano Germánico. Así se inició un interminable conflicto entre ambos poderes que se resolvería temporalmente con el Concordato de Worms en 1122. El acuerdo no resistió la designación como rey de Germania de Federico de Hohenstaufen, llamado Barbarroja, un personaje que no soportaba ninguna tutela. Su voluntad de restaurar el Sacro Imperio le empujó a enfrentarse al Papa y a las ciudades italianas donde gobernaban los poderes comunales. Tras una campaña militar ejecutada con brillantez, se ciñó la corona de los reyes lombardos en 1154 en Pavía y en 1155 la de emperador en Roma. Pero el Papa no tardó en rebelarse con el apoyo de los normandos, asentados en el sur de Italia desde el s. XI, y de algunas ciudades. Los partidarios del Papa, denominados güelfos, se unieron en la Liga lombarda, una alianza militar que incluía a las principales ciudades del norte (Milán, Verona, Brescia, Bolonia y Parma) para oponerse a las ambiciones absolutistas de Barbarroja, apoyado por los llamados gibelinos. El 29 de mayo de 1176, la Liga lombarda, en Legnano, cerca del lago de Como, aniquiló al ejército de Barbarroja, quien tuvo que reconocer la autonomía de las comunas y la legitimidad del pontífice romano. La paz firmada en Venecia (1177) no impidió que las luchas continuasen durante tres cuartos de siglo. En 1250, al morir Federico II, nieto de Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de Sicilia, concluyó el dominio imperial de Italia. Sus últimos herederos fueron derrotados por el hermano de San Luis, Carlos de Anjou, a quien el Papa había pedido ayuda, y que sería coronado rey de Sicilia (1266) y de Nápoles. A pesar de la pérdida de Sicilia (1282), reconquistada por el rey de Aragón, y de la partición posterior del reino de Nápoles, la dinastía angevina se mantuvo en Italia hasta el s. XV.


El auge de las señorías

Final del s. XIII - principio del s. XV

Las ciudades italianas, gangrenadas por los conflictos internos entre linajes, barrios, gremios, corporaciones y clases, y en lucha con las poblaciones vecinas, se constituyeron en señorías. El gobierno comunal fue sustituido por un señor capaz de imponer su autoridad dentro y fuera de los muros de la ciudad, en toda una región. Muchas ciudades de la llanura padana se transformaron en señorías de la mano de familias ilustres: los Visconti en Milán, los Este en Ferrara, los Scaligeri en Verona… Venecia y Génova conservaron un sistema de gobierno de carácter republicano.


La Italia del S. XV

Al firmar la Paz de Lodi el 9 de abril de 1454, Milán y Venecia aparcaron el conflicto que las enfrentaba por la supremacía en Italia del norte. Era el momento de unirse porque un año antes Constantinopla había caído en poder de los otomanos, una amenaza cada vez mayor. El 24 de agosto, Milán, Venecia y Florencia formaron la Liga itálica, a la que se unirían el Estado Pontificio y el reino de Nápoles. Junto a estas cinco potencias de tamaño medio que controlaban lo esencial de Italia, había otros 15 principados de menor importancia, como los ducados de Saboya y Ferrara. En total, en Italia existían unos 20 estados territoriales, ninguno de los cuales era capaz de imponerse a los demás. A diferencia de lo que ocurriría en España, Francia o Inglaterra, no apareció una monarquía potente capaz de unificar el vasto territorio. En el siglo siguiente, los estados extranjeros iban a aprovecharse de esta circunstancia.


Las guerras de Italia

Ss. XV a XVIII

En nombre de un lejano parentesco con Carlos d´Anjou, Carlos VIII, el ambicioso rey francés que soñaba con un trampolín italiano que le permitiese organizar una cruzada contra los turcos, reclamó la completa soberanía sobre el reino de Nápoles, del que se apoderó por la fuerza (1495)… sólo para ser rápidamente expulsado de él por una coalición de fuerzas lideradas por Aragón y Venecia. Luis XII, sucesor de Carlos, muerto en 1498, heredó sus pretensiones y se apoderó por la fuerza del ducado de Milán. A pesar de los meritorios esfuerzos del caballero Bayard, los franceses fueron nuevamente expulsados de Lombardía en 1512.

La dominación española

Francisco I, nieto de un Visconti, continuó con la política hegemónica francesa y gracias a una serie de victorias, sobre todo la de Marignano (1515), se convirtió en duque de Milán. Pero Carlos V, heredero de los Habsburgo y de los Reyes Católicos de España, se enfrentó con decisión a los franceses. Francia perdió definitivamente la partida tras el desastre de Pavía (1525). Ni Francisco I ni su hijo Enrique II lograron establecerse en Italia, salvo en algunas áreas del Piamonte.

Los Tratados de paz de Cambrai (1529) y de Cateau-Cambrésis (1559) pusieron fin a medio siglo de guerra en Italia y consagraron un predominio español que iba a durar hasta 1620, en un clima interior de paz. El 7 de octubre de 1571, la Santa Liga derrotó a los turcos en la batalla de Lepanto. Venecia, que se había opuesto a los otomanos a lo largo de todo el s. XVI, supo aliarse con el rey de España, el Papa, el duque de Saboya y la República de Génova, asegurando así su posición.

Austria al mando

A partir del s. XVII, el declive en el que se sumió España favoreció las revueltas en Nápoles y Sicilia. Francia intentó aprovecharse de ello, pero quienes se llevaron el gato al agua fueron los Habsburgo austriacos. Por las Paces de Utrecht (1713) y de Radstadt (1714), con las que se puso fin a la Guerra de Sucesión española (1701-1714), el emperador romano-germano Carlos VI obtuvo el Milanesado, Mantua, los presidios de Toscana, el reino de Nápoles y Cerdeña. Su oportunista aliado, la casa de Saboya, recuperó la plena soberanía de su ducado, durante un tiempo en manos francesas, y obtuvo Sicilia, que en 1720 cambió por Cerdeña, dando así lugar a la aparición del reino de Piamonte-Cerdeña. Al igual que la Lombardía austriaca, este reino iba a beneficiarse de la era de estabilidad y paz que se inició en 1750, y aprovecharía las ventajas agrícolas que proporcionaban las fértiles tierras de la llanura padana para desarrollar la industria y el comercio. El Siglo de las Luces, que iluminó con mayor intensidad el norte de la península, ahondó las diferencias entre una Italia reformista y otra rezagada. Hasta 1796, en que el general Bonaparte cruzó por primera vez los Alpes con sus ejércitos…


La era napoleónica

1797-1815

Tras la Revolución francesa, Austria e Inglaterra, entre otras potencias europeas, inquietas ante la política exterior adoptada por la República, se opusieron a ella. La guerra estalló en 1796. Bonaparte, en una fulgurante campaña, derrotó a piamonteses y austriacos. Por el Tratado de Campo Formio (1797), Francia añadió Lombardía a Niza y Saboya, en su poder desde 1796. Venecia pasó a ser austriaca. Se crearon “repúblicas hermanas” como la República ligur y la cisalpina, con Génova y Milán como capitales (1797). La dominación francesa, a la que hicieron frente las tropas austro-rusas durante el verano de 1799, fue inmediatamente restablecida por Bonaparte a su regreso de Egipto: en junio de 1800, la victoria de Marengo vino a significar un mayor control del territorio. Se crearon 14 departamentos en los que se implantó la organización y el derecho francés (y en donde, además, aparecerían los principales artífices de la unidad italiana: Mazzini en Génova, Garibaldi en Niza, Cavour en Turín y Verdi en el antiguo ducado de Parma). Después de Nápoles, caída en 1806, Venecia fue arrebatada a Austria. Esta Italia afrancesada se hundió con la abdicación de Napoleón en 1814. Tras quince años, durante los cuales una parte de las elites alimentó su deseo de unidad e independencia, el viejo orden quedó restaurado.


El espíritu republicano

1815-1852

En 1815, el Congreso de Viena ratificó el predominio austriaco en Italia, basado en el recién creado reino lombardo-veneciano. Las repúblicas de Venecia y Génova desaparecieron. Sin embargo, un número de sociedades secretas (con los carbonari al frente) conspiraron para derrocar al absolutismo y oponerse al yugo invasor con la esperanza de crear una república libre, unida e indivisible. Las insurrecciones que estallaron en 1820-1821 desde Nápoles hasta el reino del Piamonte-Cerdeña apenas fueron más que llamaradas. Los combatientes por la libertad fueron perseguidos y encarcelados o exiliados, cuando no ejecutados. En 1831, volvieron a fracasar nuevos levantamientos carentes del apoyo popular. Tras extraer sus conclusiones del desastre, un joven revolucionario, Giuseppe Mazzini (1805-1872), abandonó el carbonarismo y fundó en Marsella una nueva sociedad secreta a la que llamó “La Joven Italia”. Para liberar su país, apostó por un alzamiento del pueblo. Sus tentativas (1833 y 1834) fracasaron, y tanto él como Giuseppe Garibaldi (1807-1882), uno de sus fieles, fueron proscritos, pero ambos contribuyeron al despertar de una conciencia nacional.

En 1848, año revolucionario donde los haya, los estados italianos bajo dominio austriaco se rebelaron. En solidaridad, Carlos Alberto, rey piamontés, declaró la guerra a Austria. A las victorias iniciales les sucedieron varias derrotas, hasta que, en 1849, el movimiento revolucionario fue aplastado. Carlos Alberto abdicó en favor de su hijo Víctor Manuel II. En 1850, Camillo Benso, conde de Cavour, entró en el gobierno del Piamonte. Hombre político inteligente, fundó un partido nacionalista moderado respaldado por el periódico Il Risorgimento (el término, que significa “resurrección”, designaría desde entonces el proceso del despertar de la conciencia nacional que condujo a la unificación). Cavour fue llamado a dirigir el gobierno en 1852 para hacer del Piamonte un estado moderno, punta de lanza de la unificación italiana.


La formación del reino de Italia

1859-1866

Los patriotas, hasta entonces partidarios de la revolución, fueron uniéndose uno tras otro a Cavour, sobre todo después del fracaso de la última insurrección de Mazzini en 1857. Consciente de que Italia no iba a reunificarse sin ayuda exterior, Cavour firmó en 1859 un tratado por el que se aseguraba el apoyo militar de Francia en caso de agresión austriaca. Como era de esperar, estalló la guerra. En Magenta y Solferino (1859), los ejércitos piamontés y francés derrotaron al austriaco, pero a costa de bajas tan numerosas que Napoleón III, ante la ira de los italianos, firmó en Villafranca el 8 de julio de 1859 un armisticio que dejaba la emancipación a medio camino: únicamente Lombardía era libre.

En Italia central estalló una revuelta y los territorios pidieron su anexión al Piamonte. Para Toscana y los ducados de Emilia y de Romaña, esto se hizo realidad en la primavera de 1860. En nombre del proceso de unificación, definitivamente en marcha, y con el consentimiento de Napoleón III, los Estados Pontificios fueron desmembrados. El monarca francés, en pago por su ayuda, recuperó el condado de Niza y Saboya. Quedaban por conquistar Venecia y la Italia meridional. Garibaldi, al servicio del Piamonte desde 1859, conquistó fácilmente Sicilia en julio de 1860 con un pequeño ejército de voluntarios vestidos con camisas rojas, “Los Mil”. Luego pasó a tierra firme para unirse al ejército de Víctor Manuel en las cercanías de Nápoles. El 18 de febrero de 1861, el parlamento italiano se reunió por primera vez en Turín, donde el 23 de marzo proclamó a Víctor Manuel II rey de Italia. Cavour murió algunas semanas más tarde. Sus últimas palabras fueron “Italia está hecha”, aunque hubo que esperar hasta 1866 para que Venecia fuese incorporada al nuevo estado.


De 1870 a la liberación

Aunque las tierras “irredentas” del Trentino y la región de Trieste continuasen bajo dominio austriaco, Italia debía acabar su unificación: mercado interior y moneda única, administración, transportes, lengua, cultura y religión... la tarea era enorme.

Hasta 1876, la derecha histórica, heredera de Cavour y reclutada en el seno de la nobleza liberal o la rica burguesía del norte, estuvo al mando. Los dos decenios siguientes transcurrieron bajo gobiernos de izquierdas, salvo algunos interludios. Al acercarse el s. XX, tres jefes de gobierno marcaron la vida política: el lombardo Agostino Depretis (1876-1887), instaurador del “transformismo”; el siciliano Francesco Crispi (1887-1896), su consolidador; y el piamontés Giovanni Giolitti (1901-1921), a quien le tocó aplicarlo, si bien promovió a la vez leyes sociales e instauró el sufragio casi universal. El transformismo consistía en negociar continuamente la participación en el gobierno de la oposición a fin de evitar la alternancia política. A través de este método clientelar, el parlamento fue despojado poco a poco de un poder que se concentró en manos de una oligarquía formada por hombres de negocios y políticos. A rebufo del despegue industrial, se amasaron entonces inmensas fortunas. Con todo, Italia no se libró de la grave crisis económica de 1888-1894, que vino acompañada por altercados sociales y que favoreció la aparición en 1892, en Génova, del Partido de los Trabajadores, el futuro partido socialista.

Al cambiar de siglo, el retraso del sur, causa de fuertes emigraciones, se hizo preocupante. Cuando se inició la primera Guerra Mundial, Italia era un país mal preparado, con una política colonial desastrosa, que se alió con Francia y Gran Bretaña en 1915 a cambio, según el Tratado de Londres, de la promesa de recibir el Trentino, Trieste, Istria, una parte del litoral dálmata y algunas posesiones de ultramar.

Veinte años de fascismo

Tras la victoria aliada, onerosa en vidas y ruinosa para la economía, el presidente estadounidense Wilson renegó del acuerdo previo e impidió que Italia recuperase los territorios que le ha­bían sido prometidos. El malestar fue inmenso.

Entre 1919 y 1921, el país se vio envuelto en una revuelta proletaria y campesina, más cruenta en el norte industrial. En ese clima de crisis, Benito Mussolini, que en 1919 había fundado en Milán las Fasci Italiani di Combattimento (Falanges Italianas de Combate, una organización revolucionaria escorada al principio a la izquierda), recibió el apoyo de magnates industriales y grandes terratenientes para que llevase a cabo una contrarrevolución con ayuda de las squadre, bandas de fascistas que sembraban el terror. En junio de 1921, Mussolini resultó elegido para la Cámara de Diputados. En noviembre fundó el Partido Nacional Fascista (PNF), un partido abiertamente reaccionario del que era su Duce (guía). El 27 de octubre de 1922, ordenó a sus Camisas Negras que marcharan sobre Roma para hacerse con el poder. Se acababa de iniciar el proceso fascista de Italia, bajo la mirada indiferente del rey Víctor Manuel III.

Los Acuerdos de Letrán, firmados en febrero de 1929, regularon el estatuto del Vaticano y de la religión católica como religión oficial y sellaron una entente entre la Iglesia Católica y los fascistas que duraría hasta 1945. Debido al contacto con el nazismo a partir de 1936, el régimen se endureció y promulgó leyes raciales antisemitas en 1938. El 22 de mayo de 1939, se firmó el “Pacto de acero”, que ligó el destino de Italia al del Tercer Reich en caso de un conflicto por entonces ya inevitable.

Los reveses sufridos en varios frentes en 1941 (Egipto, Grecia) pronto hicieron cambiar a la opinión pública. A partir del verano de 1942, en el entorno real se empezó a desear la eliminación de Mussolini. El complot tuvo lugar el 25 de julio de 1943. El Duce fue detenido y sustituido por el mariscal Badoglio (1871-1956), quien procedió a firmar un armisticio en septiembre. Los alemanes liberaron a Mussolini ese mismo mes y le obligaron a formar un nuevo gobierno. Así vio la luz la República Socialista nacida en Saló, población a orillas del lago de Garda. No lejos de allí, junto al lago de Como, Mussolini sería ejecutado el 28 de abril de 1945, en un momento en que la ofensiva final aliada liberaba totalmente el país, donde además se había producido una guerra civil entre partidarios del Duce y antifascistas.

A consecuencia del conflicto, Italia se encontraba agotada, material y moralmente. El Partido Comunista Italiano (PCI), muy poderoso pero legalista y moderado, participó con sus aliados socialistas y con la Democracia Cristiana (DC) de Alcide De Gasperi en el proceso de renovación del Estado. En 1946, los electores votaron a favor de expulsar a la monarquía constitucional e instaurar la república. La Constitución de la República italiana fue adoptada en diciembre de 1947 en un clima político enrarecido. En medio de huelgas sindicales, las fuerzas del orden eran atacadas en Milán, Bolonia o Génova como rea­cción al atentado en que había resultado herido Palmiro Togliatti, el líder del PCI. El país logró evitar la insurrección gracias a la sangre fría y la mesura de Togliatti y de De Gasperi, el gran beneficiado de las primeras elecciones celebradas en abril de 1948, que gobernó como centrista hasta 1953. Tras un intermedio de derechas, el centro-izquierda (DC y PSI) se mantuvo en el poder hasta 1968.

En el plano exterior, si bien Italia recuperó en 1946 el Alto Adigio (Tirol del Sur), anexionado por Alemania, perdió sus posesiones en el Mediterráneo y en África (lo que le ahorraría los sobresaltos de la descolonización). En 1949 ingresó en la OTAN y en el Consejo de Europa. En 1951 participó en la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, que conduciría a la creación de la CEE en 1957. El principio de la década de 1950 fue un periodo de formidable esplendor económico. El estado intervencionista, de la mano de los magnates industriales, hizo posible el “milagro económico italiano”, que en veinte años logró triplicar su PIB.

Luces y sombras del s. XX

Desde 1969 hasta el final de la década de 1980, Italia fue presa del terrorismo; fueron los “Años de plomo”. Tras el fracaso de los movimientos revolucionarios de obreros y estudiantes de 1968-69, con revueltas intensas tanto en las universidades como en las fábricas del norte, los grupúsculos izquierdistas optaron por la lucha armada. En 1970 aparecieron las Brigadas Rojas, que iban a sumirse en una espiral de violencia cada vez más desconectada de la realidad sociopolítica, seguidas de cerca por la extrema derecha, que practicó la “estrategia de la tensión”. Las fuerzas conservadoras del MSI, un partido neofascista creado en 1946 –y convertido en 1955 en la Alianza Nacional–, hicieron todo lo posible por que el régimen derivase hacia la derecha autoritaria. A partir de 1973, el PCI, dirigido entonces por Enrico Berlinguer, siguió la idea del “compromiso histórico”: tejer lazos sobre todo con la DC, basándose en un proyecto de transformación de la sociedad para en un futuro participar en un gobierno de coalición sin correr el riesgo de un golpe de estado. En la DC, Aldo Moro maniobró para acercarse a un PCI respaldado por las urnas, hasta que fue asesinado por las Brigadas Rojas en 1978. Decepcionado por su colaboración con el gobierno Andreotti, el PCI pasó de nuevo a la oposición en 1979.

La década de 1980 estuvo marcada por el socialista Bettino Craxi, que estableció un récord de permanencia a la cabeza del Consejo. Tuvo lugar un segundo milagro económico (Italia entró en el G7 en 1976). En todos los partidos políticos cundió la corrupción y el clientelismo. En este contexto, en Italia del norte aparecieron formaciones de rechazo a los corrompidos partidos tradicionales, la burocracia de Roma, la fiscalidad arbitraria y el sur subvencionado. Las Ligas véneta, lombarda y ligur se fusionaron en la Liga Norte en 1991 con el objetivo de fundar una república en el norte del país. Al poner en marcha en 1992 una operación que desveló miles de casos de corrupción en el seno de la clase política (la operación Mani pulite, “manos limpias”), la justicia fortaleció el movimiento regionalista y populista. La Liga Norte, dirigida por Umberto Bossi, obtuvo la alcaldía de Milán en 1993. El MSI se transformó en la Alleanza Nazionale, partido dirigido por Gianfranco Fini.

Magnate de la industria y de los medios de comunicación, presidente del AC Milan, popular club de fútbol, el oportunista hombre de negocios Silvio Berlusconi partió al asalto del poder con su partido “Forza Italia”, coaligado con la Liga Norte y la Alleanza Nazionale. Su victoria fue total pero también breve, pues la coalición saltó en pedazos a finales de 1994. Las legislativas de 1996 significaron la primera alternancia de la historia parlamentaria italiana, con el triunfo de la coalición de centro-izquierda El Olivo, liderada por Romano Prodi, un profesor de economía firme partidario de Europa. El éxito de la decidida política de integración económica dentro de la UE llevada a cabo por el gobierno Prodi no resistió en 2001 a la fragilidad de su heterogénea coalición. Silvio Berlusconi regresó, esta vez para agotar una legislatura completa.

Hasta 2006, dentro de una evidente atmósfera mercantilista, su estéril política económica y sus discutidas decisiones (participación militar en la guerra de Irak de 2003) crearon mucha controversia. Derrotado en las elecciones de 2006 por la Unione de Romano Prodi, Il Cavaliere perdió su penúltima apuesta política, propugnada por sus aliados de la Liga Norte: una reforma regional muy favorable a los intereses del norte que fue rechazada en un referéndum en junio de 2006.

La fragilidad de la coalición de centro-izquierda de Romano Prodi, terminó con su gobierno en menos de dos años. Tras perder una moción de confianza en el senado, un pequeño partido retiró su apoyo al gobierno, con lo que Prodi se vio obligado a convocar elecciones en Abril de 2008. Silvio Berlusconi recuperó el poder al frente de una nueva formación, Popolo della Libertà (Pueblo de la Libertad).