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Cine y literatura
Cine y literatura
Desconcertante y exigente, el cine portugués se resiste a la uniformidad imperante y refuerza su personalidad gracias a una serie de cineastas de renombre internacional que han cosechado múltiples premios. La literatura portuguesa, que hace gala de una sorprendente vitalidad y calidad, se caracteriza por su tono trágico, dramático o melancólico y cultiva un espíritu derrisorio que no perdona nada ni a nadie.
Un cine ambicioso y desconocido
Sólo algunos iniciados conocen la extrema singularidad y la gran diversidad del cine portugués, poco recomendado para quienes sólo buscan mera distracción en el séptimo arte. El cine luso, alimentado de tradiciones literarias y poéticas, es barroco y lírico, surrealista y apasionado, y se interesa particularmente por Dios, la fe, el misticismo, la locura y el sexo. Pero en Portugal, que encabeza la lista de los pequeños países productores de películas, nada es fácil. Y así, cada temporada se proyectan unas diez películas nacionales, mientras que las producciones americanas absorben cerca del 90% de los 15 millones de entradas anuales.
El Cinema Novo
El Cinema Novo, es decir, el “nuevo cine” portugués, surgió en 1963 con Los verdes años de Paulo Rocha y Acto de primavera de Manoel de Oliveira. El cine inició su propia revolución once años antes de la Revolución de los Claveles, desmarcándose de una tradición dividida entre un cine popular, nutrido de tragedias y comedias ligeras interpretadas por actores de moda, y la adaptación –favorecida por el régimen– de grandes textos de la literatura, así como la realización de grandes frescos histórico-heroicos que ensalzaban la gloria del imperio.
La gran terna
Manoel de Oliveira, nacido en 1908, rodó su primera película en tiempos del cine mudo. Es el patriarca del cine portugués y el decano del cine internacional. Paulo Rocha, treinta años más joven, se inspiró esencialmente en la Nouvelle Vague y el neorrealismo italiano. Para completar el panorama, junto a estos dos maestros del séptimo arte cabe recordar al inclasificable João César Monteiro, coetáneo de Rocha.
Oliveira, un padre siempre joven
Manoel de Oliveira, el ilustre fundador del cine portugués, es un habitual del Festival de Cannes, donde ha sido galardonado con múltiples premios. En 2001 sorprendió al público de la Croisette con Vuelvo a casa, una obra mucho más accesible que las anteriores y dirigida al “gran público” en la que se interroga sobre la soledad, la vejez y la muerte. Esta película supuso una auténtica ruptura con su cine habitual, más contemplativo, de temas inspirados en la literatura y con numerosos planos lentos, a veces fijos como cuadros. Películas que analizan con agudeza la condición humana, con un estilo formal, preciosista y poético y atacan la vanidad de los hombres (No, o la vanagloria de mandar, Palabra y utopía) o describen relaciones amorosas (Amor de perdición, Francisca).
Fiel a un cine muy particular, Oliveira logró triunfar con obras que no siempre coincidían con las modas cinematográficas y que contaban historias atemporales. “Cuando me preguntan por qué hago cine, enseguida pienso: ¿y por qué no preguntan si respiro?”, respondió en una ocasión a un periodista. Este juvenil nonagenario continúa alimentando su extensa obra al increíble ritmo de una película por año.
Rocha, un estilo particular
Paulo Rocha debutó en 1963, pero hasta hoy sólo ha rodado doce películas, seis de ellas largometrajes de ficción. Oliveira se equivocó cuando le dijo que tras Los verdes años podría dirigir lo que quisiera. Ambicioso y meticuloso, el cineasta de los planos secuencia fluidos y de los paisajes en estado de gracia ha dedicado más tiempo a preparar sus películas que a rodarlas. Su gran fresco intimista, La isla de los amores (1982), que narra la historia de un escritor portugués exiliado en Japón, se estrenó tras catorce años de esfuerzos, cuatro de ellos de rodaje en Lisboa, Macao y Japón. En 1998 estrenó El río de oro, una tragedia sangrienta con la que puso fin a doce años de larga espera por parte de sus admiradores y demostró ser uno de los nombres indiscutibles de la vanguardia del cine portugués.
Monteiro, el poeta extravagante
Resulta imposible hablar de João César Monteiro sin dar la impresión de exagerar. Las palabras se agolpan al intentar describir a este director y actor de cine tan peculiar. Salvo en sus tres primeras películas, en las que sólo tuvo breves apariciones, Monteiro ha representado grandes papeles en todas las demás. Con su silueta descarnada, su rostro afilado en el que resaltan sus dos enormes ojos insondables y su nariz aguileña, y su perilla canosa, Monteiro recuerda a Max Schreck, el protagonista de Nosferatu, de F. W. Murnau. Un vampiro bromista, enamorado de las mujeres guapas, obseso sexual y textual, gran conocedor de aforismos, de citaciones literarias y bíblicas, epicúreo desesperado, místico y misántropo, siempre enfrentado a la sociedad.
Ver una película de Monteiro es aventurarse en un mundo repleto de ideas y de experiencias extrañas. Resulta tan increíble y divertido que a veces suscita cierta desconfianza... tan pronto le vemos coleccionando vello púbico en un gran libro como bebiendo el agua de la bañera donde se había sumergido previamente el objeto de su pasión. Así era Monteiro, delirante, divertido y agotador, un hombre que hacía sólo cuanto antojaba, ajeno a cualquier escuela o tendencia.
En 1989, en Venecia, ganó el León de plata con Recuerdos de la casa amarilla. Junto con La comedia de Dios y Las bodas de Dios, esta película forma parte de una trilogía considerada su obra maestra. En el año 2000 rodó Branca de Neve con un espíritu aún más radical: el 95% de los fotogramas eran totalmente negros y la banda sonora estaba constituida por un texto del novelista suizo Robert Walser leída a cinco voces. El cine de Monteiro es sobrio, con magníficos encuadres y la cámara, en general fija, da la impresión de apreciar y captar el sentido de las imágenes. Terminó su décima película, Vai e vem, justo antes de morir, en 2003, a los 64 años.
Los herederos
El joven director Pedro Costa se dio a conocer en 1989 con su ópera prima O Sangue. En 1998 rodó Ossos en los arrabales caboverdianos de Lisboa. Una película llena de fuerza y como mínimo intrigante, casi sin luz, sin color, sin narración ni diálogo. Costa regresó a este barrio antes de que fuera derribado para rodar La habitación de Vanda, un documental angustioso sobre la vida cotidiana de un yonqui. Entre los representantes de las nuevas generaciones cabe citar asimismo a João Pedro Rodrigues y su asombrosa O fantasma, que aborda el sadomasoquismo y la homosexualidad; a Raquel Freire, directora de Rasganço, un sorprendente thriller psicológico situado en el microcosmos de la ciudad universitaria de Coímbra; y, con un estilo más popular y hollywoodiense, a Joaquim Leitão, director de Adão e Eva.
Una literatura original y prolífica
Desde principios de los años ochenta, cuando Fernando Pessoa salió de la sombra que tanto le gustaba en vida, se han publicado en español muchas obras portuguesas contemporáneas o clásicas, si bien aún queda mucho camino por recorrer. Parece, por tanto, que ha llegado el momento de interesarnos por esta abundante literatura que consiguió alzarse con un Premio Nobel en 1998 en la persona de José Saramago, aunque sin duda António Lobo Antunes también era un firme candidato a dicho galardón.
Renacimiento: la edad de oro
Gil Vicente (1470-1580), creador del teatro nacional portugués, fue también uno de los grandes autores clásicos de la literatura española (la tercera parte de su obra está escrita en español). En aquella época, Portugal vivía bajo la influencia cultural de Castilla y el bilingüismo era habitual entre los más cultos. Sus obras criticaban sin piedad a la sociedad portuguesa, especialmente a la Iglesia.
Un gran poeta épico
Durante mucho tiempo, Os Lusíadas, de Luís de Camões (1524-1580), fue la obra clave de la literatura portuguesa y hasta los niños aprendían de memoria largos pasajes en la escuela. Este poema épico, dividido en diez cantos, narra el glorioso pasado de un pueblo, le muestra el mundo e inventa un sueño a su medida. Su protagonista es Vasco de Gama, descubridor de tierras lejanas. Gran viajero a su pesar, Camões fue víctima de su destino y pasó dieciocho años navegando de las costas africanas a las de las Indias y China, tierras que Vasco de Gama había descubierto cincuenta años antes. Basándose, pues, en su propia experiencia escribió esta epopeya que, según Montesquieu, era superior a la Odisea. Camões murió en 1580, cuando Felipe II anexionó Portugal a España; el final de un mundo del que Os Lusiadas fue el epitafio. El 10 de junio, aniversario de la muerte de Camões –autor además de magníficos sonetos–, se celebra la fiesta nacional portuguesa. Contemporáneo de Luís de Camões, Fernão Mendes Pinto (1509-1583) vagabundeó también durante casi veinticinco años por Oriente y a su regreso escribió Peregrinación, una gran novela de aventuras que relata con tono sarcástico las tribulaciones asiáticas de mercaderes, misioneros y bandidos.
El maestro del s. XVII
La extraordinaria figura del padre António Vieira (1608-1697) domina el s. XVII portugués. Según Pessoa, este jesuita, que fue escritor, diplomático, economista y predicador, llegó a ser el “emperador del idioma portugués”. Su inteligencia polivalente le permitió escribir desde sermones enardecidos hasta textos literarios de gran claridad, pasando por panfletos vitriólicos y escritos mesiánicos. Fue víctima de la Inquisición y pasó un tiempo en la cárcel. Historia del futuro fue su obra maestra.
Del romanticismo al realismo
Escritor y político liberal, Almeida Garrett (1799-1854) fue uno de los máximos representantes del romanticismo portugués. Además de ardientes poemas de amor, escribió Viajes por mi país, un libro de viajes que evoca con ironía y humor la situación política, social y cultural de Portugal en 1843. Es una de las grandes obras de la literatura portuguesa.
Extraordinariamente prolijo, el escritor romántico Camilo Castelo Branco (1825-1890) publicó un total de 260 obras, novelas, cuentos y narraciones. Su obra maestra, Amor de perdición, es una novela intensa y dramática llevada al cine por Manoel de Oliveira. Branco tenía el sentimiento trágico de vivir en un mundo en plena mutación. Su suicidio marcó el final del romanticismo.
José Maria Eça de Queirós (1845-1900), el Zola portugués, escribió obras costumbristas con un trasfondo de crítica social. En Los Maias, su mejor obra, describió con un humor feroz la sociedad burguesa y decadente de Lisboa. Jorge Luis Borges le consideraba uno de los mejores escritores de su época. Se incorporó muy joven a la carrera diplomática y en 1889 fue nombrado cónsul en París, ciudad en la que vivió hasta su muerte. Dividido entre su admiración por la Europa moderna y el amor que profesaba a su país, aún muy atrasado, fue miembro de un grupo llamado Los Vencidos por la Vida. Fue amigo íntimo del historiador Oliveira Martins (1845-1894), autor de la Historia de Portugal.
Pessoa, el único
Escritor de renombre universal, Fernando Pessoa (1888-1935) es el genio de las letras portuguesas, la referencia absoluta. En vida sólo publicó una obra, Mensaje. Pero con su muerte se descubrió la existencia de una maleta con 27.000 manuscritos, firmados por 72 autores diferentes, en realidad otros tantos dobles literarios, dotados de una vida propia inventada por el escritor y a quienes Pessoa atribuyó un nombre, una fecha de nacimiento y una filosofía de vida. Imprescindible leer el Libro del desasosiego y recorrer los versos de sus poemas, una obra extraña y misteriosa que habla del desencanto del mundo.
En torno a Pessoa
En sus textos cortos y cincelados, Miguel Torga (1907-1995) evocó las tierras portuguesas, sus fuerzas elementales y sus mitos. Su obra (poesías, novelas, un diario) constituye una magnífica reflexión sobre el ser humano y su tierra natal.
La posguerra
Agustina Bessa Luís (nacida en 1922) es una gran estrella en Portugal. Autora prolífica, ha publicado cerca de 50 novelas y biografías, así como guiones de cine y adaptaciones de algunas de sus obras por encargo del director Manoel de Oliveira. Su estilo disecciona imágenes de su país y de la sociedad en general.
La renovación de las letras portuguesas
José Saramago (nacido en 1922) ejerció mil oficios antes de dedicarse a la literatura; de hecho, el éxito le llegó a los 60 años con Memorial del convento (1982), un libro rompedor, épico y barroco con el que intentó desmontar dogmas y verdades establecidas. En 1992, la Iglesia pidió que se prohibiera su novela El Evangelio según Jesucristo, porque consideraba que era un atentado contra el patrimonio religioso de los portugueses; Saramago decidió entonces exiliarse en la isla de Lanzarote, donde el importe del Premio Nobel le permitió consagrarse tranquilamente a la escritura. La historia y la lucha entre el bien y el mal son los temas fundamentales de su obra.
La fama de António Lobo Antunes es ya universal. Este médico psiquiatra es un escritor provocador, iconoclasta y de estilo caótico que incorpora a sus textos metáforas surgidas de una visión pesimista de Portugal. Sus personajes, trágicos y desesperados, están condenados al infierno. El culo del mundo (1979), sobre la guerra de Angola, fue su primer éxito importante y la mejor introducción a su obra. Él mismo dice de sus libros: “Me gustaría que los lectores los cogieran como una enfermedad”.
La primera novela de Lídia Jorge, O día dos prodígios (1980), es una evocación de los mitos populares portugueses y una descripción de la vida cotidiana de una familia de campesinos del Algarve –su región natal– en tiempos de la dictadura. Reflejó su experiencia africana como mujer de un oficial durante la guerra colonial de Mozambique en La costa de los murmullos. Su estilo sin concesiones, realista y lírico a la vez, la han convertido en la memoria del pueblo portugués.
Considerado el mejor ensayista de su país, Eduardo Lourenço es autor de varias obras políticas sobre la Revolución de 1974, así como de varios estudios sobre la identidad portuguesa entre los que se cuenta la excelente Mitología de la saudade. Sus textos, de gran calidad literaria, destacan por su lirismo nostálgico.

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