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Arte y arquitectura
Arte y arquitectura
A pesar de que en muchas antologías se le concede poca importancia, el arte portugués destaca por su originalidad. Abierto a diversas influencias –españolas, francesas, flamencas e italianas, además de orientales como consecuencia de los descubrimientos marítimos–, se nutrió de todas ellas para expresarse de manera única, como atestiguan el estilo manuelino y los azulejos.
- De los romanos a la Alta Edad Media
- Edad Media
- Estilo manuelino
- Renacimiento
- Pintura de 1450 a 1550
- Clasicismo
- Barroco
- Naturalismo
- s. XX
De los romanos a la Alta Edad Media
Quedan pocos vestigios de los monumentos romanos, visigodos, mozárabes o bizantinos edificados a lo largo del primer milenio. El templo de Diana, que se alza en Évora, dotado de finas columnas de granito rematadas con capiteles corintios de mármol, es el edificio más importante de la época romana. En Conímbriga, cerca de Coímbra, las ruinas de una importante ciudad contienen una de las mejores colecciones de mosaicos de la antigua Lusitania. Algunas iglesias prerrománicas ilustran diferentes estilos: visigótico (São Pedro de Balsemão, cerca de Lamego; Santo Amaro, en Beja), mozárabe (São Pedro de Lourosa, en Oliveira do Hospital) y bizantino (São Frutuoso, cerca de Braga). El arte portugués propiamente dicho no aparece hasta el s. XII, coincidiendo con la fundación del reino.
Edad Media
Portugal nació en 1140. La arquitectura románica que inspiraron las órdenes monásticas de Cluny y del Císter se extendió más allá de los caminos de Santiago, hasta el recién creado reino portugués, que por aquel entonces permanecía agazapado en las provincias del norte. En esta zona, el proceso de reconquista coincidió con una expansión religiosa y artística que se ejerció bajo el estandarte del arte románico, convertido en símbolo de un reino que se construía contra los musulmanes. El fin de la Reconquista, que se produjo con la toma definitiva del Algarve en 1249, significó el final de la arquitectura románica, que dejó como herencia 200 iglesias y monasterios localizados principalmente en el norte del país.
Románico
Las robustas iglesias de granito destacan por su imponente sobriedad. Los capiteles, tímpanos y dovelas presentan con cierta monotonía una imaginería sencilla, difundida por los peregrinos. Su factura, bastante exagerada, demuestra que los escultores tenían muchas dificultades para trabajar el granito, material casi exclusivo en el norte del país. Las catedrales de Braga, Lisboa, Oporto, Lamego y Coímbra (la mejor conservada) son románicas. Su aspecto recuerda al que tenían las fortalezas de la época, construidas para defenderse de los ataques musulmanes. La catedral de Évora, iniciada en 1186, se terminó en 1283, cuando empezaba a triunfar el gótico.
Gótico
La arquitectura gótica tuvo dificultades para imponerse en este país en perfecta consonancia con la austeridad y la robustez del arte románico perpetuado durante todo el s. XIII. El monasterio de Alcobaça, uno de los monumentos cistercienses más majestuosos de cuantos se erigieron en Europa a finales del s. XII, constituye una notable excepción. La planta de su iglesia (1178-1252), en la que se inspirarán más tarde otros edificios góticos, presenta tres naves casi de la misma altura, un crucero doble y un presbiterio rodeado por una girola con nueve capillas radiales. Tuvieron que transcurrir dos siglos hasta la construcción de otra obra maestra comparable, el monasterio de Batalha, símbolo de la independencia nacional. La duración de las obras explica la yuxtaposición de estilos. Al principio se tomaron como referencia el monasterio de Alcobaça y la catedral de Évora, más tarde se aplicaron los principios del gótico inglés y, por último, se adoptó el estilo manuelino.
Las órdenes franciscana y dominica favorecieron la progresiva penetración del arte gótico en Portugal. Las iglesias más destacadas de esta época son: São Francisco y Santa Clara, en Santarém; São Francisco, en Estremoz, y São Domingos, en Elvas. La arquitectura gótica alcanzó su máximo esplendor en tiempos del rey Dinis (1279-1325), punto de partida de una gran renovación cultural, como atestigua el convento de Santa Clara-a-Velha de Coímbra.
La edad de oro de la escultura
El s. XIV fue el período más brillante de la escultura portuguesa, que se desarrolló en las zonas donde abundaban la piedra caliza y el mármol, es decir, en el centro del país (Coímbra, Santarém, Lisboa y Évora). La escultura funeraria alcanzó un esplendor desconocido hasta entonces, mientras que la estatuaria religiosa y la escultura monumental rivalizaban en prodigios. En Batalha, las tumbas de Pedro I y de su amante, Inés de Castro, realizadas con piedra caliza blanca, constituyen uno de los monumentos más bellos del país. En este mismo monasterio destaca también la tumba doble que representa una cama con dosel en la que yacen el rey Juan I y su mujer, Filipa de Lancaster, ambos cogidos de la mano. Coímbra, con maestros como Pedro de Coímbra, Juan Alfonso y Diogo Pires el Viejo, se convirtió en el gran centro de la escultura funeraria. La estatuaria religiosa, casi toda realizada en piedra aunque con algunas obras de madera, centró el grueso de su producción en representaciones de la Virgen. La escultura monumental, menos extendida, alcanzó su apogeo en las portadas de la catedral de Évora y en las de la iglesia del monasterio de Batalha.
Estilo manuelino
1490-1520
Es la creación más original de la arquitectura portuguesa, una evolución tardía del gótico que sirvió de transición al Renacimiento. Con este término surgido en el s. XIX se conoce al estilo exuberante que dominó la época gloriosa y próspera de los Grandes Descubrimientos, durante los reinados de Juan II, Manuel I y Juan III. El manuelino influyó más en la decoración que en la estructura de los edificios, la cual conservó en gran medida el estilo gótico. Se inspiró en motivos vegetales y animales, algunos procedentes de Oriente y Extremo Oriente, así como en el mundo marino. Las ventanas, las puertas, los rosetones y las balaustradas se cubrieron de esculturas que representaban hojas de laurel, cardos, alcachofas, troncos de palmera, corales, algas, cadenas, escamas, cordajes…
Los arquitectos del estilo manuelino
El estilo manuelino es obra de cuatro grandes artistas cuyas obras se escalonaron entre 1490 y 1547. Diego Boytac, de origen francés, fue el artífice de la iglesia de Jesús, de Setúbal, donde por primera vez se erigieron robustas columnas formadas por tres toros en forma de espiral. El gran monasterio de los Jerónimos de Belém, conmemorativo del descubrimiento de la ruta marítima de las Indias orientales, constituye sin duda una de sus grandes obras. El claustro, en particular, es uno de los más bellos del mundo. Las hojas de laurel se combinan con los símbolos de la realeza –la esfera armilar y la cruz de la Orden de Cristo– y las iniciales del soberano Manuel I. En Batalha, donde sucedió en 1516 a Mateus Fernandes, realizó las magníficas ornamentaciones del claustro y las famosas Capillas Inacabadas, superándose a sí mismo por la exuberancia de sus motivos. Murió antes de terminar su obra, pero descansa para siempre en el monasterio que tanto contribuyó a embellecer. Boytac también fue el autor de la nave de la catedral de Guarda y contribuyó en la restauración de la iglesia de Santa Cruz y del palacio real de Coímbra.
Mateus Fernandes trabajó siempre en Batalha, donde llevó a cabo una de las obras más impresionantes del arte manuelino, la monumental portada de la rotonda de las Capillas Inacabadas. Muy influenciado por el arte gótico flamígero, Fernandes situó pilares al fondo y delante unas esculturas tan abundantes, precisas y gráciles que simulan auténticos encajes.
Diogo de Arruda fue el artista más original de este fastuoso período. En el convento de Cristo de Tomar se dejó llevar por los sueños heroicos de los grandes exploradores y edificó una obra sobrecogedora e imponente repleta de motivos marinos. Así, el fabuloso oleaje esculpido en la piedra convirtió la nave manuelina de la iglesia de los Templarios en una nave de piedra regresando de las Indias. La original decoración de las ventanas dio celebridad a su autor.
Su hermano, Francisco de Arruda, un arquitecto militar algo más tradicional, construyó la torre de Belém de Lisboa y la decoró con elementos orientales (cúpulas estriadas) y motivos manuelinos (cuerdas, nudos marineros, rinocerontes). Los hermanos Arruda fueron designados sucesivamente “maestro de obras del Alentejo” así como los máximos responsables de la arquitectura civil de la región. Tras una estancia en Marruecos, incorporaron a sus construcciones elementos mudéjares, en particular, arcos de herradura en puertas y ventanas. Después del viaje que Manuel I realizó por Andalucía a petición del rey, Diogo de Arruda confirió un aire oriental al palacio de Sintra, con azulejos de tipo sevillano, mosaicos y artesonados de madera.
Renacimiento
Al igual que el arte románico, el Renacimiento llegó a Portugal por el norte. Su primera manifestación fue la estatuaria, en particular el gran retablo del altar mayor de la Sé Velha de Coímbra, obra de los flamencos Olivier de Gand y Jean d’Ypres.
El Renacimiento llegó primero a Coímbra y luego a Évora, de la mano de artistas franceses como Nicolás Chanterene, Juan de Ruán (João de Ruaõ) y Philippe Houdart. Chanterene dirigió los trabajos de la portada principal del monasterio de los Jerónimos de Belém, si bien sus obras más conocidas son el púlpito y las estatuas yacentes de Alfonso Enríquez y Sancho I de la iglesia de Santa Cruz de Coímbra. Se le considera el auténtico introductor del Renacimiento en Portugal a partir de 1517. Por su parte, Juan de Ruán realizó numerosos y excelentes retablos y bajorrelieves. En el año 1530, Philippe Houdart sustituyó a Chanterene en Coímbra e impuso su propio estilo realista con obras llenas de expresión y movimiento.
Más tarde, durante el reinado de Juan III, el Renacimiento italiano influyó ligeramente en la arquitectura, sobre todo en Batalha donde, a partir de 1533, Miguel de Arruda aportó una nota de clasicismo, así como en el convento de Cristo de Tomar, finalizado por Diogo de Torralva.
Pintura de 1450 a 1550
Dadas las sólidas relaciones comerciales, bancarias, políticas y culturales existentes entre Flandes y Portugal, la influencia de la pintura flamenca en la portuguesa se prolongó durante mucho tiempo. En la época más gloriosa de la dinastía Avis, los pintores portugueses intentaron liberarse de dicha influencia y afirmar su personalidad, como previamente hicieron arquitectos y escultores.
Los primitivos
1450-1505
Los primitivos portugueses trabajaron entre 1450 y 1505 (existen pocos cuadros anteriores a la primera mitad del s. XV). Nuno Gonçalves impuso su originalidad y sentó las bases de la pintura nacional. Su famoso políptico de la Adoración de san Vicente (Museo de Arte Antiguo de Lisboa) representa al santo patrón de Lisboa y del reino rodeado por la sociedad portuguesa de la época. Por su apretada composición, sin segundos planos, y por la viveza de sus tonos, el cuadro parece un auténtico tapiz. El dibujo, de trazos firmes, representa a los personajes en actitud de recogimiento, sumidos en sus propios pensamientos. “[Con Nuno Gonçalves], la pintura portuguesa expresa por primera vez en Occidente la soledad del hombre y, también por primera vez, se esboza el alma moderna. Ahí reside su parte más innovadora, el acento más exclusivo de su genialidad”, dijo de él el historiador de arte René Huyghe (1906-1997). Desgraciadamente, no conocemos más obra suya que los cartones para tapices que representan la toma de Asilah y Tánger (colegiata de Pastrana, España). Dos copias de dichos tapices decoran el palacio de los duques de Braganza, en Guimarães.
Los pintores manuelinos
1505-1550
Durante el reinado de Manuel I, la pintura portuguesa consiguió abstraerse de las modas flamencas y cosmopolitas de la corte hasta conseguir gradualmente forjar un estilo autóctono. Francisco Enríquez y Frei Carlos fueron dos pintores flamencos que vivieron en Portugal y contribuyeron decisivamente al desarrollo de esta pintura nacional a la que incorporaron sus influencias. Las escuelas de Viseu y Lisboa fueron las que lideraron este movimiento de emancipación. Vasco Fernandes, llamado Grão Vasco (el Gran Vasco), perteneció a la primera y realizó el retablo de la catedral de Lamego. Fiel al arte flamenco en sus inicios, fue evolucionando hasta alcanzar un estilo más original, sobre todo en el tratamiento de los paisajes. Bajo la dirección del pintor real Jorge Alfonso, la escuela de Lisboa formó a varios pintores de gran talento. Gaspar Vaz fue uno de ellos, aunque realizó el grueso de su obra en Viseu. En su políptico para la iglesia de São João de Tarouca combinó la tradición nórdica con el estilo italianizante. Cristóvão de Figueiredo, autor del retablo y del Ecce Homo de Santa Cruz de Coímbra, mostró una sensibilidad especial para los colores y realizó magníficos retratos en tonos grises y negros. El bellísimo retablo de la iglesia primitiva de la Madre de Deus de Lisboa, atribuido al Maestro de Santa Auta, bien podría ser obra suya. Fue un estrecho colaborador de Garcia Fernandes y Gregório Lopes (retablo de la iglesia de São João Baptista de Tomar), dos autores esencialmente manieristas.
Clasicismo
Hacia 1600, con Portugal bajo el reinado de Felipe II, la arquitectura portuguesa adoptó sin reservas la ausencia de elementos decorativos y las estructuras sencillas que caracterizaron al clasicismo español. Un ingeniero militar italiano, Felipe Terzi, popularizó las iglesias de planta rectangular, sin crucero ni cabecera. Su discípulo, Baltazar Alvares, se mostró en cambio más próximo al barroco. Los pintores de esta época son relativamente desconocidos, si bien podemos destacar a tres de ellos: Baltazar Gomes Figueira, el maestro indiscutible de las naturalezas muertas; Josefa de Ayala, también conocida como Josefa de Óbidos, muy influenciada por la pintura sevillana y Zurbarán, y, finalmente, Domingos Vieira, un excelente retratista y el pintor portugués más destacado del s. XVII.
Barroco
El término “Barroco”, de origen portugués, significa perla irregular. En el terreno artístico, el estilo barroco correspondió al espíritu de la Contrarreforma, que durante los ss. XVI y XVII opuso los fastos de la fe católica a la austeridad protestante. Esta corriente artística nacida en Italia triunfó bastante tarde en Portugal porque hubo que esperar la llegada de las riquezas procedentes del comercio con Asia. En el campo de la arquitectura, el barroco predicó la libertad de formas y la profusión de elementos decorativos; la estructura de los edificios perdió importancia y se puso el acento en la magnificencia de la decoración, de estuco o de piedra. En el s. XVII, la arquitectura portuguesa estuvo protagonizada por dos grandes profesionales, João Nunes Tinoco y João Turiano, que confirieron al barroco un aspecto austero. En 1690, João Antunes introdujo la planta octogonal en los edificios religiosos, como en el caso de la iglesia de Santa Engrácia de Lisboa.
En el s. XVIII, que comenzó con un período de opulencia gracias al oro y los diamantes traídos de Brasil, triunfaron los artistas barrocos extranjeros. El alemán Friedrich Ludwig edificó en menos de trece años el monumental monasterio-palacio de Mafra, su obra capital, con la intención de superar a El Escorial. El húngaro Carlos Mardel, más modesto y austero, construyó los palacios de Salvaterra, Oeiras y Junqueira. En el norte del país, donde triunfó el barroco más auténtico, el arquitecto y pintor toscano Nicolau Nasoni realizó auténticos prodigios con el granito del lugar, especialmente en la iglesia de São Pedro dos Clérigos de Oporto. El palacio de Queluz, comenzado por el arquitecto portugués Mateus Vicente, fue terminado por el decorador francés François Robillon, autor de un jardín de estilo “Versalles” y de una decoración de influencia rococó.
La estatuaria también se renovó con aportaciones extranjeras. El italiano Alessandro Giusti, que participó en la construcción de Mafra, tuvo numerosos discípulos. El más conocido fue Machado de Castro, que también esculpió nacimientos (presépios) e introdujo en Portugal esta tradición del sur de Italia. El francés Claude Laprade destacó en Coímbra y Oporto, aunque el portugués Jacinto Vieira fue el autor de las grandes estatuas del monasterio de Arouca, de una belleza y una originalidad indiscutibles. En pintura sobresalieron Vieira Lusitano y Domingos António de Sequeira, ambos formados en Roma y pintores de la corte. Sequeira, dibujante y retratista, dominó la escena pictórica portuguesa hasta su muerte, en 1837.
Naturalismo
El letargo artístico en el que se sumió Portugal durante el s. XIX terminó a finales de 1870, cuando una nueva generación de artistas descubrió el naturalismo que cultivaban los pintores franceses de la escuela de Barbizon. La pintura al aire libre cosechó una gran aceptación en territorio luso. António da Silva Porto y João Marques de Oliveira, tras cuatro años vividos en París, fundaron el grupo de Lion, nombre de la cervecería donde se reunían habitualmente. Columbano Bordalo Pinheiro fue uno de los más insignes representantes de esta generación. Su hermano, el caricaturista Rafael, fabricó piezas de cerámica para sorprender y divertir a sus amigos y creó el personaje de Zé-Povinho (algo así como Pepe Pueblito), de espíritu rebelde y típicamente portugués. Otro miembro de este grupo, José Malhoa evolucionó hacia el impresionismo y se dejó influenciar ampliamente por Auguste Renoir. El escultor António Soares dos Reis, inspirado siempre por la saudade, se hizo famoso con O Desterrado, mientras que Antonio Teixera Lopes se inclinó más hacia el romanticismo. Neorrománico, neogótico, neomanuelino... en arquitectura se puso de moda el historicismo, es decir, la recuperación del pasado. El palacio de la Pena de Sintra es uno de los símbolos más representativos de este período tan marcado por el eclecticismo. Gustave Eiffel construyó en 1876 el puente ferroviario Maria-Pia sobre el Duero, en Oporto.
s. XX
Raùl Lino fue el primer representante del modernismo. Una de sus mejores realizaciones es la Casa Serralves de Oporto.
La escuela de Oporto
En los años cincuenta surgió la escuela de Oporto, centrada en el contexto urbano e histórico y cuyos edificios combinan sencillez, tradición y modernidad. Su fundador fue Fernando Távora y su mejor discípulo, Álvaro Siza (nacido en 1933), el arquitecto portugués de mayor fama internacional galardonado con el Premio Pritzker en 1992. Reconstruyó con gran acierto el barrio del Chiado de Lisboa tras el incendio de 1988 y diseñó el pabellón de Portugal de la Expo 98, dotado de un impresionante velo de hormigón curvo suspendido mediante cables. Eduardo Souto de Moura (nacido en 1952) construyó el estadio de Braga para la Eurocopa 2004 y rehabilitó una antigua cárcel de Oporto para instalar en ella el Centro Portugués de Fotografía. De la escuela de Lisboa, más controvertida, destaca Tomás Taveira, autor de las torres posmodernas del centro comercial de Amoreiras que dominan la capital, así como la sede central del Banco Nacional Ultramarino.
Al acecho de la modernidad
Amadeo de Souza Cardoso rompió con el siglo anterior y fue uno de los primeros artistas portugueses que realizó una pintura cubista, en París en 1912, y abstracta, en 1913. En 1915 participó en la creación del grupo Orpheu, de inspiración literaria. Pero fue José de Almada Negreiros, cofundador del grupo con Pessoa, quien se impuso como la gran figura de la vanguardia y del futurismo luso. Escritor, pintor y dramaturgo, fue un artista polivalente que dominó todas las técnicas: la pintura, el grabado, los tapices y las vidrieras. Diseñó los grandes frescos de las estaciones marítimas de Alcântara y de Rocha de Conde de Óbidos, en Lisboa. Su lienzo más conocido es el retrato del poeta Fernando Pessoa.
Grandes figuras del exilio
Durante la dictadura salazarista muchos pintores salieron a estudiar al extranjero y algunos nunca regresaron a su país. Maria Elena Vieira da Silva (1908-1992), asidua a los talleres de Antoine Bourdelle y Fernand Léger, fue una de las artistas portuguesas más importantes del s. XX. Su obra se sitúa a medio camino entre la figuración y la abstracción. Desde 1994 un museo de Lisboa expone sus obras y las de su marido, el húngaro Arpad Szenes. Paula Rego estudio y vivió en Londres, donde realizó una pintura principalmente figurativa y narrativa. En una ocasión declaró: “Mis cuadros comienzan siempre con una historia, un acontecimiento, un título”. En 1990 fue elegida primera “artista asociada” de la National Gallery de Londres. Júlio Pomar, que trabaja en Francia desde 1963, comenzó imprimiendo a sus obras un carácter de protesta política, aunque más tarde abordó distintos temas: tauromaquias, retratos, naturalezas muertas, erotismo.
La nueva generación
Julião Sarmento lleva treinta años explorando los resortes y las manifestaciones del deseo, cuestionando la divergencia entre experiencia y memoria. En su trabajo ha utilizado varias técnicas, como la pintura, la fotografía, la escultura y el vídeo. Ha sido el primer artista portugués invitado por la Documenta de Kaseel. Gran amante de la arquitectura, Pedro Cabrita Reis ha creado con materiales recuperados edificios diseñados como “receptáculos de la memoria”. Representó a Portugal en la Bienal de Venecia de 2003. Rui Chafes, gran intimista, ha realizado austeras esculturas entre el gris y el negro.

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