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Literatura
Literatura
Roma vista por Montaigne, Stendhal o el romántico Goethe... La Ciudad Eterna siempre atrajo la atención del mundo entero y muy especialmente la de los escritores, que la cantaron en diferentes lenguas. Sin embargo, la capital también supo inspirar escritos satíricos, como los de Belli, o más recientemente páginas tan intensas como las de Moravia, dos “romanos de Roma” que nos ofrecen la imagen más auténtica de esta contradictoria ciudad.
La contribución de Roma a la historia de la literatura ha sido fundamental: durante el periodo comprendido entre el s. III a.C. y el célebre saqueo de la ciudad en el año 410 d.C. la literatura latina abordó y desarrolló todos los géneros literarios. Basta con recordar algunos nombres: Ennio (239-169 a.C.), Virgilio (70-19 a.C.), Lucano (39-65 d.C.) y Estacio (40-96 d.C.) en épica; Plauto (h. 250-184 a.C.) y Terencio (h. 184-h. 159 a.C.) en comedia; Lucilio (h. 168-102 a.C.), Horacio (65-8 a.C.) y Juvenal (s. II d.C.) en sátira; Lucrecio (h. 98-h. 55 a.C.) en poesía didáctica; Cátulo (87-h. 55 a.C.), Propercio (97-16 a.C.), Tíbulo (55-19 a.C.) y Ovidio (43 a.C.-17 d.C.) en poesía amorosa; Cicerón (106-43 a.C.) y Séneca (h. 4 a.C.-65 d.C.) en prosa (retórica y filosófica); Petronio (s. II d.C.) y Apuleyo (125-180 d.C.) en novela.
Los historiadores escribieron en particular sobre la ciudad y su Imperio. César (100-44 a.C.) publicó La Guerra de las Galias y La Guerra Civil, recuerdos de sus campañas militares; de Salustio (86-35 a.C.) quedan dos monografías: la Guerra de Yugurta (sobre la guerra de Numidia del año 111 al 105 a.C.) y la Conjura de Catilina, sobre el frustrado golpe de estado del ambiguo personaje de Catilina en el 63 a.C., argumento también de cuatro célebres oraciones de Cicerón (las Catilinarias) que, si se leen con otras obras del mismo autor (como por ejemplo otros dos de sus discursos: Pro Murena y Pro Milone),reflejan perfectamente el clima político de la época republicana.
Entre los escritores de anales se distinguen Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.), que en su Historia de Roma narra los acontecimientos de la ciudad, desde su fundación hasta el año 9 a.C. (nos ha llegado intacta una treintena de libros) y Tácito (55-117 d.C.), que describió la época del Imperio desde la muerte de Augusto hasta la muerte de Nerón (en los Anales) y desde la llegada de Galba hasta Domiciano (en las Historias).
Además de esta historiografía “oficial”, hay que recordar también las Vidas de los Césares (desde Julio César hasta Domiciano) de Suetonio (h. 70-h. 125 d.C.) y los diez libros de Cartas en los que Plinio el Joven (61-113 d.C.) abordó los temas más variados. Esta correspondencia iba dirigida a los personajes de su tiempo, entre ellos al propio emperador Trajano, y es sumamente útil para captar el espíritu de la alta sociedad imperial. En su Satiricón Petronio hace una descripción grotesca y una parodia de las costumbres de su tiempo (Fellini realizó una extraordinaria versión cinematográfica).
En la Edad Media los focos de producción literaria se trasladaron a otras ciudades (sobre todo Florencia) y hubo que esperar a la Academia Romana fundada por Pomponio Leto (1428-1497), y sobre todo a la Arcadia, para que Roma volviera a ser un centro literario de primera importancia. Entre los fundadores de la Arcadia hay que citar a Giambattista Felice Zappi (1667-1719) y a su mujer Faustina Maratti (1680-1745). Este movimiento creado en 1690 tenía su sede en el Janículo y tomó como modelo el Canzoniere de Petrarca. Su propósito era recuperar “el buen gusto”, por oposición al “mal gusto barroco”. Entre sus representantes hay que citar a Paolo Rolli (1687-1785) y Pietro Metastasio (1698-1782), que fue también poeta de la corte de Viena y tuvo gran éxito gracias a sus melodramas (Catón en Útica y Dido abandonada).
Durante el Siglo de las Luces, Roma permaneció al margen del debate cultural que se desarrolló en Italia, sobre todo en Milán y Nápoles. Los propios hombres de letras, que habían habitado en la capital a lo largo de los años, parecieron percibir el carácter único de Roma que la diferenciaba de los otros centros culturales europeos y que acababa provocando juicios entusiastas o feroces críticas. Si bien es cierto que Goethe denostaba el escándalo del carnaval en la via del Corso, también declaraba haber nacido el día en que llegó a Roma (Viaje a Italia). Mark Twain, queno veía con buenos ojos al Papado y criticaba las actitudes supersticiosas, escribió que le costaba trabajo creer en la grandeza del pasado contemplando la Roma de su época (Inocentes en el extranjero). El propio Leopardi experimentó una dolorosa decepción y llegó a tachar la ciudad de cerrada, espiritualmente pobre y poblada de mujeres a las que no dudó en calificar de “repugnantes”
La obra en dialecto de Giuseppe Gioacchino Belli (1791-1863) es en cierto modo asimilable a la temática del Romanticismo por el papel que en ella juega el “pueblo”. En sus Sonetos (escribió más de 2.000), Belli se puso de parte del pueblo llano. Gracias a un lenguaje y un léxico característicos de las clases sociales más bajas, que a veces le hizo caer en el folclorismo, logró dar una visión dura y realista de la sociedad romana, dividida entre nobles y clero por una parte y “plebe” por otra. Otro escritor romano que dio al pueblo de Roma una voz siempre aguda y a veces cáustica fue Carlo Alberto Salustri, más conocido como Trilussa-1950). En las páginas de sus novelas, siempre llenas de color, Trilussa se erigió en portavoz del descontento popular en pleno régimen fascista.
Gabriele D’Annunzio hizo un magnífico retrato de Roma en El placer (1889): las cortes del s. XVI y los palacios barrocos, cuyas maravillosas decoraciones describe en sus más mínimos detalles, constituyen el marco de elegantes recepciones y fastuosos almuerzos y simbolizan los estados de ánimo de los personajes; Roma se convierte casi en uno de los protagonistas de la novela.
En el círculo de colaboradores de la revista literaria La Ronda (1919-23), muy unida a Roma, se distinguen dos de sus fundadores: Vincenzo Cardarell (1887-1959) y Antonio Baldini (1889-1962).
En época más reciente, Alberto Moravi (1907-1990) describió la apatía y la ineptitud social de la burguesía romana (Los indiferentes, El tedio) y las clases sociales más pobres en La romana, Cuentos romanos y La campesina (de la que hay que recordar la bellísima adaptación cinematográfica de De Sica).
Carlo Emilio Gadda (1893-1973), nacido y educado en Milán, se hizo famoso con una novela ambientada en Roma, El zafarrancho aquel de via Merulana (1946), una representación sorprendente y realista de la capital fascista (los hechos se desarrollan en 1927) a través de todas las clases sociales, desde la alta burguesía hasta el pueblo llano. El dialecto romano, para el que Gadda tuvo que recurrir a sus amigos expertos, es uno de los ingredientes principales de una nueva y audaz mezcla lingüística que crea efectos muy originales.
Autor muy discutido pero de una importancia indiscutible en el panorama cultural de los años 60-70, Pier Paolo Pasolin (1922-1975), poeta, novelista, crítico, director de cine y dramaturgo, nacido también lejos de Roma, trazó un retrato tristemente realista del subproletariado romano en sus novelas Muchachos de la calle y Una vida violenta.
No podemos cerrar este capítulo sin mencionar a Rafael Alberti que pasó parte de sus años de exilio en el Trastevere romano y dedicó algunos de sus versos a la Ciudad Eterna.

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