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Religiones y fiestas

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Religiones y fiestas

Al igual que el resto de la península, Italia del norte está marcada por el catolicismo, que todavía ejerce un cierto control sobre la sociedad a pesar de la escasez de practicantes. La proximidad del Vaticano y el origen católico de muchas tradiciones populares locales contribuyen a que así sea.


Los difíciles inicios del cristianismo

Tras haber asimilado a los dioses etruscos y griegos, la triunfal y politeísta Roma integró con pragmatismo a divinidades orientales como Mitra, Cibeles o Isis y toleró el judaísmo. Y sin duda hubiera admitido en su panteón a Jesucristo si los cristianos no se hubiesen opuesto cerrilmente a rendir culto al emperador escudándose en un dios único. Por eso, considerados impíos y malhechores (hay escritos de la época de Marco Aurelio que lo atestiguan), los cristianos de Italia tuvieron que sufrir hasta el s. IV diez grandes persecuciones, especialmente bajo Nerón y Diocleciano, hasta que en el año 313 el emperador Constantino promulgó el edicto de libertad de culto para ellos en el arzobispado de Milán, uno de los primeros y donde se hizo ilustre San Ambrosio (374-397). El cristianismo se encontraba entonces escindido entre “ortodoxos”, creyentes en la Santísima Trinidad, y “arrianos”, seguidores de una doctrina que negaba la naturaleza divina de Jesús. En 325, el Concilio de Nicea condenó el arrianismo, que perduró aún varios siglos, en especial al evangelizarse las tribus visigodas, ostrogodas o lombardas llegadas a Italia en los ss. V y VI.


Se impone el papado

Aunque Teodosio, en el Concilio de Constantinopla de 381, declaró el cristianismo apostólico como la religión de los Imperios de Oriente y Occidente, tuvieron que pasar varios siglos para que se impusiera en Italia del norte, donde las creencias paganas de vénetos y ligures tardaron en fusionarse con la nueva religión, como habían hecho el arrianismo y otras corrientes heréticas. No obstante, al igual que en el resto de Europa, aquí el culto a los santos no hizo sino sustituir al de las divinidades locales y la veneración de la Virgen, la madona, reemplazó a la de la diosa madre, cuyo culto tenía lugar en grutas y cerca de los manantiales. Hubo que esperar al s. VIII para que el cristianismo arraigase profundamente en Italia del norte, gracias a Carlomagno, quien, venido para combatir a los lombardos, concedió al papa Esteban II un territorio sobre el que establecer un Estado Pontificio.

Oficialmente, el poder del papado descansa sobre el trono de San Pedro, martirizado en Roma tras haber colocado, siguiendo las instrucciones de Cristo, la primera piedra de la Iglesia. Para reforzar su autoridad, el papado añadió a esa leyenda el “legado de Constantino”, un documento falso pergeñado en la Edad Media con la intención de acreditar que el emperador había traspasado su poder (y posesiones) al jefe de la iglesia de Roma. Desde entonces, la historia de Italia vino marcada por la existencia de un Estado Pontificio, cuyo territorio se fue agrandando con diferentes donaciones (de Pipino o de Matilde de Toscana) hasta llegar a Emilia y Romaña. Aunque el Papa, cuyo poder era más temporal que espiritual, supo tejer hábilmente alianzas con las grandes familias gobernantes de Italia del norte (los Gonzaga o los Este) y con las potencias europeas, esto no impidió que el muy cristiano emperador Carlos V ordenara saquear Roma en 1527.

Esa época feudal, marcada por guerras de influencias, estimuló la arquitectura religiosa, románica primero (basílicas de Como, Milán, catedral de Módena, San Miguel de Pavía, San Zenón de Verona) y gótica después (catedral de Milán, p. 89 y 239), con templos más espaciosos y protectores que los antiguos.

Empecinados en la defensa de su poder, los sucesivos papas llevaron a cabo una política cada vez más represora, como prueba la creación de la Inquisición en la Edad Media. Fue en vano: enfrentados al ascenso de las Luces y de las ideas laicas y republicanas de los ss. XVIII y XIX, los Estados Pontificios fueron primero amputados por una anexión parcial al Piamonte y finalmente suprimidos en 1870 al ser integrada Roma dentro del reino de Italia, hasta que en 1929, Mussolini y el papa Pío XI firmaron el Tratado de Letrán y crearon el Estado del Vaticano.


Fe católica y sociedad

Aunque el catolicismo haya dejado de ser la religión oficial del Estado tras la revisión de los Acuerdos de Letrán en 1984, esto no implica que Italia se haya vuelto laica: no hay más que ver los numerosos crucifijos que se pueden encontrar en lugares públicos y escuelas, u observar a los curas, pagados por el Estado, que enseñan educación religiosa, obligatoria. A pesar de la desaparición de la Democracia Cristiana, encarnación del catolicismo político desde 1946, los prelados no dudan en intervenir en los debates públicos y el punto de vista de la Iglesia se hace sentir entre la clase dirigente, sobre todo en lo que atañe a la moralidad de las costumbres.

Una de las más grandes paradojas de la Italia de estos últimos decenios es la doble afiliación, comunista y católica, de una buena parte de su población. Ese antagonismo, descrito por Giovanni Guareschi, fue llevado al cine, donde se plasmó en las aventuras del cura Don Camillo y el alcalde comunista Peppone. No es casualidad que tales cuitas tengan lugar en el pueblo de Brescello, en Emilia-Romaña, una región donde, por más que se mantenga la tradición católica, el poder pontificio dejó tan malos recuerdos que el papa Juan Pablo II sólo la visitó una vez.

En la actualidad, el comunismo clásico al estilo Peppone prácticamente ha desaparecido y hay “nuevos valores espirituales” que conviven con el catolicismo. Hay varias encuestas que lo prueban: son muchos los católicos practicantes que creen además en la reencarnación, la magia, la astrología, los espíritus, la comunicación con los muertos y un fin del mundo inminente, algo que explica en parte el éxito de los Testigos de Jehová. Es un fenómeno que prospera sobre un sustrato de creencias populares alentadas durante mucho tiempo por la Iglesia Católica. Los estigmas del Padre Pío y la licuación de la sangre de San Genaro en Nápoles son fenómenos restringidos a la Italia meridional, pero en Italia del norte, el sudario de Turín, la casa de la Virgen en Nuestra Señora de Loreto y las apariciones de la Virgen en Montichiari y San Damiano dan pie a importantes peregrinajes.

Hay otros fenómenos sociales, más actuales, que demuestran los límites de la influencia católica. Aunque el aborto esté legalizado desde 1978, hay regiones de Italia donde un 80% de los médicos se niegan a practicarlo, llevados por la presión de la Iglesia. La píldora del día después está prohibida. En la década de 1970, a pesar de la feroz oposición de la iglesia, en Italia se aprobó el divorcio y se despenalizó la homosexualidad. Sin embargo, el matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción, como el proyecto de pacto civil solidario, tienen en contra al conjunto de prelados y al papa Benedicto XVI,que se declaró en contra en enero de 2006. Lo mismo sucede con la ley de reproducción asistida, que fue derrotada en referéndum en 2005 gracias a la fuerte oposición del Vaticano.


Religiones minoritarias…y el peso de las tradiciones

La sociedad italiana cuenta hoy con un 97% de bautizados según el rito católico romano. No obstante, según una encuesta reciente, únicamente un 57,8% de los italianos se declaran “católicos practicantes” y, entre ellos, un 21,4% afirman que acuden a misa todos los domingos. Hay aproximadamente un 29% de “católicos no practicantes”. Solo un 9,2% de los italianos se declaran agnósticos o ateos, y un 4% dicen pertenecer a religiones minoritarias.

Según diversas fuentes, parece ser que la segunda religión de Italia es la de los Testigos de Jehová, cuyo número de fieles se calcula en cerca de 500.000. Viene a continuación una comunidad de ortodoxos, procedentes de Grecia, Rusia y los Balcanes. Los musulmanes, recién aparecidos en el panorama religioso italiano, son unos 350.000. Los protestantes, representados entre otros por los valdeses, una religión anterior a la Reforma que sobrevivió a las persecuciones, son sólo unos miles. Los judíos, muy presentes desde la Antigüedad, estuvieron muy integrados hasta la promulgación de las leyes raciales de Mussolini en 1938. Viven sobre todo en Venecia, Milán, Ferrara y Turín, pero no pasan de 30.000 en toda Italia. De boga en los medios universitarios, sobre todo en Turín, el budismo ha sido popularizado por algunos famosos (los cineastas Bernardo Bertolucci, autor de El pequeño Buda, y Gabriele Salvatores, o incluso el futbolista Roberto Baggio). A pesar del éxito de la visita efectuada por el Dalai Lama en 1999 y del dinamismo de esa religión en Italia del norte (en Padua se celebró el Vesak de 2006 y Milán es la sede de la Unión Budista italiana) su práctica se circunscribe a unos 50.000 fieles.

Innumerables fiestas culturales

Si se considera que la tradición del Palio, las justas y las regatas se remontan a las Cruzadas, y que los carnavales tienen también un origen religioso, casi todas las fiestas italianas son de inspiración católica, sobre todo las oficiales: el domingo como fiesta religiosa católica semanal; el 1 de enero, día de María Santísima, madre de Dios; el 6 de enero, la Epifanía del Señor; el 15 de agosto, Asunción de la Virgen María; el 1 de noviembre, Día de Todos los Santos; el 8 de diciembre, la Inmaculada Concepción; el 25 de diciembre, la Natividad del Señor.

Algunas fiestas ligadas a la conmemoración de un santo patrón local son también días no laborables. Es el caso de San Marcos, el 25 de abril, en Venecia; San Juan, el 24 de junio, en Génova y Turín; San Petronio, el 4 de octubre, en Bolonia; San Ambrosio, el 7 de diciembre, en Milán (donde también, a mediados de junio, se celebra San Cristóbal, fiesta mitad religiosa, mitad profana, que es la ocasión para conciertos y procesiones por las aguas del Naviglio Grande). El día de San Antonio, patrón de los animales, es la ocasión para numerosos festejos populares, igual que el día de San Esteban, el 26 de diciembre.