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La exuberancia barroca
La exuberancia barroca
Edificios e interiores diseñados como escenarios teatrales, alternancias de espacios cóncavos y convexos, columnas salomónicas, esculturas llenas de movimiento, apoteosis de amorcillos y aureolas doradas, techos que simulan inexistentes cúpulas… La mirada se pasea sin solución de continuidad de una fachada a una fuente, y de aquí a una plaza. Tan abigarrado y escenográfico estilo encontró en la Ciudad Eterna el terreno idóneo para germinar y dar unos frutos que, por su originalidad, nos permiten hablar de un Barroco romano.
El término “barroco” designa el arte del s. XVII y de una parte del s. XVIII. En sus orígenes, este vocablo (del portugués barroco, “perla irregular”) poseía un matiz peyorativo que subrayaba el aspecto irregular, poco proporcionado o extravagante de dicho estilo. Durante largo tiempo sinónimo de “mal gusto”, el nombre perdió progresivamente su carácter despectivo, aunque siempre conservó un significado relativamente ambiguo. Expresión del triunfo de la Iglesia romana sobre la “herejía”, el barroco entró en su momento de mayor esplendor durante el pontificado de Urbano VIII (1623-44): la Iglesia, que había recuperado vigor y poder espiritual, y los pontífices, deseosos de honrar a Dios a través de obras de arte que adornaran la sede del vicario de Cristo, atrajeron a Roma artistas de gran fama.
Los protagonistas…
Dos fueron las personalidades que dominaron el barroco romano: Gian Lorenzo Bernini, y Francesco Borromini.
Bernini (1598-1680) nació en Nápoles. El cardenal Scipione Borghese supo reconocer el talento de sus primeras realizaciones y le encargó las esculturas de su villa, sede del actual Museo Borghese. A los 17 años ejecutó su primera obra, Júpiter y la cabra Amaltea, para proseguir con los extraordinarios grupos escultóricos del Rapto de Proserpina y de Apolo y Dafne. Con la llegada al solio de Urbano VIII, Bernini se convirtió en el artista oficial de la corte pontificia y de la familia Barberini. A la muerte de Maderno (1629), el papa lo nombró arquitecto de San Pedro.
Durante el papado de Inocencio X (1644-55) ejecutó el extraordinario Éxtasis de santa Teresa, conservado en S. Maria della Vittoria, así como la fuente dei Fiumi. Durante el pontificado de Alejandro VII (1655-67) proyectó S. Andrea al Quirinale, la columnata de la plaza de San Pedro, la Cátedra de San Pedro y la Scala Regia del Palacio del Vaticano. En 1665 Luis XIV lo contrató para diseñar la fachada de la Cour Carrée del Louvre, pero el interés del rey estaba centrado sobre todo en la construcción de Versalles y el proyecto de Bernini nunca fue llevado a la práctica.
Además de arquitecto y escultor, Bernini fue escenógrafo, poeta y pintor. Se calcula que realizó un centenar de pinturas, de las que sólo se han conservado escasos ejemplares. Autor de una ingente obra, su ascenso como artista fue vertiginoso y su éxito absoluto. Honrado con numerosas condecoraciones, reconocido como un genio en vida, sus contemporáneos vieron en él a otro Miguel Ángel. Contertulio habitual de los ambientes más selectos, montaba e interpretaba para su círculo de amistades obras de teatro cuyo texto y decorados realizaba él mismo.
Cuando Inocencio X sucedió a Urbano VIII, la actividad de Bernini conoció un ligero declive, motivado por la reticencia del nuevo papa a todo cuanto tenía relación con su antecesor, aunque el artista no tardó en recuperar su protagonismo gracias al proyecto de la fuente dei Fiumi.
Un destino muy diferente acompañó la vida de Borromini (1599-1667). Hijo de Giovanni Domenico Castelli, arquitecto de la familia Visconti de Milán, comenzó ejerciendo en su temprana juventud el oficio de cantero, lo que le permitió adquirir una gran destreza técnica.
En 1621, ya en Roma, se convirtió en ayudante de Carlo Maderno. A su lado trabajó en San Pedro, S. Andrea della Valle y el Palazzo Barberini. En 1625 recibió el título de “maestro” y en 1628 adoptó el apellido de su madre, Borromini.
Personalidad atormentada e introvertida, poco amigo de la vida mundana, infundió a su obra un carácter riguroso y sobrio que huía de las decoraciones de mármol y de las pinturas. En el arte de Borromini el movimiento barroco nace del juego creado por las líneas arquitectónicas, que el artista quiebra e incurva con maestría. Arquitecto por encima de todo, reprochó a Bernini la resolución de los problemas arquitectónicos mediante efectos escenográficos. También en lo que respecta a los clientes, la trayectoria de los dos genios del Barroco fue diferente: Bernini trabajó para la corte pontificia, mientras que los principales clientes de Borromini fueron las órdenes religiosas, trinitarios y filipenses, muy proclives estos últimos al misticismo.
S. Carlo alle Quattro Fontane es la primera obra que realizó íntegramente (1638), aunque la fachada no se terminó hasta el año de su muerte. Esta iglesia es probablemente la obra que reúne lo mejor de su genio artístico. De la misma época es la fachada del oratorio de los filipenses, perfecto exponente de la originalidad y mesura de su arte. En torno a 1643 realizó la pequeña iglesia de S. Ivo alla Sapienza, una sucesión de curvas y contracurvas que culminan en la cúpula polilobulada. Estos trabajos le valieron la protección del padre Spada, que llegó a ser consejero de Inocencio X, sucesor de Urbano VIII. El papa le proporcionó un cargo de primerísima importancia y le confió la renovación de S. Juan de Letrán con motivo del jubileo de 1650.
A pesar de todo, Borromini nunca conoció la fama de su gran rival y en el curso de una noche de angustia, en un acceso de cólera contra su criado, el artista puso fin a sus días.
También trabajaron en Roma los arquitectos Carlo Maderno, conocido sobre todo por las fachadas de S. Pedro y S. Susanna, y Giacomo della Porta, probablemente el arquitecto más activo de la ciudad a partir de 1580. Ambos fueron grandes admiradores de Miguel Ángel y a menudo se les integra en las filas de los manieristas. Flaminio Ponzio trabajó para los Borghese (fachada del Palazzo Borghese, fuente Paola), mientras que Giovanni Battista Soria fue el autor de la fachadas de S. Maria della Vittoria y S. Gregorio Magno. La arquitectura de Pietro da Cortona fascina por el equilibrio de sus proporciones (iglesia de S.S. Luca e Martina, fachada de S. Maria in via Lata, cúpula de S. Carlo al Corso) y pone el contrapunto a la arquitectura escenográfica de Bernini y Borromini siguiendo los cánones marcados por Bramante y Palladio en el s. XIV. Una de las preocupaciones del artista, como demuestra la fachada de S. Maria della Pace, fue la integración de su obra arquitectónica en un contexto urbanístico. A Carlo Rainaldi por su parte, debemos la iglesia de S. Maria in Campitelli (1655-65) y las dos iglesias gemelas de piazza del Popolo, que sirven de puerta de entrada a la via del Corso.
… y sus obras
El arte barroco intentaba crear efectos de movimiento y de contraste, por eso uno de sus elementos esenciales fue el agua que ondea y en la que todo se refleja.
Con el fin de deslumbrar al espectador, el arte barroco utilizó materiales de gran riqueza, tales como el mármol y las piedras preciosas. Los estucos (mezcla de cal, yeso y polvo de mármol), idóneos para el modelado, fueron muy utilizados. Las representaciones alegóricas (los cuatro continentes, los ríos) fueron tomadas del diccionario de Cesare Ripa editado en 1594, que proporcionaba indicaciones para traducir visualmente los conceptos abstractos.
En el ámbito de la arquitectura, la planta de los edificios refleja la búsqueda del movimiento (S. Carlo alle Quattro Fontane, S. Andrea al Quirinale). Las fachadas adquieren vivacidad con la inclusión de columnas exentas, de audaces entrantes y salientes y con el uso de líneas curvas y de hornacinas.
La escultura se caracteriza por la expresividad de las figuras y por los ropajes de sinuosos movimientos. Los retablos se engalanan con cuadros de mármoles esculpidos en bajorrelieve y con columnas salomónicas. Éstas, ya presentes en el arte de la Antigüedad, gozaron de gran aceptación tras su empleo por Bernini en el Baldaquino de San Pedro. El interior de las iglesias se puebla de ángeles que decoran cornisas y frontones.
Además de los escultores pertenecientes a la escuela de Bernini (Antonio Raggi, Ercole Ferrata, Francesco Mochi), es digno de mención Alessandro Algardi (1592-1654), que se inspiró en los ideales clásicos y fue autor del monumento fúnebre de León XI en San Pedro y de magníficas pinturas y cuadros de mármol.
En pintura, los artistas barrocos buscaron los efectos de perspectiva y de trampantojo, utilizando líneas de fuga en diagonal o en espiral. Entre estos artistas cabe señalar a Pietro da Cortona, arquitecto y gran decorador, cuya obra maestra es el fresco que representa el triunfo de la familia Barberini en el palacio homónimo, y a Giovanni Battista Gaulli, llamado Baciccia, protegido de Bernini y autor del extraordinario fresco del techo de la iglesia del Gesù. También es digno de mención el pintor de Parma Giovanni Lanfranco (1582-1647), que ejecutó con gran pericia técnica el fresco de la cúpula de S. Andrea della Valle.
El jesuita Andrea Pozzo, pintor y teórico de la arquitectura, realizó apasionados estudios de composiciones en trampantojo. Su obra más sobresaliente es sin duda el fresco de la bóveda de S. Ignazio: aquí la ilusión óptica está tan conseguida que cuesta trabajo pensar que la cúpula es tan sólo una pintura. Su libro Prospettiva de’ pittori e architetti, publicado en 1693, conoció una amplia difusión en toda Europa.
Roma atrajo también a artistas de todas las nacionalidades. Nicolás Poussin murió en esta ciudad en 1665, Claudio de Lorena en 1682. Rubens pasó aquí varias temporadas: gran admirador de Miguel Ángel, de los Carracci y de Caravaggio, finalizó la decoración pictórica de la Chiesa Nuova. Por último, el propio Velázquez realizó en Roma el hermoso retrato del papa Inocencio X, hoy conservado en la galería Doria Pamphili.

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