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El fado

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El fado

El fado nació a mediados del s. XIX en los barrios populares de Lisboa. Hay quien dice que tuvo su origen en el lundum, una danza con raíz angoleña que se baila en Brasil en honor de Kilundu, una divinidad responsable del destino de los hombres. Tiene además influencias de la música árabe y de la tradición medieval de los trovadores. El fado sabe a mar y a canciones marineras; es triste como algunos palos del flamenco y habla de amor, de odio y de muerte.


Canto desgarrado del alma portuguesa

La palabra fado procede del latín fatum, destino. En su origen fue un baile y luego pasó a cantarse en las casas de alterne; sus intérpretes, las prostitutas, representaban la fatalidad femenina, las mujeres del fado. La primera cantante de fado conocida fue Maria Severa Onofriana, llamada la Severa. Nacida en un barrio de mala fama, la Mouraria, destacó ante todo por su sensibilidad. Su idilio con el conde de Vimioso y su muerte precoz en 1848, con tan sólo 26 años, contribuyeron a forjar su leyenda; en 1989 se erigió una placa conmemorativa en la casa donde vivió.

El fado, la sociedad y el poder

El fado se desarrolló al margen de la sociedad, en las tabernas más pobres de la capital. Los primeros fadistas fueron prostitutas y gentes de mal vivir. Después, el fado afirmó su identidad y se convirtió en la voz de los marginales, de los críticos con la sociedad y de los reivindicadores de derechos. Tras la revolución liberal (1834), los jóvenes aristócratas empezaron a mezclarse con el pueblo, se apropiaron del arte popular del fado y lo introdujeron en los salones, provocando una profunda conmoción entre los defensores de la moral.

En Oporto, a principios del s. XX, la naciente industria discográfica contribuyó a divulgar el fado y a asentar sus bases. Un poco más tarde, en Coímbra, los estudiantes crearon un estilo nuevo, más intelectual y rico desde el punto de vista musical. En la segunda mitad del s. XX, el fado accedió a los escenarios de los teatros de revista y luego a establecimientos especializados, las casas de fado. En tiempos de la dictadura de Salazar, el fado fue víctima de la censura, que se esforzó en acallar las protestas que subyacían en dicho género a fin de desligarlo de sus orígenes urbanos e integrarlo en la moral cristiana nacionalista. Para controlar mejor a los fadistas, el Gobierno les obligó a profesionalizarse. De este modo, el fado se convirtió en instrumento de propaganda.

Rodrigues, Amália

Esta grandísima intérprete fue la artífice de la popularización e internacionalización del fado. Al tiempo que respetaba las raíces de esta música tan especial, tuvo la habilidad de innovar con aportaciones de los mejores poetas, Pessoa en particular. En 1974, durante la Revolución de los Claveles, se le reprochó su buen entendimiento con el poder. Ella se defendió diciendo que había ayudado al Partido Comunista, pero no logró convencer a sus detractores y se vio marginada. En 1990, el presidente Mário Soares le otorgó la condecoración más importante del país. En 1999, sus funerales tuvieron carácter nacional y recibió el reconocimiento unánime de la población.

La renovación

El fado, demasiado asociado al oscurantismo de la política salazarista, entró entonces en crisis para renacer posteriormente con fuerza en los años noventa. Varias cantantes intentaron renovar el estilo del género sin romper con la tradición. Entre las artistas más insignes cabe destacar a Cristina Branco, Mísia, Mariza, Katia Guerreiro, Bevinda, así como a Teresa Salgueiro, solista del grupo Madre Deus. Algunas colaboran con los autores más destacados de la literatura contemporánea, como Lidia Jorge, José Saramago y António Lobo Antunes.