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En sus primeros tiempos, Italia septentrional estuvo poblada sobre todo por celtas (galos, retios o vénetos) y conformaba un conjunto natural que los romanos llamaban Galia Cisalpina. Los ligures, un elemento de ese conjunto, de orígenes aún indeterminados, se reafirmaron como un pueblo distinto ya en esa época. Todos, de mayor o menor buen grado, tuvieron que acomodarse a la expansión de la civilización etrusca, que irrumpió desde Toscana por la mayor parte de la cuenca del Po y el norte de la costa adriática, punto de contacto con el mundo helénico.

La colonización romana, más tardía y muy progresiva, no concluyó hasta el s. I a. C., y cuando, en el s. V d. C., Italia del norte se encontró en primera línea de las invasiones “bárbaras”, integró en primer lugar a aquellos pueblos ya cristianizados, como los godos, y considerablemente influidos por la civilización romana. Los godos se instalaron al este y el oeste de los Alpes (ostrogodos).

Otro pueblo de invasores, el lombardo, era originario del norte de Alemania y había permanecido mucho tiempo en Panonia (la actual Hungría); resultó ser el pueblo mejor organizado, que, tras suplantar a los godos, definieron la primera forma de poder estructurado en la región después del Imperio romano.


Un mosaico de estados

Los lombardos fundaron un reino que en-globaba la mayor parte de Italia del norte, a excepción de Venecia y Rávena, entonces bajo tutela bizantina. A finales del s. VI, el reino fue dividido en ducados, unos 20 en total, estableciendo una estructura administrativa que, más o menos idéntica, perduró hasta la época moderna. Aunque Carlomagno conquistara esa gran Lombardía que entonces cubría casi toda Italia septentrional, y a pesar de la desaparición de la lengua lombarda original, se conservó una recia identidad regional que continúa siendo perceptible hoy en día, sobre todo en Pavía, Milán y Bérgamo.

El dominio del Sacro Imperio durante la mayor parte de la Edad Media contribuyó a la fragmentación de la región en entidades rivales. Italia del norte quedó dividida en principados, reinos, ciudades-estado y repúblicas que formaban un sorprendente mosaico de soberanías a menudo enfrentadas entre sí y sometidas a la autoridad del Papa o de los emperadores germánicos.

Al emanciparse del poder de los vicarios representantes del Emperador, algunas ciudades se convirtieron en municipios más o menos independientes bajo el dominio de grandes familias que establecieron verdaderos Estados a partir del Renacimiento. Ése fue el caso, sobre todo, de los Este de Ferrara y Módena, los Gonzaga de Mantua o los Visconti de Pavía. Génova y Venecia se separaron de ese mosaico gracias a su potencia económica y marítima.

El Piamonte, durante mucho tiempo unido a los estados de Saboya, se afirmó como una unidad marcada por una intensa identidad lingüística gracias al impulso de una elite a menudo francófona y admiradora de las ideas de la Revolución francesa. Fue este reino el que condujo a Italia hacia su unificación.

Persistencia de los particularismos

En Italia del norte vive más del 45% de la población de la península en menos del 40 % de su superficie. Presenta niveles de densidad muy diferentes, desde el más bajo (36 habitantes/km2 en el Valle de Aosta) a uno de los más altos del país (375 habitantes/km2 en Lombardía); aunque, por término medio, el conjunto es más de dos veces superior a la densidad de la población española.

Piamonteses, lombardos, venecianos, ligures, tiroleses del sur, italianos meridionales… aparte de su concentración (un 90%) de la población es urbana), la principal característica demográfica de Italia del norte es su diversidad. A pesar de disfrutar de uno de los mejores niveles de vida del mundo (algo evidente en Milán, Turín o Venecia), los habitantes de esta región han conservado celosamente sus particularidades locales a través de sus dialectos, tradiciones y modos de vida diferentes de un lugar a otro, incluso dentro de una misma comarca.

Muchas identidades lingüísticas

La tardía transformación de Italia en estado-nación explica la supervivencia de numerosos dialectos regionales, que pueden englobar todo el conjunto de una región, como el piamontés, o ser hablados únicamente en una ciudad (el dialecto de Ferrara). Un mismo dialecto puede tener varias variantes: el bergamasco hablado en Bérgamo difiere del que se habla en las montañas colindantes. Además, la actual división regional del país no siempre coincide con entidades lingüísticas homogéneas: en los valles del Alto Adigio, de expresión mayoritariamente alemana, se hablan diversos dialectos reto-romanos, y el franco-provenzal hablado en el Valle de Aosta, es también corriente en ciertos valles del Piamonte. El veneciano se considera una lengua por derecho propio, con acentos y vocablos propios según los lugares de la región.

La larga presencia austriaca en Italia del norte, en especial en el Trentino y el Véneto, contribuyó a la formación de una identidad “germana”. El estatuto especial concedido a esas regiones por la Italia moderna y el reconocimiento de la especificidad lingüística de los italianos de habla alemana son expresión de ese fuerte particularismo. El Trentino-Alto Adigio es la única región del norte verdaderamente bilingüe. Aunque al lado de las escuelas italianas hay escuelas alemanas, en la práctica las dos comunidades se mezclan poco debido a que las diferencias culturales superan a las lingüísticas. La tensión, a veces violenta, entre ambas comunidades ha perdurado hasta finales de la década de los setenta. El alemán no es realmente mayoritario salvo en el Alto Adigio, ya que el Trentino es más bien italoparlante. El esloveno y el ladino tienen también su estatuto oficial y los paneles indicativos a veces están escritos en tres o cuatro lenguas.

El vecino Friuli posee también un estatuto lingüístico especial. El friuliano, una lengua retio-romana cercana al romanche suizo, tiene la misma categoría que el italiano y el esloveno, y es hablado por una minoría con derechos reconocidos (artículos 3 y 6 de la Constitución, leyes de 1991 y de 1999 sobre la protección de las minorías históricas y lingüísticas, o de 2004 sobre radio-teledifusión).

Cabe destacar también la particular situación de Trieste, que no se unió a Italia hasta 1954, a cambio de la parte oriental de Friuli, cedida a Eslovenia. La ciudad, en la que convivían con dificultad italianos, eslovenos, alemanes, serbios y croatas, está marcada por su pasado austro-húngaro. En las décadas de 1950 y 1960, muchos italianos meridionales vinieron a “reequilibrar” la población, pero aún existen importantes minorías originarias de la ex Yugoslavia y los Balcanes, así como una comunidad china de reciente implantación.

Emigración e inmigración

En Italia se han dado tres flujos migratorios: la emigración interior, principalmente de sur a norte, la emigración hacia otros países de Europa y de América y, desde hace poco, la inmigración desde los países pobres.

Viajar en busca de trabajo es un fenómeno antiguo, y en Italia del norte siempre se han visto flujos de campesinos y pastores yendo de una región a otra al ritmo de las estaciones, o de artesanos y mercaderes recorriendo el país siguiendo las ferias. Pero el principal movimiento migratorio interior fue el que se desarrolló en sentido sur-norte a partir del s. XIX, que se acentuó y tuvo su máxima expresión con la industrialización del Piamonte y Lombardía, cuando grandes ciudades como Turín adquirieron acentos “meridionales”.

Paralelamente, se produjo una ingente emigración hacia el extranjero. Se calcula que 27 millones de italianos abandonaron el país entre 1876 y 1985, 17 millones de ellos durante el periodo 1876-1930 (en su mayoría hombres jóvenes, casi todos campesinos, pero también obreros e intelectuales urbanitas). En el norte, las principales regiones de emigración fueron Friuli, el Piamonte, Lombardía, el Véneto y Liguria, desde donde la gente se marchó a Francia o Estados Unidos (aprox. 6 millones cada país), seguidos por Suiza (4,6 millones), Alemania (3 millones), Argentina (2,9 millones) y Brasil (1,4 millones).

A partir de mediados de la década de 1980, el sentido se invirtió. Italia pasó de ser tierra de emigración a destino de inmigración. Albaneses, africanos, magrebíes, asiáticos y ciudadanos de los países balcánicos empezaron a llegar al ritmo de varios cientos de miles al año a un país cuya baja demografía crea necesidades cada vez mayores de mano de obra. Sin documentación en regla que les permita acceder legalmente al mercado laboral, los recién llegados nutren las fuerzas de una economía sumergida que representa en la actualidad el 28 % del PNB. Desde 2001, el número de inmigrantes regularizados ha pasado de 650.000 a 1,5 millones (más de la mitad en Italia del norte), pero el número de ilegales ha aumentado mucho más. Desde la década de los noventa, los sucesivos gobiernos han ido endureciendo las condiciones de entrada en el país, a la vez que llevaban a cabo procesos masivos de regularización de los sin papeles. Italia ha instaurado igualmente una política de cuotas por nacionalidades y competencias, y ha procedido a expulsar a decenas de miles de extranjeros. Sin embargo, las autoridades se debaten entre la irritación causada por la delincuencia procedente del exterior (el 40 % de la población carcelaria es de origen extranjero) y la necesidad de una mano de obra foránea que compense la caída demográfica.