Piense en Suiza, en los Alpes de Vaud con escapada incluida a Gstaad… Estos paisajes que solemos imaginar cubiertos por el blanco manto invernal la primavera los reinventa a su manera. Serenidad asegurada.
Este circuito de 90 km se hace fácilmente en un día. Sin embargo, para disfrutarlo plenamente le recomendamos le dedique 3 días.
Dirección pues a Ginebra y a la región del lago Léman, donde empiezan (o acaban, según se mire) los Alpes Vaudoises (en la Suiza de habla francesa).
Habría que pararse en las orillas del lago, hacer un alto en Lausana, Montreux o Chillon. A la vuelta quizá… Por ahora, lo que más nos interesa es lanzarnos al asalto de las cimas. Por ello tomamos las autopistas A1 y A9 para llegar directamente hasta Aigle.
De Aigle al puerto del Pillon
Aigle es el punto de partida de nuestro circuito por los Alpes de Vaud. La ciudad está situada en la llanura, en el extremo occidental del lago Léman, y ofrece al paseante algunas bonitas calles entre las que destaca la pintoresca rue de Jérusalem, estrecha y con casas antiguas conectadas entre sí por pasarelas cubiertas. Sin embargo, si tuviéramos que quedarnos con un lugar, nos quedaríamos con el castillo de Aigle, que parece montar guardia en medio de los viñedos con un paisaje de montañas como grandioso telón de fondo. Este antiguo feudo de la casa de Saboya (ss. XIII-XV) alberga hoy el Museo de la vid y el vino. Su papel defensivo se ejerce hoy en la salvaguardia del viñedo de Chablais, del que de en cierta medida es el emblema. Una sola cepa monopoliza 80% del viñedo: se trata de la uva chasselas, que alcanza un punto de madurez excepcional en la zona que circunda Aigle e Yvorne y da vinos con un marcado componente mineral.
Dejamos Aigle por la carretera 11 en dirección a Leysin. Muy pronto, el camino se hace empinado y lleno de curvas: durante varios kilómetros atravesamos viñas aferradas a abruptas laderas, luego angostas y arboladas cañadas. Abra las ventanas para impregnarse del olor del heno, el sotobosque, las setas, los alerces y los abetos rojos y dejarse acunar por el canto de los grillos y el tintineo de los cencerros de las vacas…
A unos 11 km de Aigle, a la altura del Sépey, tome a la izquierda en dirección a Leysin. Comienzan aquí 4,5 km de una carretera muy sinuosa con desniveles de hasta 11%.
Llegamos a Leysin: esta pequeña estación invernal a 1.300 m de altitud goza de un sol inusual por estas latitudes y de una bellísima panorámica. Pero si lo que quiere es admirar un espectáculo que le dejará sin habla, tome la telecabina que lleva hasta la cima de la Berneuse, a 2.048 m de altitud. Desde allí arriba podrá contemplar a vista de pájaro el valle del Ródano, el lago Léman, los Dientes del Midi y, más lejos, el Eiger, el Cernin y el Mont-Blanc. El no va más de los lujos sería almorzar en el Kuklos, un restaurante giratorio único (sólo existen tres de este tipo en el mundo) que describe una rotación de 360° en hora y media.
Leysin no tiene salida: tendrá que dar media vuelta y volver a bajar hasta el Sépey para subir de nuevo y bajar una vez más hasta Les Diablerets. Una carretera llena de imprevistos que serpentea por el seno del valle des Ormonts a través de un suntuoso decorado de pastos de alta montaña, laderas arboladas y cimas deslumbrantes. No podemos descuidar la prudencia: por más que estemos en alta montaña, estas carreteras están muy concurridas y no sólo por automovilistas. Son muchos los moteros (sobre todos suizos y alemanes) que se entregan aquí a su actividad favorita, seguidos a duras penas por columnas de ciclistas y montañistas de a pie.
Bajamos ahora hasta Les Diablerets, con sus chalés desperdigados al pie de un impresionante circo de montañas. Cierto que esta estación de esquí familiar no tiene el carácter mundano de Gstaad, pero en cambio puede presumir de tener una corona de cimas más impresionante: Diablerets (3.209 m), Culan (2.789 m), Scex Rouge (2.970 m)… El dominio esquiable es muy agradable y se extiende por tres macizos diferentes, lo que permite conectar con la estación de Villars-sur-Ollonsin quitarse los esquíes. Un destino que retendrán los amantes de los deportes de invierno.
La carretera hacia Gstaad prosigue luego por el puerto del Pillon, a 1.546 m de altura, lo que significa un desnivel de casi 400 m saliendo de Les Diablerets.
Llegados al puerto se impone un alto. Aparque al pie del teleférico que le llevará hasta el glaciar de Les Diablerets (o "Glacier 3.000"), uno de los mayores de Suiza y punto culminante de los Alpes de Vaud y del Saanenland. Desde aquí también, a 3 000 m de altitud, la vista de las cimas más bellas de los Alpes es impresionante. Y para aquellos que se sientan más atraídos por la acción que por la contemplación, el glaciar ofrece un sinfín de actividades: senderismo, via ferrata, snowpark, trineos tirados por perros, esquí de verano… También son varios los restaurantes, entre ellos uno gastronómico diseñado por el arquitecto Mario Botta.
De vuelta al puerto del Pillon vaya a pie, por un estrecho camino de montaña, hasta el lago del Retaud (1,5 km) que habrá visto durante la bajada en teleférico: esplendido espejo de aguas verdes en medio de pastos de alta montaña.
Gstaad y el Saanenland
Pasado el puerto del Pillon iniciamos la larga bajada hasta Gstaad. El paisaje se hace más despejado, los valles más amplios y las montañas menos abruptas.
Cambia también la lengua, pues pasamos de los Alpes de Vaud, de habla francesa, al Saanenland, de habla alemana. Otra curiosidad local: el Saanenland tiene tantas vacas como habitantes.
Aparte de esto, llegamos a Gsteig, a 15 min de Les Diablerets, sin percibir ningún otro cambio aparente. La arquitectura sigue siendo la misma: grandes casas en el estilo del Oberland bernés que constituyen lo que fuera de Suiza identificamos con el "típico chalé suizo".
Gsteig merece una breve parada que nos permita al menos admirar su iglesia gótica, declarada monumento.
Un majestuoso valle de 10 km separa Gsteig de Gstaad. Reina aquí una serenidad casi irreal, empezamos a sentirnos protagonistas de un anuncio de chocolate Milka.
El centro de nuestra escapada es, claro está, Gstaad, famosa por ser punto de encuentro de la jet set internacional. Y aunque el pueblo no pueda deshacerse de su reputación de localidad de montaña chic (el lujoso hotel Palace que lo domina con sus torreones neogóticos nos lo recuerda permanentemente), fuera de la temporada invernal no puede decirse que reine un ambiente excesivamente esnob.
De esta forma, podremos pasear con toda tranquilidad por su centro peatonal entre grandes casas con fachadas profusamente decoradas. Anticuarios, bonitas tiendas de decoración y alguna que otra tienda de lujo (Cartier, Davidoff…) conviven con numerosas terrazas en las podemos al fin –oh, humildes mortales– deleitarnos con un modesto trago de cerveza.
Al Chesery, local señero de Gstaad, se va para cenar en un elegante marco de montaña, pero también y sobre todo por su cocina. La carta de este restaurante laureado por la Guía Michelin incluye colmenillas frescas con gnocchis aderezados con ajo de oso, filete de ternera de Saanenland con colmenillas frescas, delicias de cabrito de Saanenland... Calcule eso sí unos 159 CHF.
Saanen, justo al lado de Gstaad (tan cerca que casi se ha convertido ya en un barrio de la anterior) ha quedado eclipsada por su sofisticada vecina a pesar de haber dado nombre a la comarca.
Menos glamour, Saanen presenta sin embargo más caché gracias a las magníficas e imponentes casas de madera que se suceden a lo largo de su arteria central –algunas del s. XVI– y a una iglesia del s. XV que se ha hecho famosa por los conciertos de música de cámara que organizaba en ella Yehudi Menuhin. No se extrañe pues de toparse con un busto del artista en el centro de la localidad.
El Pays d’Enhaut
Dejamos Saanen por la carretera 11, que atraviesa en más de una ocasión la vía del tren: un medio de transporte muy usual en Suiza y que hace de los trenes un elemento habitual del paisaje.
Poco antes de llegar a Rougemont volvemos a entrar en los Alpes de Vaud, en concreto en el Pays d’Enhaut, nuevamente en tierras de habla francesa. Su vieja iglesia (s. XI), su castillo (s. XVI), sus chalés adornados de flores y el murmullo de la fuentecilla delante de la panadería componen un himno a la vida pastoril. Un compendio de way of life a la suiza... Al menos tal y como la imaginamos los extranjeros que somos.
Acabaremos esta sucinta descripción de Rougemont con una nota un tanto discordante y algo frívola y es que entre 1976 y 1978 la localidad acogió a una huésped de excepción, la princesa Diana, que acabó sus estudios en lo que los ingleses llaman una finishing school.
En el cuarto de hora que dura una suave bajada llegamos a Château-d’Oex, reconocible por un risco coronado por la pequeña iglesia parroquial. Pero el verdadero centro de interés de Château-d’Oex está en su Museo del Vieux Pays d’Enhaut, donde descubriremos la historia y las tradiciones de la comarca. El Chalet de l’Etambeau, que depende del museo, posee una quesería y pone a la venta diversas especialidades regionales.
Sin embargo, si ya ha oído hablar de Château-d’Oex no creemos que sea por sus quesos. La localidad, que está considerada como la Meca de los aeronautas, asistió en 1999 a la proclamación de un nuevo record: este fue el punto elegido por el suizo Bertrand Piccard y el británico Brian Jones para emprender la primera vuelta al mundo en globo a bordo del Breitling Orbiter 3, un fenómeno de tecnología.
¿Empieza a aburrirse? Tranquilo… Nada más salir de Château-d’Oex volvemos a rodar por una auténtica carretera de montaña. Dirección las gargantas del Pissot. Gire a la izquierda sin dejar la carretera 11, que se tuerce a la mitad de este profundo tajo. Un mirador permite admirar en picado la escarpa. No lo pase de largo: es el único.
Al salir de las gargantas entramos en un bucólico vallecillo, el Etivaz. Aquí se elabora uno de los mejores quesos de alta montaña y el primero en obtener una denominación de origen controlada en Suiza. El queso se elabora a partir de leche cruda hervida en grandes calderos de cobre y se cura entre 6 y 12 meses. El resultado es un queso duro de sabor afrutado y ligeros aromas de avellana y flora alpina. Una manera de degustarlo es en forma de virutas, los Rebibes… Si no ha tenido la oportunidad de probarlo en alguno de los restaurantes locales, la Maison de l’Etivaz (la cooperativa de productores) le brinda la ocasión.
Última vuelta: 25 km más y el periplo toca a su fin en Aigle, nuestro punto de partida. Antes subiremos hacia La Lécherette y el puerto de Mosses (alt 1.445 m) y atacaremos la gran bajada por el valle de Les Ormonts. La calzada es irregular a trechos, pero depara bonitas curvas en ocasiones muy cerradas… Felicidad en estado puro: redescubrimos el placer de conducir.
Información práctica
Autopistas suizas
En la red de autopistas suizas no existen los puestos de peaje, lo cual no quiere decir que no tenga que pagar. En los puestos fronterizos, gasolineras y estaciones de tren se compra un sello que se pega en el interior del parabrisas y que permite usar la red de autopistas durante el año en curso. Precio: 40 CHF/26 €.
Restaurantes
La Berneuse « Kuklos »
1854 Leysin.
Tfno.: (0)244 943 141
Restaurant Botta 3000
1865 Les Diablerets.
Tfno.: (0)24 492 09 31
Chesery
Lauenenstrasse
3780 Gstaad.
Tfno.: 0337 442 451
Direcciones de interés
Telecabina de Leysin (Télé-Leysin SA)
Place Large
1854 Leysin.
Tfno.: (0)24 494 16 35
Teleférico Glacier 3000
1865 Les Diablerets.
Tfno.: (0)22 492 28 14
La Maison de l’Etivaz
1831 L’Etivaz.
Tfno.: (0)26 924 70 60