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Los siglos oscuros y el Renacimiento

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Los siglos oscuros y el Renacimiento

Aunque escasos, los vestigios que Roma ha conservado de los años oscuros de la Edad Media son verdaderamente espléndidos. Y después de casi diez siglos de continuos saqueos e invasiones, la ciudad renació de sus cenizas gracias a la voluntad de los pontífices y a la intervención de genios como Miguel Ángel, Bramante o Rafael. Siguiendo esta estela, los encargos se multiplicaron y Roma se adornó con suntuosos palacios renacentistas. Tras el Concilio de Trento fueron sobre todo las órdenes religiosas las que dictaron los nuevos cánones de la arquitectura religiosa, austera pero grandiosa, mientras en pintura empezaba a adivinarse la audacia de los artistas del s. XVII.


Edad Media

Tras perder el rango de capital en favor de Constantinopla y sufrir la invasión de los bárbaros, en el s. VI Roma era una ciudad arrasada con una población de apenas 20.000 habitantes. A partir del s. X sufrió las constantes luchas que enfrentaron al papa y al emperador germánico. Hasta el s. XV en la ciudad sólo se levantaron construcciones modestas.

Arquitectura

Los ejemplos más sobresalientes de la arquitectura civil de este periodo son las fortalezas construidas por las familias nobles en puntos estratégicos (casa de los Crescenzi, torre delle Milizie).

Para la construcción de las iglesias se reutilizaron los materiales de los monumentos de la Antigüedad. Éstos ofrecían una amplia gama de capiteles, frisos y columnas, de los cuales encontramos magníficos ejemplares en Santa María la Mayor y S. Sabina. Posteriormente, cuando dichos materiales comenzaron a escasear, se reunieron en una misma iglesia elementos provenientes de monumentos diversos (columnas de S. Giorgio al Velabro y de S. Maria in Cosmedin).

La planta basilical de los primeros edificios cristianos se siguió utilizando durante la Edad Media. Ésta es de forma rectangular dividida longitudinalmente en tres o cinco naves separadas por columnas. En uno de los lados menores está situada la puerta de entrada, el otro presenta un ábside o una bóveda de cuarto de esfera. El crucero, perpendicular a las naves, las separa del ábside. La nave central, más elevada que las laterales, queda iluminada por altas ventanas. La cubierta es de madera vista u oculta por un techo plano. En ocasiones, la fachada está precedida por un patio cuadrangular rodeado de pórticos (atrio), o por un sencillo pórtico de columnas que servía como nártex (espacio reservado a aquellos que aún no habían sido bautizados).

Junto a la fachada a menudo se alza un campanario. En Roma se distinguen por el empleo de cornisas –que dividen el campanario en tramos horizontales–, de columnillas blancas que destacan sobre los muros de ladrillo y por la utilización de motivos policromos de cerámica.

En el s. VI se empezaron a utilizar canceles para separar los espacios reservados a los fieles y al clero: éste tomaba asiento en el presbiterio, a ambos lados de la cátedra, silla episcopal situada en el ábside. En la parte delantera, los cantores ocupaban la cantoría. Un baldaquino o ciborio solía cubrir el altar mayor. Bajo éste se encontraba a menudo el martyrium o confessio, lugar del martirio del santo al que la iglesia estaba consagrada y que aún hoy suelen conservar las reliquias.

Escultura, pintura y mosaico

El periodo comprendido entre los ss. XII y XIV está dominado por la obra de los Cosmati, corporación de marmolistas descendientes de un tal Cosme a los que estuvo unida la familia de los Vassalletto. Utilizando fragmentos de materiales antiguos, en estos talleres se realizaron hermosos pavimentos con pequeños motivos de mármoles de diversos colores, así como las piezas que constituían el mobiliario de las iglesias medievales: sillas episcopales, ambones (púlpitos), candelabros pascuales... Sus primeras obras, todas de mármol blanco, son de gran sencillez. Posteriormente, unieron al mármol blanco el pórfido y el mármol serpentino (verde), recortados y formando grandes figuras geométricas (discos, rombos...), y decoraron los claustros incrustando esmaltes azules, rojos y dorados en las columnillas salomónicas y en los frisos.

El florentino Arnolfo di Cambio, autor de los ciborios de San Pablo Extramuros y de S. Cecilia y de la estatua de Carlos de Anjou, se estableció en Roma hacia 1276.

La pintura al fresco y el mosaico son esenciales a la decoración medieval. El gusto romano se inclinó por las representaciones anecdóticas y los colores vivos.

Durante la segunda mitad del s. V y especialmente durante el VI, el arte del mosaico estuvo sometido a la influencia bizantina, propiciada por el contacto con el entorno de Narsés, general de Justiniano, instalado en Roma en el año 552, así como por las relaciones con los monjes orientales que se refugiaron en Roma en el s. VII (S. Saba).

Los mosaicos de esta época muestran personajes de expresión enigmática y suntuosas vestiduras, alineados en actitudes hieráticas y simbólicas propias del misticismo de la Iglesia oriental.

El arte carolingio, adoptado gracias a las excelentes relaciones del Papado con Pipino el Breve, y posteriormente con Carlomagno, confirió mayor flexibilidad a los mosaicos romanos. Las obras ejecutadas durante el pontificado de Pascual I (817-824) son un claro ejemplo de ello (S. Prassede y S. Maria in Domnica). Del s. XI al XIII, los talleres romanos realizaron obras suntuosas (ábside de S. Clemente).

Pietro Cavallini fue el mayor artista de esta época. Al parecer trabajó en Roma a finales del s. XIII y comienzos del XIV. Pintor y mosaiquista, realizó obras de gran valor artístico en las que combinó con maestría las influencias más diversas. Su nombre está ligado al mosaico de la vida de la Virgen, en S. Maria in Trastevere, así como al fresco del Juicio Final de la iglesia de S. Cecilia. Tuvo por discípulos a Jacopo Torrit y a Filippo Rusuti.


Renacimiento

El Renacimiento no alcanzó en Roma las mismas cotas de desarrollo que en Florencia. A comienzos del s. XV, agotada por las luchas del Medievo, Roma no presentaba el aspecto de una ciudad artística. Sin embargo, a finales del mismo siglo era el principal centro de arqueología antigua y un prestigioso centro de actividad artística en el que no faltaban los encargos de papas y prelados. Martín V (1417-31), que fue papa tras el Gran Cisma, inauguró este brillante periodo, que finalizó en 1527 con el saqueo de Roma por las tropas de Carlos V.

Arquitectura

Los edificios romanos del Renacimiento tienen su origen en los monumentos de la Antigüedad, como el Coliseo, donde ya encontramos la superposición de órdenes y las columnas entregadas del patio interior del Palazzo Farnesio; en la basílica de Majencio, cuyas bóvedas inspiraron las de San Pedro, y en el Panteón, cuyos frontones curvos y triangulares crearon escuela.

Las iglesias son de apariencia austera. La planta se caracteriza por la presencia de una nave con bóveda de crucería, rodeada por capillas laterales en forma de ábside, y dividida por un crucero de extremos redondeados. En esta época hicieron su aparición las primeras cúpulas de gran tamaño (S. Maria del Popolo, S. Agostino). La fachada en forma de pantalla está compuesta por dos zonas superpuestas y unidas por volutas. Dominan las superficies amplias y lisas, con predominio de las pilastras planas –de escaso volumen– en lugar de las columnas. El empleo de cornisas más importantes, así como de nichos y de columnas cada vez más exentos de la fachada, refleja la evolución hacia el arte de la Contrarreforma y del Barroco.

La mayor parte de las iglesias del Renacimiento son fruto de la voluntad de Sixto IV: durante su pontificado se erigieron S. Agostino, S. Maria del Popolo y S. Pietro in Montorio; fundó S. Maria della Pace y emprendió importantes trabajos de restauración en la basílica de los S.S. Apostoli.

Los palacios sustituyeron a las fortalezas medievales, de las que a veces tomaron prestados algunos elementos. Así ocurrió con el Palazzo Venezia, iniciado en 1452, y su fachada almenada. Su exterior ofrece un aspecto austero (planta baja con verjas), pero en el interior se suceden salones decorados con esculturas antiguas y pinturas en los que se solían reunir literatos y artistas.

Se construyeron en los barrios situados entre via del Corso y el Tíber, a lo largo de las arterias recorridas por los peregrinos y por los cortejos pontificios desde el Vaticano a Letrán en los días de ceremonia: via del Governo Vecchio, via dei Banchi Nuovi, via dei Banchi Vecchi, via di Monserrato, via Giulia...

Escultura y pintura

Miguel Ángel y Rafael son las figuras dominantes de este periodo. Tras una primera estancia en Roma entre los años 1496 y 1501, Miguel Ángel regresó a la ciudad en 1505 contratado por Julio II, quien le encargó su tumba. El artista dibuja una obra grandiosa, pero se encontró con la falta de interés del papa, ocupado en la construcción de la nueva basílica de San Pedro. Regresó a Roma en 1508 ante la insistente petición del pontífice, que le confió la decoración de la Capilla Sixtina. Miguel Ángel cambió completamente el concepto de la decoración y concibió una inmensa estructura arquitectónica dominada por poderosas figuras (profetas, sibilas, desnudos) y por paneles pintados que relataban la historia del Génesis. Aquí, como en su obra escultórica, la figura humana es el centro de sus preocupaciones. Miguel Ángel representa al hombre con toda la nobleza que le confiere la toma de conciencia de la vanidad de su existencia. Los personajes de Miguel Ángel son poderosos, musculosos, “físicos”, atormentados.

Rafael fue el otro gran representante del Renacimiento en Roma. Él también buscó la belleza pura, que expresó inicialmente por medio de la dulzura y el equilibrio, después con la técnica del esfumado, tomada de Leonardo da Vinci, y finalmente logrando el mismo dominio de la anatomía que Miguel Ángel. Tras pasar su juventud en Urbino, su ciudad natal, en Perusa y en Florencia, llegó a Roma en 1508 y fue presentado a Julio II por Bramante.

En el campo de la escultura decorativa, las delicadas hojarascas y los motivos florales se realzaron en ocasiones con dorados (marcos de puertas, balaustradas, etc.). El arte funerario conoció un periodo brillante con Andrea Bregno y Andrea Sansovino, quienes supieron aunar su gusto por la decoración y por la arquitectura antigua.

Mino da Fiesole, que trabajó en Toscana, pasó numerosas temporadas en Roma. Sus Vírgenes con Niño, de líneas simplificadas y esculpidas en bajorrelieve, lo hicieron célebre.

Roma, encrucijada de talentos

El Renacimiento penetró en Roma tras haberse desarrollado en otras zonas; todos los artistas llegaron del exterior: los originarios de Umbría aportaron su dulzura, los toscanos su arte elegante e intelectual, los lombardos su riqueza decorativa.

– Gentile da Fabriano y Pisanello llegaron a Roma invitados por Martín V y Eugenio IV para que decoraran la nave de S. Juan de Letrán (su obra fue destruida en los ss. XVII y XVIII).

– Entre 1428 y 1430, el florentino Masolino da Panicale pintó la capilla de S. Caterina en la iglesia de S. Clemente.

– De 1447 a 1451, Fra Angelico, también florentino, decoró la capilla de Nicolás V en el Vaticano.

– Sixto IV recurrió a artistas umbros como Pinturicchio, Perugino y Signorelli y a los florentinos Botticelli, Ghirlandaio, Cosimo Rosselli y su hijo Piero di Cosimo para pintar los muros de la Capilla Sixtina (1481-83). Este mismo papa contrató a Melozzo da Forli para que pintara el ábside de los S.S. Apostoli con una Ascensión (de la que se conservan hermosos fragmentos en la Pinacoteca del Vaticano y en el palacio del Quirinal).

– Hacia 1485 Pinturicchio trabajó en S. Maria d’Aracœli, donde pintó la vida de san Bernardino y en S. Maria del Popolo, donde pintó la Natividad. De 1492 a 1494 decoró para Alejandro VI la estancia de los Borgia en el Vaticano.

– Entre 1498 y 1493, Filippino Lippi pintó la capilla Carafa en S. Maria Sopra Minerva.

– Entre 1508 y 1512, Miguel Ángel pintó la bóveda de la Capilla Sixtina para Julio II. En 1513 comenzó la tumba del papa y de 1535 a 1541 pintó El Juicio Final. Desde 1547 hasta su muerte, en 1564, trabajó en la cúpula de San Pedro. Su última obra fue la Puerta Pía, erigida entre 1561 y 1564.

– De 1508 a 1511, Baldassare Peruzzi construyó la Villa Farnesina para el banquero A. Chigi.

– En 1508, Rafael comenzó las “Stanze” del Vaticano. En 1510 trazó la planta de la capilla Chigi, en S. Maria del Popolo. En 1511, Agostino Chigi le confió la decoración de la Villa Farnesina. En 1512 pintó un profeta Isaías en la iglesia de S. Agostino y en 1514 las Sibilas de S. Maria della Pace.

– Sodoma, milanés llamado a Roma en 1508 por Julio II para pintar el techo de la Stanza della Segnatura en el Vaticano, trabajó en la Villa Farnesina hacia 1509.

– A comienzos del s. XVI, Jacopo Sansovino construyó S. Giovanni dei Fiorentini por encargo de León X.

– En 1515, Antonio da Sangallo el Joven comenzó la construcción del Palazzo Farnesio, en el que Miguel Ángel trabajó a partir de 1546.


La Contrarreforma

La aparición del protestantismo y el saqueo de Roma en 1527 fueron los elementos determinantes del periodo de la Contrarreforma, que abarcó del pontificado de Pablo III (1534-49) al de Urbano VIII (1623-44). Originado por la necesidad de combatir la herejía, restaurar la primacía de la Iglesia de Roma y volver a congregar a sus fieles, el movimiento encontró en la Compañía de Jesús, fundada en 1540, uno de sus instrumentos más eficaces.

También el arte se puso al servicio de la fe: el arte barroco inmortalizó las victorias del catolicismo (Lepanto en 1571, abjuración del protestantismo por parte de Enrique IV en 1593, éxito del Jubileo de 1600).

Arquitectura

Las iglesias de “estilo jesuítico”, denominadas así por el importante papel que desempeñó la Compañía de Jesús en todos los campos, se caracterizan por su arquitectura austera pero con abundante decoración; la iglesia debe presentarse majestuosa y poderosa. Al tener que congregar a numerosos fieles, las iglesias de la Contrarreforma son de grandes dimensiones. Su tipología característica es la del Gesù. La nave central es amplia y despejada para que el altar sea siempre visible y para que la predicación llegue a todos los feligreses. En las fachadas, las cornisas reemplazan a las desnudas superficies del Renacimiento, y las columnas entregadas sustituyen progresivamente a las pilastras planas.

La arquitectura civil alcanzó su máximo esplendor a comienzos de la Contrarreforma con los papas Pablo III, Julio III, Pablo IV y Pío IV, que vivieron como príncipes del Renacimiento.

La familia Borghese ilustra a la perfección la era de la Iglesia victoriosa: Pablo V adquirió el Palacio Borghese e hizo erigir la fuente Paulina; su sobrino, el cardenal Scipione Borghese, llevó una vida refinada, como atestiguan el Palazzo Pallavicini y la “Palazzina” Borghese, actual sede del Museo Borghese.

Escultura y pintura

De acuerdo con el espíritu de la Contrarreforma, la misión de la pintura fue dignificar los temas rechazados por el protestantismo, tales como la Virgen, la primacía de san Pedro, el dogma de la Eucaristía, el culto a los santos y su intercesión por las almas del Purgatorio.

La obra de los artistas del Renacimiento siguió la estela dejada por Miguel Ángel y Rafael. Su arte se mantuvo en la “maniera” de estos dos gigantes, de ahí el término manierismo aplicado a la pintura y a la escultura del s. XVI.

En escultura podemos señalar a algunos discípulos directos de Miguel Ángel como Ammannati (1511-1592) y Guglielmo della Porta (h. 1500-1577). A finales del periodo destacó en Roma Pietro Bernini (1562-1629), padre de Gian Lorenzo.

Entre los pintores, Daniele da Volterra fue colaborador de Miguel Ángel. Giovanni da Udine, Sermoneta, Francesco Penni y Giulio Roman formaron parte de la “escuela romana” agrupada en torno a Rafael. La “manera” de la siguiente generación, formada por Federico y Taddeo Zuccari, Pomarancio, Cesare Nebbia y el Caballero de Arpino, se inspiró directamente del arte del maestro de las “Stanze”. Mención especial merece Barocci, cuya dulzura no llegó a caer nunca en el preciosismo.

Imitando las actitudes y las expresiones de los personajes pintados por Miguel Ángel y por Rafael, los pintores manieristas cayeron frecuentemente en la afectación. Los colores eran pálidos, como “desvaídos” por la luz.

La decoración es recargada: complejos ensamblajes de mármoles, marcos de estuco y dorados rodean los espacios pintados con frescos. Las grandes superficies se dividen a menudo en pequeños paneles, más fáciles de realizar.

La reacción

Fue obra del “grupo de los boloñeses” y de Caravaggio, artistas que anticiparon la llegada del Barroco como reacción al Manierismo.

Entre los boloñeses destacaron como grandes maestros los Carracci, que animaron una academia en Bolonia de 1585 a 1595: Ludovico (1555-1619), fundador de la academia, su primo Agostino (1575-1642) y Annibale, su hermano (1560-1609). Tras ellos, Guido Reni (1575-1642), Domenichino (1581-1641) y Guercino (1591-1666). Sin abandonar la idealización, incorporaron un mayor verismo a la expresión de sus personajes.

Michelangelo Merisi (1573-1610), llamado Caravaggio, nombre de su pueblo natal próximo a Bérgamo, fue un espíritu inquieto. Llegado a Roma en 1588, comenzó a trabajar con el Caballero de Arpino. Tras varias reyertas tuvo que huir a Nápoles en 1605, y posteriormente a las islas de Malta y Sicilia. Al margen de todas las convenciones, pintó poderosas figuras realzadas por una luz fría, potenciando el contraste entre las sombras y las luces. Su agitada vida no le permitió tener discípulos, pero su arte se propagó entre numerosos artistas de toda Europa, que recibieron el calificativo de “caravagistas” (o tenebristas).