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Vida y arte en la antigua Roma
Vida y arte en la antigua Roma
La Roma republicana abordó el arte desde un punto de vista práctico y social –evidente en las grandes realizaciones arquitectónicas–; todo cambió con el advenimiento del Imperio. La Roma imperial utilizó el arte para mostrar su poderío y dar testimonio del prestigio de una capital que atraía a un número creciente de forasteros deseosos de acercarse a los centros de poder. La decadencia del Imperio y el reconocimiento del Cristianismo como religión oficial trajeron consigo la edificación de grandiosas basílicas que, reconstruidas o restauradas, siguen acogiendo innumerables peregrinos.
El arte romano
La arquitectura
De los tiempos de la Monarquía y de los inicios de la República sólo subsisten vestigios de algunas obras públicas, como la canalización de la Cloaca Máxima (realizada en el s. VI a.C.), el recinto amurallado construido por el rey Servio Tulio (578-534 a.C.), la via Appia Antica y el Acqua Appia, dos realizaciones de Apio Claudio Ceco, censor en el 312 a.C.
Los romanos entraron en contacto con el arte a través de las obras expoliadas a los etruscos y la adopción de algunas de sus técnicas, así como a través de su relación con el “Oriente” de los griegos; de hecho, deslumbrados por las maravillas que habían contemplado en ciudades como Atenas o Alejandría, los generales vencedores solían regresar acompañados de artistas.
Materiales y técnicas – Inicialmente Roma se edificó con materiales sencillos: toba, piedra porosa y pardusca, de origen volcánico o calcáreo; toba volcánica o “peperino”, que toma su nombre de su color grisáceo y de su aspecto granulado, semejante a los granos de pimienta (pepe en italiano). El travertino blanquecino, piedra calcárea extraída esencialmente de las canteras de Tívoli, más lujosa que los materiales anteriores, se utilizó moderadamente durante los primeros siglos de Roma. El mármol hizo su tímida aparición en la decoración de edificios a partir del s. II a.C., pero su uso se generalizó durante el Imperio. El ladrillo, empleado a partir del s. I a.C., aparece hoy sin el revestimiento de mármol original.
Si bien gran parte del vocabulario arquitectónico procede del griego, la arquitectura romana se distingue de su hermana mayor, la arquitectura griega, por tres grandes características.
Los romanos, a diferencia de los griegos, conocieron y dominaron la fabricación del mortero, lo que les permitió construir más y con mayor rapidez. Además, utilizaron el mármol (o cualquier otra piedra dura) para el acabado, en revestimientos, y no en la construcción global del edificio, de modo que las actuales ruinas romanas son sólo el armazón rojo y gris (ladrillo y mortero) de los espléndidos monumentos del pasado, cuyo ornato no resistió el paso del tiempo o los expolios.
Por último, los romanos dominaban la técnica de la bóveda, cuyas curvas –desde el arco a la cúpula, pasando por la bóveda y la bóveda de medio punto– rompen y animan las líneas verticales y horizontales características de la arquitectura griega.
El mortero se vertía por lo general entre dos paramentos de ladrillo para formar un muro, o sobre un lecho de madera en el caso de arcos, bóvedas o cúpulas. Los romanos utilizaron la madera esencialmente para realizar cimbras (armadura en torno a la cual se construye el arco) y andamios, pero no en encofrados, dado su elevado precio. El cemento y el mortero romanos se caracterizan por su capacidad para endurecerse con el paso de los años, incluso de los siglos, por lo que es fácil encontrar en la actualidad ruinas horadadas con alveolos, a semejanza de un panal de miel, resultado de la completa erosión de los ladrillos de los paramentos, de los que sólo subsiste el cemento que los unía.
Los ladrillos, cuadrados y de diferentes espesores, se colocaban según varios criterios. Generalmente el ladrillo se dividía diagonalmente por la mitad para formar así dos bloques piramidales; éstos se colocaban de manera que el lado liso quedaba hacia el exterior del muro y el lado angular hacia el interior; así el mortero vertido posteriormente encontraba mejor sujeción. En ocasiones, se colocaban en diagonal unos ladrillos cuadrados, formando un dibujo regular parecido a un enrejado; era el llamado aparejo reticulado (opus reticulatum). Muy a menudo se utilizaron distintos tipos de ladrillo y diversas disposiciones de los mismos en un mismo muro.
Los romanos emplearon el arco de medio punto. La bóveda que cubría la Cloaca Máxima hacia el s. II a.C. es una verdadera obra maestra. Las salas circulares se cubrieron con una cúpula de bóveda vaída. Las paredes que cerraban un espacio de medio punto sostenían bóvedas de cascarón (cuarto de esfera), y el vano semicircular sustituyó a los huecos rematados con un dintel recto. Podemos aún contemplar restos de impresionantes bóvedas en la Domus Augustana –en el Palatino–, en el Panteón, en la Villa de Adriano en Tívoli, en las Termas de Caracalla y en el Coliseo.
Los romanos recuperaron y volvieron a utilizar los órdenes arquitectónicos griegos, pero modificándolos. En el orden toscano o dórico romano, la columna se apoya sobre una basa, en lugar de reposar directamente sobre el suelo. El orden jónico se empleó poco en Roma y en contadas ocasiones se recurrió al orden jónico, en cambio, el orden corintio tuvo gran éxito: las rizadas hojas de acanto del capitel se sustituyeron por hojas lisas y caídas y la flor central por diferentes motivos (animales, divinidades y figuras humanas).
A los tres órdenes clásicos añadieron un cuarto, denominado compuesto y caracterizado por el uso de un capitel en el que las cuatro volutas del orden jónico se superponen a las hojas de acanto. Los entablamentos (parte superior del orden que comprende el arquitrabe, el friso y la cornisa) eran muy ricos y estaban adornados con perlas, ovas y follajes.
Conocemos el nombre de dos arquitectos: Rabirio, contemporáneo de Domiciano (81-95) y Apolodoro de Damasco, que trabajó para Trajano y Adriano (117-138).
Edificios y obras públicas
Teatros – El primer teatro de mampostería fue el de Pompeyo. Hasta entonces, los escenarios eran de madera. Aunque diseñados para representar comedias y tragedias, en los teatros también se celebraban reuniones políticas, literarias y musicales. Además, con frecuencia acogían concursos, sorteos de lotería y actos de distribución de pan o dinero.
Los romanos fueron maestros en el arte de construir teatros en terreno llano, y no adosados a una colina, como hicieran los griegos. Dicha técnica precisaba del empleo de bóvedas para sostener las gradas, como ocurre en el Teatro de Marcelo. La orchestra (foso semicircular) estaba reservada a los personajes destacados o era ocupada por los figurantes. Los actores accedían a la scaena, más elevada que la orchestra, por las tres puertas de un muro, ante el cual actuaban. Los animales y los carros accedían a la misma por los laterales.
El muro de la scaena, la parte más bella del teatro, estaba decorado con columnas de diferentes órdenes, con estatuas dispuestas en nichos y con revestimientos de mármol y mosaicos. Tras el mismo se situaban los camerinos, los almacenes y un pórtico que daba a los jardines.
Los tramoyistas estaban encargados de los efectos especiales: humo, relámpagos, truenos, apariciones y apoteosis, dioses y héroes que descendían del cielo o se elevaban hacia las nubes. Las máscaras de los actores permitían identificar a cada personaje. La acústica se mejoraba mediante un conjunto de ingeniosos dispositivos, tales como un tejadillo inclinado sobre el escenario –que devolvía los sonidos, perfectamente armonizados, a las gradas situadas en los hemiciclos–, la columnata, que quebraba el eco, o los “vasos sonoros”, situados bajo los graderíos y que hacían las veces de altavoces. Cuando cantaban, los artistas se apoyaban en las puertas de la scaena, diseñadas como cajas de violín (Teatro de Marcelo).
Anfiteatros – Ideados por los romanos, tienen su máximo exponente en el Coliseo. Los anfiteatros servían de escenario a las competiciones de gimnasia, a las carreras de carros y, sobre todo, a los espectáculos de lucha. Estos combates de gladiadores en los que a menudo se enfrentaban esclavos y prisioneros, admitían inicialmente la muerte del vencido. Los anfiteatros acogían igualmente espectáculos con animales (las fieras estaban reservadas a los espectáculos de mayor calidad, que se presentaban en Roma o en provincias, en presencia del emperador).
Los romanos apreciaban tanto estos juegos sanguinarios que los candidatos a los cargos públicos los consideraban un aspecto lúdico de su campaña electoral. Durante el espectáculo los esclavos quemaban o esparcían perfume para disipar el olor de los animales, cubrían con polvo rojo la arena de la palestra para disimular las manchas de sangre y fustigaban con látigos emplomados a los individuos o a los animales que intentaban huir. El espectáculo se acompañaba de una música ensordecedora.
De forma ligeramente oval, la fachada exterior del anfiteatro presentaba tres hileras de arcadas superpuestas, rematadas por un muro en el que se insertaban los postes que sostenían el velum, inmenso toldo que protegía a los espectadores.
Las numerosas puertas que se abrían bajo las arcadas, las tres galerías circulares que formaban los balcones, así como las escaleras y los corredores (vomitorios), permitían a los espectadores el acceso a su localidad, manteniendo la separación entre las diferentes clases sociales con el fin de evitar peligrosas reyertas. El conjunto de las gradas formaba la cávea. En la parte delantera se situaba un podio, más elevado que la zona de la arena y protegido por una balaustrada, reservado a los personajes de alto rango.
Termas – Sobre todo durante el Imperio, estos establecimientos ocupaban un lugar privilegiado en la vida cotidiana de los romanos. Estos centros públicos y gratuitos funcionaban como establecimientos de baños y gimnasia, y como lugares de paseo, lectura y conversación. Tenían unas dimensiones imponentes y se adornaban con columnas, capiteles, mosaicos, mármoles de colores, estatuas y frescos (Termas de Caracalla).
Basílicas – Etimológicamente, el vocablo significa pórtico real. Indica un lugar cubierto con un techo sostenido por columnas que crean un espacio rectangular, la nave central, bordeada lateralmente por dos salas, las naves laterales. Antiguamente la basílica no tenía función religiosa, sino que era un edificio donde tenía lugar el mercado cubierto, se reunía el tribunal y donde se encontraban los habituales del foro. La primera basílica de Roma fue la basílica Porcia (hoy desaparecida), edificada a los pies del Capitolino en el año 185 a.C. Poco a poco las basílicas fueron adoptando funciones religiosas.
Arcos de triunfo – Puertas monumentales con un arco (arco de Tito) o tres (arcos de Séptimo Severo y de Constantino), se utilizaron para conmemorar el triunfo de un general vencedor o para colocar en un marco fuera de lo común la estatua de un hombre ilustre Al parecer, esta construcción respondió en su origen a una creencia religiosa o a una superstición, ya que los ejércitos vencidos debían pasar bajo esta puerta para dejar tras de sí su potencial destructor.
Circos – Eran grandes edificios con graderíos, destinados esencialmente a las carreras de carros (Circo Máximo y Circo de Majencio, en la via Appia Antica). Su planta es un cuadrilátero con los ángulos redondeados. En uno de sus extremos una construcción conocida con el nombre de oppidum daba acceso la pista. En el centro de ésta se situaba la spina (espina), alrededor de la cual corrían los carros. Estos recintos acogían asimismo espectáculos y desfiles.
Estadios – El estadio, también de forma alargada, se reservaba al atletismo. Sobre el lugar que ocupó el estadio de Domiciano se yergue hoy la piazza Navona.
Acueductos – Estas construcciones, de las que se conservan sus impresionantes arcadas, contribuyeron más que ninguna otra obra a crear la fama de constructores de los romanos. El más antiguo es el Acqua Appia, edificado en el año 312 a.C. por Apio Claudio Ceco. Este acueducto tenía 16 km de longitud de los que se conserva un centenar de metros.
Calzadas – Algunas han conservado importantes restos de su pavimento. El término clivus se aplicaba a las vías en pendiente y el de vicus a las vías secundarias.
Los templos y el culto
Los templos romanos, consagrados al culto de los dioses y de los emperadores –que fueron divinizados a partir de César–, son herederos de los edificios etruscos y griegos. Presentan diversas plantas, desde el de la Fortuna Virile, de gran simplicidad, hasta el dedicado a Venus y Roma.
Todos poseen un espacio, denominado cella, reservado a la efigie de la divinidad. Precedida por el pronaos, la cella está delimitada por una columnata. El conjunto se eleva sobre un podium.
Por lo que a espiritualidad se refiere, la religión romana se inspiró en las diferentes mitologías que entraron en contacto con el mundo romano, aunque las doce divinidades principales están tomadas del Olimpo griego.
Si bien el culto público se realizaba en los templos, existía un culto doméstico, consagrado a los dioses protectores del hogar (lares y penates), y numerosas viviendas poseían un pequeño oratorio o lararium. Asimismo, los romanos rendían culto en sus viviendas a los Manes (almas de los difuntos).
El culto a los muertos
Las necrópolis romanas se situaban extramuros de la ciudad. A menudo las tumbas se alineaban a lo largo de las vías de acceso a la misma. Los romanos practicaron tanto la inhumación como la cremación. Las tumbas de mayor antigüedad eran, en el primero de los casos, de fosa (con un sarcófago en ocasiones tallado en un tronco de árbol) y, en el segundo, de pozo, es decir formadas por una pequeña cavidad excavada en el suelo, en cuyo interior se disponía el ánfora o la urna que contenía las cenizas del difunto. La importancia de la sepultura aumentó por influjo etrusco y durante la República aparecieron tumbas de varias estancias que albergaban distintos sarcófagos. Los cipos, sencillos bloques de piedra con una inscripción, se plantaban sobre las tumbas más rudimentarias. Más elaboradas, las estelas, de piedra o mármol, estaban decoradas. Sólo muy posteriormente apareció el columbario, especie de sepultura popular reservada a los pobres y esclavos, compuesta por grandes salas colectivas subterráneas y cuyas paredes aparecían horadadas por nichos destinados a recibir las urnas.
Junto a los restos del difunto solía depositarse el ajuar necesario para la otra vida: vestidos, armas y herramientas, en el caso de los hombres; adornos y objetos de aseo para las mujeres; juguetes para los niños.
Las viviendas
De acuerdo con su posición social y su poder adquisitivo, los romanos vivían en ínsulas, edificios de varios pisos; en pequeñas casas burguesas o en grandes viviendas patricias o domus. Aunque el interior de éstas solía ser muy lujoso, la ausencia de decoración en los muros, privados de ventanas, les confería una modesta apariencia externa. La casa primitiva comprendía un atrio, gran sala rectangular cuya parte central, a cielo abierto, recibía el agua de lluvia en un estanque denominado impluvio. Al atrio o patio, cuyo fondo estaba ocupado por el gabinete de trabajo y recepción del jefe de familia, daban el resto de las estancias, generalmente pequeñas. Los altos funcionarios, los colonos enriquecidos y los comerciantes acomodados disponían de una segunda vivienda de tipo griego, más refinada, exclusivamente destinada a la familia y compuesta por habitaciones que se iban ocupando según la estación de año. Éstas estaban dispuestas alrededor de varios patios y de un peristilo (patio porticado) con un jardín central, y en ocasiones una piscina. En el triclinio o comedor, los comensales se reclinaban sobre divanes dispuestos en forma de herradura alrededor de la mesa.
Escultura
La escultura romana es la disciplina que más imitó el arte griego. Por otra parte, los romanos eran tan aficionados a la escultura que llenaron la ciudad de estatuas. Pronto organizaron su producción en serie: se fabricaban los cuerpos (personajes togados) y después se les añadía la cabeza elegida.
En Roma existían talleres en los que trabajaban artistas locales o griegos, pero también se importaron obras de Grecia, como demuestra el hallazgo cerca de Mahdia (Túnez) de los restos de un barco naufragado cargado de estatuas, probablemente con destino a Roma. Los romanos prefirieron el mármol blanco y coloreado, el pórfido rojo oscuro moteado y el alabastro. También trabajaron el bronce (estatua de Marco Aurelio).
La originalidad de la escultura romana queda patente en los retratos. El gusto por el retrato, nacido del uso de máscaras de cera modeladas directamente sobre el rostro de los difuntos y conservadas por las familias aristocráticas, se tradujo en una búsqueda del verismo. Los retratos de César muestran siempre calma, energía y reflexión. Los de Augusto, de orejas ligeramente despegadas, reflejan frialdad y serenidad. El rostro de Vespasiano, de grueso cuello, expresa malicia. Trajano debió de tener un rostro alargado, y su peinado acentuaba aún más este rasgo.
Los romanos fueron maestros en el bajorrelieve histórico. Los sarcófagos adornados con combates o la columna Trajana son excelentes modelos de composición y de precisión.
La escultura decorativa merece toda la atención del visitante. Prácticamente inexistente en época republicana, tal y como evidencia el sarcófago de Escipión Barbado, la escultura ornamental alcanzó su máxima expresión en el Ara Pacis, en época de Augusto.
Por último, dentro de la escultura romana existió una corriente popular que gustaba de representar en bajorrelieve escenas de la vida cotidiana, destinadas a engalanar las estelas funerarias de las clases populares.
El declive de la escultura será evidente a partir del s. III. Los pliegues excesivamente profundos de las togas proporcionaron rigidez a los personajes, las miradas se hicieron pétreas por el uso del trépano, que horadó excesivamente la pupila, y los cabellos se trataron con poco cuidado.
Pintura
El estudio de los frescos de Pompeya permite distinguir cuatro periodos en la pintura romana.
El “primer estilo” corresponde a sencillos paneles que imitaban losas de mármol; el “segundo estilo” se caracteriza por la aparición de motivos arquitectónicos en trampantojo, a los que se incorporaron pequeños paneles ilustrados en época del “tercer estilo”. Durante el “cuarto estilo” se abusó del trampantojoy de una decoración exageradamente recargada.
Aún podemos contemplar pinturas romanas en la Casa de Livia, en la Casa dei Grifi (en el Palatino) y en el Museo Nazionale Romano (en el Palazzo Massimo alle Terme)
Mosaico
Con el fin de aumentar la resistencia de los pavimentos de cemento, realizados con una mezcla de fragmentos de teja y de cal, se insertaron guijarros y posteriormente fragmentos de mármol que, tallados regularmente, permitieron la realización de dibujos.
El procedimiento más sencillo, empleado en los pavimentos, consistía en embutir en cemento pequeños cubos (teselas) de mármol de idénticas dimensiones. En las grandes superficies (termas), se compusieron figuras negras sobre fondo blanco.
Para obtener líneas curvas se tallaban teselas de diferente tamaño; las de dimensiones muy reducidas permitían crear efectos de claroscuro. Este procedimiento, de menor resistencia, se reservaba a los paneles murales o a la parte central de un pavimento.
Los talleres romanos adoptaron asimismo un procedimiento originario de Oriente, el denominado “opus sectile”, consistente en tallar primero un motivo decorativo sobre una placa; a continuación el motivo era aplicado y reproducido sobre un soporte de mármol que era vaciado siguiendo los trazos. Por último, en las partes huecas obtenidas de esta manera se embutían fragmentos de mármol policromo.
La entrada de la Pinacoteca del Palazzo dei Conservatori y el Museo de Ostia exhiben magníficos ejemplares realizados con este procedimiento.
Arte paleocristiano
El culto pagano a los ídolos y la prohibición de adorar las “imágenes esculpidas” señalada por la Biblia impidieron que entre las primeras comunidades cristianas surgiera espontáneamente un arte nuevo.
En sus inicios, el arte cristiano tomó del repertorio pagano los motivos apropiados para una interpretación simbólica cristiana: la vid, la paloma, el ancla...
Las primeras pinturas cristianas aparecieron en las paredes de las catacumbas y fueron posibles gracias a particulares que, continuando una tradición pagana, hicieron decorar las tumbas de sus seres queridos. Las más antiguas se remontan al s. II.
Ya sean de bulto redondo o en relieve, podemos seguir perfectamente la evolución de la escultura en el Museo Cristiano del Vaticano, desde los simples símbolos hasta la representación de Cristo, los apóstoles, san Pablo y diferentes episodios de la Biblia.
En el campo de la arquitectura, el edificio cristiano por excelencia fue la basílica (distinta de la basílica pagana, que no poseía una función religiosa).
Los primeros edificios de este tipo fueron los construidos por Constantino sobre las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo (S. Pedro, S. Pablo Extramuros), y junto al palacio imperial (S. Juan de Letrán).
Algunos términos de arte
Ábside: parte de la cabecera de una iglesia en la prolongación de su capilla mayor. Puede ser semicircular, poligonal o de herradura.
Absidiolos: pequeños ábsides que se abren de forma radial en la girola de una iglesia románica o gótica.
Almohadillado: motivo o revestimiento arquitectónico formado por piedras talladas uniformemente en saledizo sobre la pared externa y que están bordeadas por profundas cinceladuras o líneas de separación. El almohadillado estuvo muy de moda durante el Renacimiento.
Altorrelieve: escultura que sobresale pero que no se desprende del fondo (intermedio entre el bajorrelieve y el bulto redondo).
Arquivolta: cada una de las molduras concéntricas que forman la cara externa de un arco abocinado.
Atlante (o Telamón): escultura masculina cuya función es sustituir una columna o un pilar.
Atrio o pórtico con cuatro arcadas: patio bordeado de pórticos delante de la fachada de los edificios religiosos paleocristianos y romanos.
Bastión: en arquitectura militar, construcción defensiva de planta poligonal que sobresale sobre un recinto amurallado.
Bóveda: cobertura de un tramo. Bóveda de cañón, la originada por el desplazamiento de un arco de medio punto a lo largo de un eje longitudinal; bóveda de aristas, la originada por el cruce de dos bóvedas de cañón; bóveda de horno, de forma semiesférica, generalmente cubre los ábsides de las naves con bóveda de cañón.
Cantoría: tribuna situada en la parte superior de la iglesia, reservada a los cantores.
Cariátide: escultura femenina que ejerce función de soporte en lugar de una columna o un pilar.
Cátedra: silla gótica de respaldo alto.
Ciborio: en las iglesias de la alta Edad Media, baldaquino que corona el altar.
Clave: en las bóvedas, piedra colocada en la intersección de varios arcos; suele ir decorada. Dovela central de un arco.
Confesión: cripta destinada a acoger la tumba de un mártir, encima de la cual se ha edificado un altar.
Contrafuerte: bloque externo de albañilería, adosado al muro, que contrarresta el empuje de arcos y bóvedas.
Crucero: nave transversal que corta la nave principal y da a la iglesia forma de cruz.
Cruz (planta de): se distingue la cruz griega, con brazos iguales, y la cruz latina, con los brazos del crucero más cortos.
Deambulatorio: ver girola.
Dintel:pieza paralela al suelo que cubre el espacio entre dos jambas, pilares, columnas, etc. y que constituye la parte inferior del entablamento (en los edificios clásicos como el templo).
Exedra: banco semicircular colocado al fondo de las basílicas romanas; por extensión, edículo de piedra de formas redondeadas o espacio semicircular al aire libre.
Frontón: adorno, generalmente triangular, colocado sobre edificios, puertas, ventanas y nichos.
Gablete: elemento ornamental en forma de frontón triangular muy apuntado, típico del gótico. Puede llevar decoración maciza o calada.
Geminado: dícese de los vanos, ventanas o columnas unidos de dos en dos.
Girola: prolongación de las dos naves laterales de una iglesia rodeando la capilla mayor.
Grutesco: decoración típica del Renacimiento que combina elementos vegetales, seres fantásticos y animales enlazados formando un todo. Nombre dado a los vestigios romanos enterrados de la Domus Aurea.
Intradós: superficie interna de un arco o una bóveda.
Jambas: elementos verticales, generalmente decorados, que no son columnas y que sostienen el dintel de una puerta o ventana.
Lesena: pilastra que sobresale parcialmente del muro y utilizada como elemento decorativo.
Linterna: cuerpo que se alza en lo más alto de una cúpula para que entre la luz del exterior.
Logia: galería cubierta, siempre abierta al menos por un lado.
Matronio: galería reservada a las mujeres en los edificios religiosos paleocristianos y románicos.
Ménsula: soporte en saledizo empotrado a cierta altura del muro.
Merlón: almena. Se distinguen: los merlones gibelinos (en forma de cola de milano, símbolo del poder imperial y civil) y los merlones güelfos (rectangulares, símbolo del poder papal y religioso).
Modillón: pieza salediza destinada a sostener una cornisa, el arranque de un arco, etc.
Moldura: elemento ornamental constituido por una tira perfilada en saledizo.
Nártex: vestíbulo de una basílica.
Ovo: adorno en forma de huevo.
Pechina: cada uno de los cuatro triángulos curvilíneos sobre los que se sustenta una cúpula. Sirven para pasar de la planta cuadrada a la circular.
Políptico: conjunto de paneles pintados o esculpidos unidos entre sí por bisagras.
Predela: parte inferior de un retablo (también se llama banco).
Presbiterio: espacio que circunda al altar mayor y que está separado de la nave por unas gradas o un cancel.
Pronaos: en el templo griego, espacio que se encuentra delante de la cella. Más tarde, pórtico sobre columnas que precede a la entrada en un iglesia o en un palacio.
Prótiro: pequeño pórtico sobre columnas que precede a la portada de las iglesias, especialmente en época romana.
Púlpito: en las iglesias, estructura elevada, situada en diferentes emplazamientos, desde donde el predicador hablaba a sus fieles. En las basílicas paleocristianas suele haber dos, uno a cada lado del altar: en este caso reciben el nombre de ambón.
Retablo: obra de arte dividida en paneles pintados o esculpidos colocada tras el altar o sobre él.
Roleo: motivo decorativo a base de hojas que se enrollan en espiral.
Rosetón: ventana circular situada generalmente en la fachada de una iglesia, adornada con delicados motivos realizados en piedra (columnillas, volutas, dibujos) dispuestos en forma de abanico.
Saledizo: parte que sobresale respecto a la pared.
Sillar: bloque de piedra utilizado en la construcción. La obra realizada con sillares dispuestos de forma simétrica es la sillería.
Tambor: elemento arquitectónico cilíndrico o poligonal sobre el que se eleva una cúpula semiesférica.
Tímpano: superficie interior de un frontón. Espacio, generalmente decorado, delimitado por las arquivoltas y el dintel en las portadas de las iglesias.
Trampantojo: técnica que crea una ilusión óptica, haciendo ver como real elementos, relieves y perspectivas que sólo están pintados.
Tribuna: en las iglesias paleocristianas, galerías elevadas abiertas a la nave. Más tarde, elemento de decoración de las partes exteriores.
Triforio: en los edificios religiosos, galería sobre las naves laterales que da a la nave central. Se distingue de la tribuna por ser más estrecho y no ocupar todo el ancho de la nave lateral.
Tríptico: panel pintado o esculpido formado por dos hojas laterales que se doblan sobre la hoja central.

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