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La ciudad de las siete colinas

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La ciudad de las siete colinas

Roma “caput mundi”, Roma eterna, Roma que se tiñe de oro en sus inolvidables atardeceres, Roma de los callejones donde resuenan las conversaciones, Roma soñolienta y caótica a un tiempo, Roma arqueológica pero siempre llena de vida. Una ciudad que nunca deja indiferente, que se entrega y se pavonea ante el viajero casi sin pudor. Roma polvorienta y descuidada, pero grandiosa y magnificente. Roma de los gatos entre las ruinas, Roma de los romanos, tan distantes a veces y tan ingeniosos un segundo después... Las múltiples caras de una ciudad que hechiza y que inocula como un veneno el inevitable deseo de volver.


Por las calles de Roma

Desde el mirador del Janículo la mirada se extiende por encima de un mar de tejas del que emerge una miríada de cúpulas: desde S. Ivo alla Sapienza hasta S. Pedro, pasando por la achatada cúpula del Panteón. En las calles, Vírgenes rodeadas de angelotes parecen proteger cada rincón. Roma es también la ciudad de las iglesias: se dice que tiene unas 300, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta que estamos en la capital de la cristiandad. Desde el s. VII, las tumbas de san Pedro y san Pablo, las catacumbas y más tarde el Vaticano atraen a cristianos del mundo entero. Roma es además la ciudad de las fuentes y de los obeliscos. De la modesta fuente que surge medio oculta en cualquier rincón a la monumental Fontana di Trevi; de la elegante y renacentista fuente de las Tortugas a las escenográficas creaciones de Bernini. El agua brota tanto del fondo de una pila como de las fauces de un león egipcio, de un delfín, de un monstruo o de la caracola de un tritón. Los obeliscos –egipcios, imperiales o papales– son como los árboles de la Ciudad Eterna. Uno aparece portado a lomos de un elefante, otro desafía altivo la fachada del Panteón, alguno se atreve a desafiar la ley de la gravedad en la fuente dei Fiumi, y el de Montecitorio, por su parte, hace las veces de gigantesca aguja en un inmenso reloj de sol.

¿Y qué decir del esplendor de sus ruinas?Teniendo en cuenta que durante toda la Edad Media los saqueos y destrozos fueron sistemáticos y que aún en época renacentista no se dudaba en reutilizar columnas y capiteles para levantar nuevos y suntuosos palacios, resulta milagroso que todavía podamos admirar el Foro Romano o el Area Sacra del largo Argentina. Con frecuencia las iglesias y monumentos romanos son una superposición de estratos, cada uno de los cuales fue testigo de una u otra época. El ejemplo más evidente es la basílica de S. Clemente sul Celio: levantada por vez primera en el s. IV sobre los restos de varios edificios de época republicana, reconstruida en el s. XII y remodelada en el s. XVIII. No olvidemos la Roma de las inmensas villas, antiguas propiedades de las grandes familias romanas que hoy son afortunadamente parte del patrimonio de los romanos: Villa Borghese, Villa Doria Pamphili, Villa Ada... otros tantos lugares donde practicar deporte o llenarse los pulmones con una bocanada de aire casi puro. Los símbolos de la ciudad siguen siendo la loba y la antigua fórmula SPQR (Senatus Populusque Romanus), aunque de la fastuosa urbe de mármol legada por Augusto y los emperadores quede más bien poco. El Renacimiento y el Barroco dejaron sus huellas gracias a la voluntad de los papas. En 1870 la ciudad asumió el rango de capital. Como consecuencia multiplicó por dos su superficie y, para acoger a una nueva población de funcionarios, construyó edificios administrativos y adaptó su red de transportes y carreteras. Naturalmente, todo este proceso desfiguró su aspecto más auténtico, pero sería imposible que una ciudad con más de 2.500 años no portara en su seno algunas contradicciones, que, por otra parte, contribuyen a hacerla aún más fascinante y “eterna”.