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Cinecittà
Cinecittà
Estos estudios cinematográficos están ligados indisolublemente a la historia del cine italiano y a la obra no sólo de italianos como Fellini, sino también a la de algunos directores americanos que han hecho época. Si bien es cierto que Roma es por sí sola una fuente de inspiración cinematográfica, durante decenios fue también un centro de producción sin parangón en toda Europa.
Hablar de cine en Roma es hablar ante todo de Cinecittà. Los estudios cinematográficos situados en via Tuscolana nacieron por voluntad de Mussolini, que quiso crear el mayor estudio europeo y contar así con un lugar donde rodar películas que sirvieran para propagar las doctrinas fascistas. En el momento de su inauguración en 1937 Cinecittà ocupaba unos 600.000 m2 y contaba con 16 platós de rodaje, oficinas, restaurantes, una enorme piscina para las escenas acuáticas y todos los medios e instrumentos técnicos necesarios para la realización de una película de principio a fin. Gracias a estos estudios aumentó la producción cinematográfica nacional, que no decayó ni siquiera durante los primeros años de la II Guerra Mundial. De hecho, durante sus primeros seis años de actividad se rodaron en ellos unas 300 películas, no todas de propaganda.
En Cinecittà surgió el neorrealismo. Aunque este movimiento se caracterizara por rodar las escenas en exteriores, lejos de los estudios, algunas de sus figuras más señeras, como Vittorio De Sica o Roberto Rossellini, rodaron varias de sus primeras películas en Cinecittà. Para salvar la distancia que se produjo durante la época fascista entre la vida y su imagen en la pantalla, estos realizadores propusieron un regreso a lo concreto, a la observación de la realidad cotidiana. La guerra y sus funestas consecuencias constituyeron de este modo el tema principal del neorrealismo. En las imágenes de Roma, ciudad abierta (1945), Paisà (1946) y Alemania, año cero (1948) Rossellini muestra el horror de la opresión nazi-fascista. En Sciuscià (El limpiabotas) (1946) y El ladrón de bicicletas (1948), De Sica esboza el retrato de la Italia de posguerra, con su desempleo y su miseria. En Arroz amargo (1949) y Pasqua di sangue (1950) De Santis describe una clase popular dividida entre la sumisión a la ideología imperante y las aspiraciones revolucionarias.
A comienzos de los años 50 el Neorrealismo perdió fuerza. El principal deseo del público era olvidar las miserias de la época. Comenzaron entonces las grandes producciones americanas y Cinecittà se convirtió en el Hollywood italiano. Aquí se rodaron grandes frescos históricos como Quo vadis (1950), Guerra y Paz (1956), Ben Hur (1959) o Cleopatra (1963).
Los años 60 fueron los años dorados del cine italiano. Sostenida por una potente infraestructura industrial, la producción cinematográfica alcanzó un importante volumen: se rodaban más de 200 películas al año, la mayoría de gran calidad. Entre los realizadores de primera fila destacan Fellini y Visconti, aunque fue sobre todo el primero quien trabajó en los estudios de Cinecittà, contribuyendo a consolidar su fama. Tras La strada (1954), con una extraordinaria Giulietta Masina, en 1960 Federico Fellini dirigió La dolce vita, inquietante reflejo de las noches romanas. Entre sus películas, pobladas de imágenes fantásticas y oníricas, recordamos Amarcord, La ciudad de las mujeres, E la nave va y Ginger y Fred. Luchino Visconti, por su parte, siguió una trayectoria muy personal, marcada al principio por la denuncia de la injusticia social y la decadencia, y por el desencanto de las clases medias-altas más tarde. De él mencionaremos Noches blancas y Ludwig.
La década de los 60 se caracterizó asimismo por la aparición de una nueva generación de realizadores, Pier Paolo Pasolini, Rosi, Bertolucci, que plasmaron en la pantalla su compromiso político y social. En el mismo periodo apareció Sergio Leone, principal exponente de un género que permitió a Cinecittà mantenerse a flote: fue la época dorada del “spaghetti-western”, género que dio numerosos frutos aunque no siempre de calidad.
A finales de los años 70, víctima de la competencia de la televisión y del hundimiento del mercado cinematográfico, el cine italiano entró en un periodo de profunda crisis que afectó sobre todo a la producción y a la creatividad. Crisis a la que consiguió sobrevivir gracias a películas de autor, rodadas lejos de Cinecittà, como La familia (1987), de Ettore Scola, oCaro diario (1994) y La habitación del hijo (2001), de Nanni Moretti. En un registro diferente, el turco Ferzan Ozpetek nos sorprendió con El hada ignorante (2001), un lúcido y fresco retrato de una sociedad romana permeable a los aportes de otras culturas y abierta a formas de vida menos tradicionales. También en 2001, Gabriele Muccino localizó la acción de El último beso en su Roma natal, huyendo eso sí, de los clichés de tarjeta postal y mostrando aspectos cuando menos inéditos de una ciudad viva y moderna. A pesar de los sofisticados medios técnicos de sus 22 platós de rodaje, los estudios de Cinecittà han quedado relegados de forma casi exclusiva a la realización de películas para televisión y anuncios publicitarios.

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