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Literatura

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Literatura

La lengua italiana nació en Toscana en el s. XIV, fruto de la excepcional trinidad formada por Dante, Petrarca y Boccacio mientras el latín era barrido por las lenguas romance. No obstante, fue en Verona donde se descubrió uno de los primeros documentos que atestiguan los orígenes del italiano, el Indovinello Veronese (ss. VII-XI). Debido a los largos y dolorosos años de exilio, Dante vivió en Italia del norte protegido por diversos príncipes mecenas, sobre todo en la corte de Cangrande della Scala, en Verona.

El Renacimiento italiano estuvo marcado por la vitalidad de estas cortes, que durante siglos fueron crisoles de la cultura. En la de Ferrara, Ariosto (1474-1533) contó en cerca de 40.000 versos la historia del Orlando furioso, una palpitante obra maestra llena de personajes y aventuras fantásticas, que de un golpe dejó obsoletas las epopeyas caballerescas. Y fue también en la corte de Ferrara donde otro gran poeta originario de Campania, Torquato Tasso (1544-1595), escribió un poema heroico repleto de maravillas, La Jerusalén liberada, antes de sumirse en la demencia.

En el curso del s. XVIII, Venecia, ciudad de teatros, propició la eclosión del talento de Carlo Goldoni (1707-1793), considerado el fundador de la comedia moderna italiana. Recurriendo al italiano y al veneciano, nos legó multitud de obras (La Locandiera, Il Campiello, Le baruffe chiozzotte, etc.) donde ejerció de forma genial sus dotes de observación. Sus disputas con Carlo Gozzi (1720-1806), otro dramaturgo veneciano tradicional (El amor de las tres naranjas), le incitaron a instalarse en París, donde redactó en francés sus memorias antes de morir. Otro veneciano, Casanova (1725-1798) también escribió en francés su Historia de mi vida.


La tradición regional

Debido a su tardía unificación (1862), Italia disfruta de una rica variedad de tradiciones regionales, ligadas a la vitalidad de los grandes centros urbanos.

Milán, centro de Las Luces

En Milán, a finales del s. XVIII, se distin­­guió Cesare Beccaria (1738-1794), autor del tratado Sobre los delitos y sus penas (1764), una extraordinaria obra en la que el intelectual aborda con lucidez temas aún hoy actuales (la pena de muerte, la relación entre delito y pena, la interpretación arbitraria de la ley). Hubo que esperar a la siguiente generación, y especialmente a Vincenzo Monti (1754-1828) cuya traducción de La Ilíada es de una belleza todavía no igualada, para que emergiera el neoclasicismo italiano. Autor romántico por excelencia, Ugo Foscolo (1778-1827) nació en Zante, una pequeña isla del mar Jónico unida a la República de Venecia, pero pasó los años más creativos de su carrera en Milán. Su obra más célebre fue una oda titulada Las tumbas (1807), y pronto se distinguió por su compromiso político. En 1797, escribió Un Napoleón liberador, un texto que atribuye al emperador francés el mérito de haber despertado a un “pueblo dormido”, palabras que retomó Stendhal al principio de La cartuja de Parma, mientras denun­ciaba con arte los peligros de su política imperialista. El milanés Alessandro Manzoni (1785-1873) fue el primero que osó abordar el tema de la religión, cuidadosamente evitado en Italia desde los tiempos de Dante. La novela histórica Los novios, su obra maestra (1827), transcurre en el s. XVII, entre el lago de Como, Milán y Bérgamo durante la ocupación española. Giuseppe Verdi le dedicó una Misa de réquiem con motivo del primer aniversario de su muerte.

Un siglo después de Manzoni apareció otro gran hombre de las letras milanesas: Carlo Emilio Gadda (1893-1973). Gadda se rebeló contra el fascismo y la estupidez burguesa, especialmente en su obra más famosa, El zafarrancho aquel de Vía Merulana (1957). en la que utiliza un lenguaje deformado en el que se mezclan jergas, dialectos, onomatopeyas, neologismos y parodias. Más recientemente, Giovanni Testori (1923-1993), que sucedió a Pier Paolo Pasolini como editorialista del Corriere della Sera, se cuenta entre los más importantes dramaturgos católicos italianos del s. XX (El Dios de Roserio, 1954).

Trieste y las influencias de Europa central

La cultura de Europa central ejerció una gran influencia sobre la literatura italiana a través de Italo Svevo (1861-1928), seudónimo del triestino Ettore Schmitz, cuyo talento no fue reconocido en Italia sino al final de su vida. Tras Una vida, apenas saludada por la crítica, y Senilidad, completamente ignorada, Svevo dejó de escribir durante veinticinco años. Su aproximación al psicoanálisis, magistral en la novela La conciencia de Zeno (1926), le valió una justa fama. Claudio Magris (1939) cliente habitual del café San Marco de Trieste, donde ha escrito gran parte de sus obras, es otro autor germanista de fascinante erudición. El Danubio (1986) recibió en 1990 el premio al mejor libro extranjero en Francia y, en 1996, Microcosmos obtuvo el premio Strega en Italia. Sus ensayos, escritos entre 1974 y 1998, están reunidos en Utopía y desencanto (1999).

La riqueza literaria del s. XX

Durante la primera parte del siglo predominó la experimentación revolucionaria del futurismo, uno de los pocos movimientos nacidos en la península que alcanzó repercusión mundial (tuvo una influencia decisiva sobre el cine revolucionario soviético). El hecho de que Marinetti decidiera publicar su Manifiesto en Francia en 1909, en las páginas de Le Figaro, dice mucho sobre la cultura italiana de la época.

La poesía italiana del s. XX estuvo marcada por el hermetismo, cuyo principal representante fue el genovés Eugenio Montale (1896-1981). Aunque recibió el Nobel en 1975, es un autor poco conocido en España, por más que la austeridad e intensidad de su poesía le asemeje a Machado. Huesos de sepia, su primera antología, data de 1925. Ejerció una gran influencia sobre la poesía italiana, haciendo sombra a escritores que en absoluto eran inferiores (Vittorio Sereni, Clemente Rebora) y que sólo ahora empiezan a ocupar el lugar que merecen.

La atormentada obra de dos autores piamonteses enriqueció la literatura italiana del s. XX: Cesare Pavese (1908-1950) se suicidó a los 42 años en una habitación de un hotel de Turín. El suicidio, denominado “vicio absurdo” en sus escritos, rondó a este hombre carcomido por el remordimiento de no haber participado en la lucha para liberar a Italia del fascismo. No hay duda de que una última decepción amorosa, que le inspiró su último libro de poemas, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, aceleró su gesto. Pavese describió su infancia, transcurrida en las colinas de las Langhe, en Trabajar cansa. Su novela más famosa, formada por tres historias turinesas (premio Strega 1949), es El bello verano. Su diario, El oficio de vivir, fue publicado de forma póstuma en 1952.

El destino de Primo Levi (1919-1987), piamontés y judío, dio un vuelco en 1944 cuando fue deportado a Auschwitz. A partir de esa radical experiencia, el químico de 24 años publicó en 1947 Si esto es un hombre, un libro que encuentra su fuerza en su implacable sobriedad. Hicieron falta diez años para que ese libro, considerado hoy como una obra maestra pero que pasó desapercibido cuando se publicó, encontrase su público. En La tregua (1963), Primo Levi cuenta su largo viaje de regreso a Italia a través de Polonia y Rusia, con un talento que se encuentra de nuevo en su novela Si ahora no, ¿cuándo?, coronada con los prestigiosos premios Viareggio y Strega. Nunca reconocido verdaderamente por sus pares, se cree que se suicidó arrojándose por el hueco de la escalera del inmueble donde siempre había vivido en Turín.

Nacido en Cuba, Italo Calvino (1923-1985) creció en Liguria. El novelista tuvo un papel esencial en la vida cultural italiana: trabajó toda su vida en la editorial Einaudi, creó la revista literaria Il Menabò y escribió multitud de ensayos y artículos de prensa. Apareció por primera vez en el panorama literario en 1947 con El sendero de los nidos de araña, una primera novela inspirada por su experiencia en la guerra y la resistencia. En la década de 1950, su neorrealismo se tiñó de magia en una trilogía de novelas fantásticas y alegóricas, escritas en el espíritu del s. XVIII francés: El vizconde demediado, El barón rampante y El caballero inexistente. En el transcurso de sus días parisinos, se interesó por la semiótica en compañía de Roland Barthes y se adentró en la vía de la experimentación, colaborando en el Oulipo (Taller de literatura potencial) de Raymond Queneau (Las ciudades invisibles, 1972). Su best seller, Si una noche de invierno un viajero, culmina, en 1979, su búsqueda de nuevas formas de escritura: formado por fragmentos de novelas, el texto indaga la relación entre la obra y el lector.

En la actualidad, el autor italiano más leído en el mundo es Umberto Eco (1932). Profesor de semiótica en la Universidad de Bolonia, en 1980 publicó su primera novela, El nombre de la rosa. Bajo la apariencia de una novela negra entre los monjes de un convento del s. XIV de Italia del norte, el erudito autor predica la tolerancia y se entrega a juegos literarios: en sus páginas puede reconocerse a Voltaire, Victor Hugo, Wittgenstein o Gide…

En cambio, el turinés Alessandro Baricco (1958), amado con locura o denostado ferozmente, es ciertamente el autor italiano de quien más se ha hablado últimamente. Tras la novela Tierras de cristal (1991), escribió El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin (1992), un ensayo sobre la relación entre música y modernidad. Le siguió Seda (1996) y Novecento. Un monólogo (1994), un soliloquio teatral que Giuseppe Tornatore convirtió en la película La leyenda del pianista en el mar. Su reescritura de La Ilíada de Homero provocó polémica. Baricco ha fundado en Turín la escuela de escritura Holden (del nombre del protagonista de El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger).

Cannibali, la última corriente literaria italia­na, agrupa a Aldo Nove (n. 1967), Tiziano Scarpa (n. 1963) y Niccolò Ammaniti (n. 1966), jóvenes escritores también denominados pulp en referencia al filme de Quentin Tarantino del que extraen su fascinación por unas atmósferas violentas que rayan en la sordidez.