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Historia

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Historia

En la primera mitad del s. XII surgió en la Península Ibérica el nuevo Estado de Portugal. Tras consolidar su independencia, en 1297 estableció definitivamente sus fronteras, las más antiguas de Europa, y resistió al intento de unificación que llevó a cabo su poderoso vecino, el reino de Castilla. A partir de ese momento, el reino luso dio la espalda al continente, exploró los océanos y sentó, en parte, las bases de la expansión europea en todo el mundo. Gracias a los Grandes Descubrimientos se convirtió en un gigantesco imperio. Los portugueses evangelizaron las nuevas tierras y obtuvieron grandes beneficios con el comercio de oro y especias. Llegaron a ser ricos, muy ricos, pero en el excepcional destino de este país también estaba escrita su inevitable decadenacia. Finalizado el proceso de descolonización, que se saldó con bastantes sobresaltos, Portugal perdió todas sus posesiones territoriales y todos sus sueños de grandeza. A finales del s. XX, después de desembarazarse de la asfixiante dictadura de Salazar, Portugal descubrió Europa y finalmente ocupó el puesto que por derecho le correspondía.


De la conquista romana a la ocupación árabe

Después de que los romanos expulsaran a los cartagineses de la Península Ibérica durante la segunda guerra púnica (218-201 a. C.), por el camino se encontraron a los celtíberos, tribus resultantes de la fusión de los íberos y de los celtas que llegaron del centro de Europa a través de las Galias. Los lusitanos, una de esas tribus, constituían ya en aquella época una poderosa nación. Tras una resistencia feroz, que el jefe Viriato encabezó entre 147 y 139, los lusitanos fueron definitivamente derrotados en el año 73. El futuro Portugal viviría así varios siglos bajo la Pax Romana, tiempo suficiente para que el latín se convirtiera en origen de su idioma.

Las invasiones germánicas, a principios del s. V d. C., acabaron con la dominación romana. Los suevos fundaron un imperio que los visigodos absorbieron en 585. La conquista islámica comenzó en 711. En el año 715 toda la Península estaba ocupada, excepto Asturias. La Reconquista comenzó en el año 718, cuando Don Pelayo, rey de los astures venció a los musulmanes en Covadonga. En el s. IX, la región de Portucale, situada al norte del río Mondego, consiguió liberarse del dominio musulmán.


La formación del reino

Alfonso VI, rey de Castilla y León, se anexionó Galicia y Portucale como paso previo al control de toda la Península. En la guerra contra los musulmanes contó con el apoyo de caballeros del otro lado de los Pirineos. Como consecuencia de su matrimonio con Constanza de Borgoña, bisnieta de Hugo Capeto, el linaje de los reyes francos llegó al país.

Dinastía de los Borgoña

1128-1383

Otros matrimonios posteriores vincularon estrechamente la casa de Borgoña con Portugal. Raimundo de Borgoña se casó con Urraca, hija legítima de Alfonso VI y su única heredera. El hijo de ambos, Alfonso Raimundo, se convirtió en Alfonso VII de Castilla en 1126. Enrique de Borgoña se casó con Teresa, hija ilegítima de Alfonso VI. Su hijo Alfonso Enríquez fue nombrado conde de Portucale en 1128.

Afonso Enríquez, que era vasallo de su primo Alfonso VII de Castilla, venció en Ourique (1139) a cinco reyes musulmanes y se proclamó rey un año después con el nombre de Alfonso I Enríquez. En 1147, el primer rey de Portugal consiguió extender sus dominios al valle del Tajo tras conquistar Lisboa y Santarém. En 1179, el papa Alejandro III reconoció su soberanía y concedió a Portugal el estatuto de reino.

Fronteras duraderas

En 1250 terminó la Reconquista portuguesa con la expulsión de los musulmanes de todas las ciudades del Algarve. Lisboa fue designada capital del reino en 1256. El Tratado de Badajoz en 1268 puso fin al desacuerdo existente entre Castilla y Portugal a propósito de su frontera común; el Tratado de Alcañices (1297) recogió algunas rectificaciones y estableció definitivamente las fronteras de Portugal, que permanecieron inmutables hasta 1801. En aquella fecha, tras la Guerra de las Naranjas, la ciudad de Olivenza se incorporó a España.

Durante el reinado de Dinis I (1279-1325), Portugal vivió la “divina paz dorada”. El rey mandó construir varias fortalezas para defender el país de eventuales ataques musulmanes. Este monarca fue un hombre culto y uno de los grandes poetas líricos de la Edad Media portuguesa. Fundó la Universidad de Coímbra y declaró el “portugués” dialecto de la región de Oporto, idioma oficial del país.


Dinastía de los Avis: los Grandes Descubrimientos

1385-1578

Fernando I –bisnieto de Dinis I–, tras perder dos guerras contra Castilla, se vio obligado a conceder la mano de su única heredera a Juan de Castilla, poniendo así en peligro la independencia del reino. A su muerte, su hermano bastardo Juan liberó el territorio de la ocupación castellana.

Con la proclamación como rey, el 6 de abril de 1385, Juan I fundó la dinastía de los Avis, que reinó en Portugal durante dos siglos. Bajo el mando del glorioso Nunho Álvarez Pereira, su ejército consiguió la victoria de Aljubarrota el 15 de agosto de 1385. En señal de agradecimiento al Todopoderoso, erigió, en la zona, el monasterio de Batalha. En 1386, Juan I, mediante el Tratado de Windsor, logró la alianza con Inglaterra para luchar contra Castilla. Dicho tratado fue clave para la diplomacia portuguesa durante siglos.

De descubrimiento en descubrimiento

Dada su posición geográfica, Portugal era un país de marinos aguerridos que no tardaron en emprender la exploración de las costas africanas.

Comercio y cruzadas

Los portugueses, con la inspiración divina, quisieron llegar al mítico reino cristiano del padre Juan, situado en algún lugar de los confines de Etiopía y el África oriental, una región conocida entonces como “las Indias”. El Papa respaldó las ambiciones portuguesas y facilitó a Enrique el Navegante las bulas que le autorizaban a someter a los sarracenos y a convertir a los paganos. También se le recomendó que los convirtiera en esclavos y se apropiara de sus bienes y tierras. De hecho, la Iglesia consideraba estos viajes como auténticas cruzadas. A cambio, los portugueses obtuvieron el monopolio de las conquistas, desde las costas africanas hasta las Indias.

El infante Enrique el Navegante

A pesar de su apodo, el infante sólo se embarcó una vez. En realidad, se dedicó sobre todo a controlar Marruecos y a luchar contra los musulmanes para reconquistar Jerusalén. Hoy en día se pone en tela de juicio su papel desempeñado en las conquistas portuguesas y hasta se cuestiona la existencia de su famosa escuela de Sagres, que, según la tradición, estaba constituida por un grupo de sabios que diseñaron y planificaron las conquistas portuguesas. Se cree que, como mucho, contó con la colaboración de varias personas cultas; es decir, las que habitualmente rodeaban a los príncipes de su rango. Sin duda, le interesaron los descubrimientos y los apoyó con la fortuna procedente de la Orden de Cristo, pero al parecer nunca contó con una visión estratégica al respecto, salvo, quizás, al final de sus días, ya con los descubrimientos más avanzados. La posibilidad de rodear África para llegar a las Indias era en aquella época un proyecto razonable. En 1415, una expedición a Marruecos permitió la conquista de Ceuta, ciudad que se convertiría en base de operaciones para explorar las costas occidentales de África.

Hacia el cabo de Buena Esperanza

Los navegantes descubrieron el archipiélago de Madeira (1418) y unos años después el de las Azores (1427). Desafiaron al “mar tenebroso” y poco a poco fueron avanzando cada vez más hacia el sur.

En 1434, Gil Eanes dobló el cabo Bojador (Sáhara Occidental), considerado en aquella época el fin del mundo. A partir de entonces se disiparon los temores y se sucedieron las expediciones. En 1441, Nuno Tristão llegó al cabo Blanco (Mauritania); tres años después descubrió el río Senegal. En 1446, Alvaro Fernandes consiguió llegar a Guinea-Bissau.

Los portugueses empezaron a obtener grandes beneficios con el comercio de esclavos, que capturaban ellos mismos o que compraban a los mercaderes musulmanes o africanos. A partir de 1450 se enviaban anualmente a Portugal entre 700 y 800 esclavos, mientras el oro seguía afluyendo al reino.

Juan II (1481-1495), conocido como el Perfecto, reafirmó la voluntad portuguesa de explorar el Atlántico. En 1488, Bartolomé Díaz dobló el cabo de las Tormentas. El rey lo rebautizó inmediatamente como “cabo de Buena Esperanza” para que no hubiera dudas sobre su decisión de llegar a las Indias rodeando África. Así se pudo demostrar que los océanos Atlántico e Índico estaban comunicados, una realidad muy cuestionada por aquel entonces.

El Tratado de Tordesillas

Con la firma de este tratado en 1494, España y Portugal se repartieron el mundo que quedaba por descubrir. Dos años antes, el genovés Cristóbal Colón, cuyos servicios fueron rechazados por Juan II, había descubierto América en nombre de los Reyes Católicos. El tratado establecía que todas las tierras que España descubriese a 370 leguas marinas al oeste del meridiano que pasaba por las islas de Cabo Verde le pertenecerían; las situadas al este serían para los portugueses. Es muy probable que en aquel momento estos últimos ya hubiesen descubierto Brasil, de modo que así se aseguraban su posesión exclusiva.

Vasco de Gama y la ruta de las Indias

Manuel I, (1495-1521), llamado el Afortunado consolidó la expansión iniciada durante el reinado de Juan II y, en 1497, encargó a Vasco de Gama que organizara una expedición a las Indias. El navegante regresó dos años después con un cargamento de especias mucho menor de lo esperado, porque tuvo que hacer frente a la hostilidad de los mercaderes musulmanes, que ya se habían establecido en el océano Índico. Este viaje permitió abrir la ruta de las Indias, o ruta del Cabo, que las naves tardaban seis meses en recorrer desde Lisboa. En 1500, Pedro Álvares Cabral impuso por la fuerza la presencia portuguesa. Pero hubo que esperar a que Vasco de Gama realizase un segundo viaje para dominar todo el océano Índico.

Alfonso de Albuquerque, que conquistó Goa (1510), Malacca (1511) y Ormuz (1515), puso en manos de Portugal el control del comercio de las especias. Venecia perdió su privilegiada posición en Oriente al tiempo que el imperio portugués establecía una red de feitorias (destacamentos comerciales), defendidos mediante fortalezas.

Brasil

En 1500, de camino a las Indias, Cabral dio un rodeo por Brasil y tomó posesión del territorio el 1 de mayo “en nombre de Dios y del rey de Portugal”. Creyó que las tierras recién descubiertas poseían pocos recursos naturales y pensó que sería mejor orientar sus esfuerzos hacia Oriente, pero como Francia le disputó el territorio, Portugal decidió colonizarlo para resistir mejor los ataques galos.

España pronto mostró también su interés por Brasil, pero decidió abrir una nueva ruta de las especias que pasara por el oeste. Así fue como Fernão de Magalhães (Fernando de Magallanes), un navegante portugués que se había “pasado al enemigo”, descubrió en el sur de Argentina el estrecho que más tarde llevaría su nombre. Magallanes fue asesinado en Filipinas en 1521. Uno de los barcos de su flotilla regresó a España rodeando África. Se acababa de completar la primera vuelta al mundo (1522).

Cada vez más al este

Movidos por intereses comerciales, los portugueses no se detuvieron y siguieron navegando hacia el este. En 1517 fundaron la primera embajada europea en China. En 1557 obtuvieron la pequeña isla de Macao y establecieron en ella una delegación comercial. Desembarcaron en Japón en 1543 e introdujeron en el país las armas de fuego. Los jesuitas, que seguían los pasos de los comerciantes, llevaron a cabo una importante labor de evangelización y en 1581 había ya más de 150.000 cristianos en el archipiélago.

Conversión forzada e Inquisición

Aunque anuló el decreto de expulsión de los judíos (1496) por considerarlo perjudicial para la economía del reino, Manuel I obligó a estos últimos a convertirse al cristianismo, quienes, a partir de entonces, pasaron a llamarse cristãos-novos (cristianos nuevos). Los judíos que siguieron practicando en secreto su religión recibieron el nombre de “marranos”.

Juan III recibió el sobrenombre de el Piadoso (1521-1557), debido a su enérgica persecución de la herejía. Sus esfuerzos cristalizaron con la creación del Santo Oficio de la Inquisición en 1536. Los marranos fueron sus primeras víctimas y muchos de ellos fueron desposeídos de sus bienes. A su vez, Juan III inició el abandono progresivo de Marruecos para concentrar todos sus esfuerzos en las Indias.

Al-Ksar-al-Kibir, o el fin de los Avis

Sebastián I (1557-1578), que accedió al trono a los 3 años de edad, murió muy joven, a los 24 años, en Al-Ksar-al-Kibir (Alcazarquivir), Marruecos. Llevado por su carácter fogoso y sus sueños de gloria, condujo su gran ejército a la derrota. Con su muerte se extinguió la Casa de los Avis y comenzó el declive de Portugal. Como después de la batalla no se puedo encontrar el cuerpo del soberano, surgió una leyenda que se extendería por todo el país durante la dominación española y según la cual el rey reaparecería algún día para salvar a su país y devolverle la gloria perdida.


La dominación española

El rey de España Felipe II, hijo de la infanta Isabel, sucedió en 1580 a su sobrino Sebastián I con el nombre de Felipe I, después de invadir el país y vencer a los otros dos aspirantes al trono. Pero se presentó como sucesor natural y no como conquistador y cuando tomó el poder firmó el Estatuto de Tomar, por el que se establecía la independencia de Portugal. La complementariedad de los dos imperios facilitó el proceso de acercamiento.

Hacia la independencia

En 1640, cuando ya España no estaba en condiciones de defender el comercio portugués y cuando los sucesores de Felipe II dejaron de respetar el Estatuto de Tomar, el espíritu de independencia, que nunca se había extinguido del todo, prendió la mecha de la revuelta. El 1 de diciembre, un golpe de Estado situó en el poder al duque Juan de Braganza, que fue designado rey con el nombre de Juan IV (1640-1656). La dinastía de Braganza reinaría hasta 1853.

El golpe de Estado provocó una larga guerra de independencia. En 1668, España reconoció por fin su derrota y la independencia de Portugal. El imperio, muy debilitado tras la guerra, se vio obligado a elegir entre Brasil y las Indias. Asia quedó abandonada en beneficio de holandeses e ingleses y todos los esfuerzos se concentraron en Brasil, gran productor de azúcar y tabaco, que había financiado en gran parte la independencia.


El oro de Brasil

Portugal empezó a enriquecerse a pasos agigantados con el oro de Brasil. El rey Juan V (1706-1750), creyéndose Luis XIV, empezó a gastar a manos llenas y no realizó las inversiones necesarias para garantizar a largo plazo la prosperidad del país. La industria productiva y los transportes se dejaron en manos de los ingleses mientras el rey mandó construir el gigantesco palacio-convento de Mafra, en un intento por emular a Versalles y El Escorial. En 1703, Portugal firmó con Inglaterra el Tratado de Methuen que favorecía las exportaciones de vino de Oporto, elaborado por ingleses para los ingleses. A cambio, Inglaterra exportaba sus tejidos a Brasil y Portugal. La especialización impuesta por dicho tratado frenó la industrialización de Portugal, convirtiéndolo así en un país económicamente dependiente.

Pombal, un déspota ilustrado

El marqués de Pombal, primer ministro de José I (1750-1777), reinó en lugar del monarca y dirigió el país con mano férrea. Reforzó el poder real frente a la gran nobleza y a la Iglesia; los jesuitas fueron expulsados del país en 1759. El 1 de noviembre de 1755, un terremoto destruyó gran parte de Lisboa. Pombal dirigió los trabajos de reconstrucción para convertir la nueva ciudad en un símbolo del moderno Portugal, con vocación comercial e industrial.


Guerras napoleónicas

Portugal se alió con Inglaterra y España para luchar contra la Francia revolucionaria. En 1793, la campaña militar llevada a cabo en el Rosellón por las dos naciones ibéricas concluyó con la firma de un tratado de paz entre Francia y España (1795). Portugal, único apoyo de Inglaterra en el continente, vio amenazadas entonces sus fronteras. En 1801, las tropas francesas lograron traspasarlas con el apoyo de España. La llamada “Guerra de las Naranjas” duró sólo dos semanas. Portugal fue derrotada y rompió aparentemente sus relaciones con Inglaterra, pero el bloqueo del continente por parte de Napoleón (1806) le forzó a aclarar su posición y prefirió entrar en guerra antes que perder su imperio colonial. El general francés Junot se apoderó de Lisboa en 1807 y la familia real huyó a Brasil con intención de salvaguardar su soberanía y la independencia de su pueblo.

Sir Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, hizo batirse en retirada a los franceses, quienes por dos veces intentaron conquistar el país sin éxito (Soult en 1809, y Massena en 1810). Wellington demostró su gran fortaleza, con el apoyo de un ejército portugués reorganizado, dirigido por el general británico William Beresford y por los guerrilleros.


El final de la monarquía

Tras la expulsión definitiva de los franceses, Portugal quedó exhausto y bajo la dominación inglesa. Beresford tomó el poder y lo conservó hasta el final del largo exilio de Juan VI en Brasil (1821). En 1815, este último había fundado el “Reino Unido de Portugal, del Brasil y de los Algarves”, con capital en Río de Janeiro.

Pronto, el antiguo liberador inglés empezó a ser considerado un tirano y fue derrocado en 1820 por una revolución liberal que desembocó en la audaz Constitución de 1822, año en que Brasil proclamó su independencia. Pedro IV, hijo mayor de Juan VI, adoptó el nombre de Pedro I, emperador de Brasil. A la muerte de su padre, edulcoró la Constitución, abdicó en favor de su hija María, de sólo 7 años, y propuso la regencia a su hermano Miguel.

Miguel, opuesto a la monarquía constitucional, defendió la monarquía absoluta y se apoderó del trono en 1828. Los dos hermanos se declararon la guerra; uno con el apoyo de los liberales, y el otro con el de los absolutistas. Pedro obtuvo la victoria en 1834 con el apoyo de los ingleses y María II recuperó el trono. En 1836, ésta se casó con Fernando de Sajonia-Coburgo y fundó la dinastía de los Coburgo-Braganza, que reinaría hasta 1910. Ese mismo año se abolió la esclavitud.

Crisis de la monarquía

El sistema bipartito, basado en la alternancia automática en el poder de conservadores y progresistas (rotativismo), favoreció cierta estabilidad política durante los reinados de Pedro V (1853-1861) y Luis I (1861-1889). Pero fue insuficiente para remediar los arcaísmos sociales y económicos que lastraban al país.

Portugal, que soñaba con un nuevo imperio, emprendió una política de exploración y expansión desde sus delegaciones comerciales de Mozambique y Angola. Se trataba de reunir los dos territorios y ocupar el espacio que los separaba, hasta ese momento sin propietarios occidentales. Pero, en 1890, Londres frenó brutalmente el objetivo portugués y amenazó con arreglar las diferencias mediante las armas. El ultimátum británico exasperó a los republicanos, que denunciaron la impotencia de la monarquía y sus orígenes ingleses (Sajonia-Coburgo). Entonces se compuso A Portuguesa, que se convertiría en himno nacional en 1911.

La crisis política provocó la disolución de la Cámara en 1906 y hasta 1908 el país vivió bajo la dictadura de Joao Franco. El 1 de febrero de 1908, Carlos I y el príncipe heredero fueron asesinados; subió al trono su hijo menor con el nombre de Manuel II.


Salazar y el Estado Novo

El 5 de octubre de 1910 se proclamó la República, la tercera de Europa después de Francia y Suiza. La familia real tuvo que exiliarse. Pero el nuevo régimen era muy inestable y en dieciséis años se sucedieron ocho presidentes y cincuenta gobiernos. La participación en la Primera Guerra Mundial agravó aún más la situación interna del país. Los monárquicos y los republicanos se enfrentaron sin tregua hasta que, en 1926, acabó instaurándose una dictadura militar dirigida por el general Carmona. En 1927 y 1931 se produjeron varias revueltas que fueron violentamente reprimidas. Muchos republicanos emigraron a Francia y Brasil.

Una dictadura a medida

En 1928, incapaces de resolver los problemas económicos, los militares nombraron ministro de Economía a un profesor de Economía Política de la Universidad de Coímbra, António de Oliveira Salazar. Este católico, simpatizante de los círculos ultraconservadores, enderezó las cuentas del país y pronto se ganó la confianza de sus compatriotas.

En 1933, tras ser elegido presidente del Gobierno, Salazar desbancó del mando a los militares y promulgó la Constitución del “Estado Nuevo” (Estado Novo), una dictadura con aspecto de república, pero basada en una policía política –la PIDE, Policia Internacional e de Defesa do Estado–, la prohibición de los partidos políticos y la censura de la prensa. A partir de entonces, trató de proteger a Portugal de las influencias extranjeras y mantenerlo aislado del resto del mundo para que nadie pudiera discutir su poder absoluto.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Portugal se mantuvo neutral, como la España de Franco. En 1949, Salazar logró un gran triunfo en el panorama internacional con Portugal como miembro fundador de la OTAN. El país entró en la ONU en 1955.

Emigraciones y guerras coloniales

En los años sesenta, muchos portugueses emigraron al extranjero. La falta de empleo condujo al 20% de la población activa a abandonar el país y exiliarse a Francia y Bélgica. Las guerras coloniales agravaron aún más la situación. En 1961, los primeros reveses sufridos por el Imperio hundieron el universo ideal de Salazar. India se apoderó de Goa y la guerra de liberación iniciada en Angola se extendió a Guinea-Bissau (1963) y Mozambique (1964).


La Revolución de los Claveles

25 de abril de 1974

Víctima de un accidente cerebrovascular a los 79 años, Salazar fue declarado incapaz para gobernar. Marcello Caetano le sucedió en septiembre de 1968. El país se asfixiaba con las guerras coloniales y, para evitar males mayores, los militares decidieron derribar al Gobierno.

Una revolución con música

La revolución comenzó con los primeros compases de la canción Grândola Vila Morena, que empezó a emitirse por la radio a las 0.30 horas del 25 de abril de 1974. Era la señal que esperaban los jóvenes oficiales decididos a acabar con el régimen. Pertenecían al Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) y rápidamente situaron sus carros blindados en los puntos estratégicos de Lisboa.

La gente invadió las calles de la ciudad. Todo el mundo llevaba en la mano un clavel rojo para simbolizar su apoyo, y los militares los pusieron en los cañones de sus fusiles. A pesar de la consigna de no provocar ningún derramamiento de sangre, cerca del cuartel general de la PIDE varios incidentes se saldaron con la muerte de seis manifestantes y un policía.

A las seis de la tarde, Caetano presentó su dimisión y con ella cayó el régimen de Salazar. El 15 de mayo de 1974, el general Spínola fue elegido presidente de la República. A pesar de no pertencer al MFA, el Movimiento tuvo en cuenta su gran notoriedad para consolidar la revolución.

La época de todos los peligros

A partir de entonces se inició el proceso de descolonización: Guinea-Bissau en 1974, Mozambique, Cabo Verde, Santo Tomé y Angola en 1975 y Timor en 1976. Setecientos mil repatriados se refugiaron en la metrópoli. Pero el programa unificador del MFA –democratizar, descolonizar, desarrollar–, de inspiración izquierdista, no consiguió superar las profundas divergencias exigentes con Spínola, quien dimitió el 11 de marzo de 1975. La revolución se radicalizó porque los partidarios del poder popular (Partido Comunista, extrema izquierda, una parte del MFA) se opusieron a los moderados (Partido Socialista, Partido Popular Democrático). Los desórdenes se multiplicaron y, el 25 de noviembre, un intento de golpe de Estado puso fin a este período turbulento. La Constitución del 2 de abril de 1976, de inspiración socialista, institucionalizó la revolución.


Europa y la modernidad

En 1986 tuvo lugar el último “gran descubrimiento” portugués cuando el país ingresó en la CEE. El socialista Mário Soares, elegido presidente de la República, fue el primer civil en ocupar este cargo tras la revolución. Designó primer ministro a Cavaco Silva, del Partido Social Demócrata (PSD, de centro derecha), proclamado vencedor de las elecciones legislativas unos meses antes. Soares obtuvo un gran triunfo electoral en 1991. El país se modernizó y recuperó la confianza perdida. En 1994, Lisboa fue “capital cultural de Europa”, distinción que se completaría años después con la organización de la Expo 98.

En 1996, el socialista Jorge Sampaio accedió a la presidencia de la República y fue reelegido en 2001. En 1999, el territorio de Macao se incorporó a China. En 2002, José Manuel Durão Barroso consiguió que la derecha ganara las elecciones legislativas y fue designado primer ministro. En 2004 pasó a ocupar la presidencia de la Comisión Europea. Toda una consagración para Portugal.