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Lisboa, capital de un nuevo mundo
Lisboa, capital de un nuevo mundo
Lisboa, con sus siete colinas y sus tejas rojas, sería casi como una Roma a la que le hubieran entrado deseos de viajar y se hubiera trasladado hasta la orilla del mar para ver partir a los navíos, dejando el tiempo pasar.
A pesar de su fama de ciudad lenta, para algunos incluso lánguida, Lisboa ha ido evolucionando poco a poco hacia la modernidad hasta adoptar un nuevo aspecto, rejuvenecido, pero sin olvidar su respetable pasado. Pero no nos engañemos... Tras su aspecto apacible, Lisboa es también la ciudad de los sobresaltos bruscos y de los cambios imprevisibles y repentinos. Cuando ya pensamos que la conocemos palmo a palmo, es capaz de agitarse con tanta fuerza que se pierden las referencias y todo cambia y se confunde.
- 1755, la tierra tiembla
- 1928, seísmo político
- 1974, la Revolución de los Claveles
- 1986, la entrada en Europa
- Lisboa en el s. XXI
1755, la tierra tiembla
El famoso y terrible terremoto de 1755 destruyó la ciudad cuando ésta vivía su máximo esplendor de poderío barroco; sin embargo, la ciudad renació de sus cenizas como un fénix joven y nuevo. El obstinado marqués de Pombal acometió la reconstrucción de la Baixa, la ciudad baja. Y además, como si intentara desafiar a la propia naturaleza, decidió convertirla en un lugar de inusitada belleza. En el lugar más castigado por el seísmo construyó la Praça do Commercio (la plaza del Comercio), el corazón de Lisboa, un símbolo de prosperidad abierto al Tajo. Su ornamentación y sus estatuas recuerdan que fue precisamente a través de la desembocadura del río, el mar de Paja, por donde Portugal recibió durante cinco siglos las riquezas procedentes de ultramar.
1928, seísmo político
Otra sacudida, esta vez política. Lisboa, traumatizada por la crisis económica y la Primera Guerra Mundial, no sabía qué rumbo tomar. Entonces, un estricto y dictatorial catedrático de Derecho, Salazar, tomó el mando.
Durante casi cincuenta años, la ciudad vivió en una especie de era glacial en la que parecía que el tiempo se hubiera congelado. La Lisboa de esa época estaba tan segura de que el tiempo no le alcanzaría nunca que se movía al mismo ritmo que el eterno tranvía que traqueteaba por las callejuelas de la Alfama. El régimen deseaba que no cambiara nada, que los pobres siguieran siendo pobres y los ricos conservaran su posición, aunque sin excesos (el precio de los alquileres se congeló durante más de cincuenta años), y que Portugal mantuviera sus colonias africanas para seguir creyendo en su grandeza. Fue una época dura en la que hubo que emigrar para ganarse el pan.
Sin embargo, la economía lisboeta, dependiente del extranjero, supo disimular ante los visitantes. Como se decía entonces, fue el reino de las tres “F”: fútbol, Fátima y fado. Una extraña combinación en la que se mezclaban los seguidores del Benfica, con fe ciega y la hermosa voz ronca y tierna de Amàlia Rodrigues.
1974, la Revolución de los Claveles
De nuevo, otro cataclismo. La fibra sensible del fado acabó convirtiéndose en la lluvia de claveles que, prendidos en la punta de sus fusiles, los soldados ofrecieron al pueblo, una buena mañana de abril. La Revolución de los Claveles se tiñó del color rojo, la dulzura y el poder euforizante de los ginja, los frescos bombones con guinda y un punto de alcohol que vendían en las pastelerías rococó de Belém y los quioscos de la Baixa.
Lisboa, que siempre se movió al ritmo de la música, entonó al unísono el Grandola, el himno nacional de los soldados de los claveles que anunciaba el comienzo de una nueva era, la reconquista de la libertad, el final de la guerra en África y la apertura a Europa.
El terremoto político de 1974 fue breve pero muy intenso y tuvo numerosas réplicas. La tranquila Lisboa se vio de pronto inmersa en toda una serie de convulsiones. Se organizaban manifestaciones a diario en las que el verde esperanza de la bandera portuguesa estaba eclipsado por el rojo, que simbolizaba promesas que se antojaban más inmediatas y osadas.
Sin embargo, el rojo perdió su brillo. Aunque inicialmente adoptó el tono de la rosa, comenzó a difuminarse y acabó diluyéndose en infinitos tonos pastel en las fachadas, de las que surgen notas de fado en las colinas de la Alfama popular o en las alturas del Bairro Alto.
1986, la entrada en Europa
La entrada de Portugal en la antigua Comunidad Económica Europea no fue brusca, pero no por ello el cambio fue menos radical. Como por arte de magia, Lisboa, que durante mucho tiempo se consideró más cercana a Brasil y Mozambique que a París o Londres, vio reducirse rápidamente la distancia que le separaba de los países del Antiguo Continente.
Para no quedarse atrás, la capital portuguesa decidió volver a revestirse de belleza. Comenzó por las baracas, unas construcciones insalubres, ilegales y precarias. Estas viviendas habían invandido una ciudad cuya población se había duplicado en los últimos treinta años y en la que, en 1985, los barrios clandestinos de las afueras ocupaban 150 km2 y alojaban a 300.000 personas.
Actualmente, quedan algunas baracas en la periferia de ciertos barrios, como Alcântara, pero han desaparecido por completo del centro histórico.
Lisboa en el s. XXI
Entre 1993 y 2006 se invirtieron importantes cantidades de dinero, con la cofinanciación de la Unión Europea, para embellecer la ciudad, especialmente para dos acontecimientos clave: la Exposición Universal de 1998 y la Copa de Europa de fútbol en 2004. Hoy, el puente Vasco de Gama, el más largo de Europa, se extiende sobre el Tajo como una flecha que apunta a la modernidad.
Si bien este cambio se caracteriza por la modernidad, en conjunto el nuevo paisaje de Lisboa se construye más bien a partir de lo antiguo; una tradición a la que se pretende devolver todo su esplendor. Así, tanto en el metro como en los edificios públicos, los magníficos azulejos azules que recuerdan un Portugal de leyenda han recobrado todo su brillo. Al igual que se ha devuelto su color marfileño a las filigranas de piedra de las iglesias y los palacios manuelinos.
Pero el patrimonio artístico de Lisboa no se limita a sus monumentos. Así, el Museo Calouste Gulbenkian es uno de los más ricos de Europa en colecciones de artes decorativas. Desde el verano de 2007 también se puede visitar el Museo de Arte Moderno de Lisboa, junto a la torre de Belém, en el viejo barrio marítimo del que partieron las carabelas de Vasco de Gama en el s. XVI. El museo constituye un sorprendente símbolo de unión entre tradición y modernidad en una capital que, bañada por el Tajo, recuerda a una ciudad faro que concilia sabiamente una mirada abierta al mundo con la veneración por un patrimonio cultural intangible.

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